Opinión

El futuro de la nueva derecha mexicana en el sexenio de AMLO

La nueva derecha, que protestó por la Consulta Nacional, se enfrenta a que no son mayoría en tiempos de AMLO y los cambios ya han iniciado.

26-11-2018, 10:25:21 AM
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La consolidación de la nueva derecha mexicana

Nota del Editor: Este texto representa la segunda parte de:  La “maracha fifí” y la nueva derecha mexicana frente a AMLO

El pasado 1 de julio, cuando todavía no cerraban las casillas para recibir la votación de los ciudadanos, se hizo viral un video donde una mujer lloraba mientras le decía a sus seguidores que, en su casilla, todos estaban votando por “El Peje” (apodo con el que se conoce a Andrés Manuel López Obrador desde el 2000).

Dicho video provocó la risa de muchos internautas, sobre todo de aquellos que por simpatía, reflexión o convencimiento pleno, habían decidido votar por López Obrador y por Morena.

Pero más allá de la risa por algo que para muchos pudo verse ridículo, el video reflejaba fielmente la nueva realidad para muchos que hoy son contrarios al Presidente electo: no son mayoría.

Este descubrimiento, no ha sido inmediato, uniforme ni mucho menos acrítico. Y no ha sido tampoco abiertamente admitido por muchos de los integrantes de esa nueva minoría que se descubrió a sí misma el pasado 1 de julio.

Para muchos de los que hoy son la oposición a Morena, ésta es la primera vez que se encuentran ante un escenario donde deben ser confrontativos para sobrevivir. Y esto aplica no nada más para aquellos políticos cuyos partidos sufrieron con la estrepitosa derrota electoral de julio pasado, sino también para miembros de la sociedad civil, empresarios y demás.

Ahora, lo mismo vemos imágenes de Diputados y Senadores del Partido de la Revolución Institucional (PRI), Partido de Acción Nacional (PAN), Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC) protestando y manifestándose en el Congreso de la Unión, como vemos a personas organizarse para marchar en contra de la consulta que canceló el Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), de lo cual hablamos en el artículo anterior. Y ni qué decir de las redes sociales.

Pero lo más llamativo de toda esta reacción, es que no está orquestada ni organizada por alguna agrupación de orden superior.

Los objetivos de la oposición partidista, ante este nuevo panorama, pasan de sobrevivir a generar una agenda que les dé buenos resultados en las elecciones intermedias de 2021; mientras que los objetivos de la sociedad civil que protestó por la Consulta Nacional van desde demostrar su existencia hasta dar la pelea cultural contra lo que, suponen, es un cambio radical que ya ha comenzado.

Esta falta de dirección, sin embargo, podría no durar demasiado. Y no necesariamente se verá reflejada en un apoyo cohesionado a los que hoy son la oposición partidista.

Independientemente de los esfuerzos que llevan a cabo, internamente, el PRI, el PAN y el PRD para recomponerse después de la elección pasada, la espontaneidad con la que algunos sectores de la sociedad están respondiendo a la llegada del nuevo régimen bien podría descartarlos como opción política para hacerle contrapeso a Morena.

Para Morena, esta reacción representa un obstáculo para la consolidación del control político que requieren para lograr su Cuarta Transformación; pero para el país, representa el espacio de oportunidad para que opciones más radicales despierten, se reconozcan, se organicen, se presenten a una elección y hasta triunfen.

Lee: El amparo que detendría la propuesta de AMLO para reducir salarios

Algo que ya ocurrió en Estados Unidos con Donald Trump, o en Brasil con Jair Bolsonaro.

A diferencia de lo que muchos de sus críticos argumentan, Andrés Manuel López Obrador está muy lejos de parecerse a aquellos personajes con los que lo equiparan.

Para Fernando Belaunzarán, por ejemplo, es indiscutible la similitud entre AMLO y Trump. Sin embargo, más allá del populismo que ambos esgrimen como estrategia política, lejos está el nacionalismo de Trump del nacionalismo revolucionario que parece ser la línea guía del próximo Presidente de México.

Por otra parte, muchos quisieron ver en AMLO al “Bolsonaro mexicano” (sic), pero la comparativa se caía por el solo hecho de que las políticas del derechista brasileño distan mucho del gasto social que ha anunciado López Obrador para reforzar los programas sociales que existen en México.

Lejos de ese debate, algo que sí es posible palpar es que López Obrador tiene un elemento de similitud con Barack Obama. Y no, no en el sentido de las políticas públicas o discursos que ambos defienden, sino en la reacción que ambos generan en la oposición.

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La marcha fifí fue la expresión de la nueva derecha

Barack Obama, primer Presidente afroamericano de los Estados Unidos, puso en el centro de la discusión pública de su país el apoyo del Estado a los más desprotegidos y la visión de un gobierno que sirviera de balanza para equilibrar a los desiguales.

En términos llanos, su programa de seguridad social universal, el respaldo a energías limpias y el abanderamiento de causas sociales históricas reivindicativas hizo que Obama se ganara el respeto del sector progresista estadounidense; ganándose también el profundo desprecio de los sectores conservadores del país.

Ese desprecio, empero, a diferencia de una simple oposición política, se convirtió en la línea guía del conservadurismo para combatir las políticas de Obama.

Primero cuestionaron su nacionalidad, alegando que no había nacido en Hawaii; después dijeron que era musulmán por su segundo nombre y por la religión de su padre; después que no era apto para ser Presidente debido a su origen afrodescendiente; luego lo tildaron de socialista; y finalmente lo atacaron por provocar el “racismo inverso” de los no blancos en contra de los blancos.

Todos estos alegatos, por más ridículos que pudieran parecerle al lector promedio, resultaron muy efectivos para hablarle al votante blanco promedio americano (mejor conocidos como los White Anglo Saxon Protestant, WASP) y también a los blancos empobrecidos, al grado tal de que esos mismos argumentos y los cambios que buscaban combatir, derivaron en el éxito del slogan de campaña de Donald Trump en 2016: Make America Great Again.

El racismo del votante blanco fue importante para la victoria de Trump sobre Clinton en 2016, sin duda. Pero ese racismo, intrínseco a las relaciones históricas en Estados Unidos, se despertó como reacción a la llegada de Obama a la Casa Blanca. De no ser por ello, los sectores conservadores, ricos y pobres, no hubieran tenido un elemento cohesionador tan fuerte como el que tuvieron a causa de ese racismo. Obama los unió.

Algo muy similar está ocurriendo en estos momentos en México. El triunfo, aplastante, de López Obrador en la elección de julio, además del hiperactivo estilo de ejercer el poder que ya demuestra aun antes de tomar posesión del cargo, ha hecho que los sectores conservadores del México de hoy tuvieran que salir a las calles sin dirección y sin un plan más que hacerle frente al abrupto cambio que se les viene encima.

Y así como en Estados Unidos operó el racismo, aquí hemos visto al clasismo convertirse en el mecanismo de defensa elegido por aquellos que hoy se sienten minoría.

Tan pronto amaneció el 2 de julio, en varios grupos de WhatsApp circulaba una fotografía de la familia del Presidente electo, con un texto que decía “Váyanse acostumbrando, porque durante seis años vamos a tener que mantener a estos baquetones”.

El mismo mensaje había cobrado vida propia en Facebook y Twitter, donde algunos usuarios usaron la misma fotografía para empalmarla con una de la familia de Enrique Peña Nieto, todavía Presidente. Y un mensaje que decía “No sé ustedes, pero yo prefiero mantener a estos (señalando a la familia de Peña Nieto) que a estos (señalando a la familia de López Obrador)”.

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La nueva derecha marchó en contra del nuevo aeropuerto

Lo mismo ha ocurrido con el término fifí. Como habíamos comentado en el artículo anterior, la palabra ha pasado de ser una ocurrencia del Presidente electo a la autoadscripción de ese mismo sector que no siente representado por el triunfo del tabasqueño. Y ahora, lejos de indignarse por el hecho de que les llamen fifís, no pocos han portado con orgullo el nombre al grado de mandar a hacerse playeras alusivas.

La lucha de ese sector, de momento, no va por el camino de la representación política. Pues por mucho que la oposición partidista vocifere en el Congreso de la Unión o en los medios de comunicación, poco puede hacer en contra de los legisladores con los que cuentan Morena y López Obrador.

Su lucha es cultural. Pues perdieron una serie de privilegios y certezas sociales y políticas que no sabían que tenían, pero que descubrieron cuando vieron que su próximo Presidente no es alguien que se ve como ellos ni habla como ellos. Algo que, sin embargo, no le ha impedido entrar a él y a los suyos a esos espacios otrora reservados para los pocos privilegiados.

La pregunta que se abre a todo esto, es cuánto tardará la nueva derecha mexicana en encontrar liderazgos y dirección, articular un discurso, definir un plan de acción, hacer acopio de apoyos, recursos e instrumentos. Porque de que lo harán, lo harán.

Y es que ahora que Morena y AMLO llegan al poder, los espacios sociales también se abrirán ante ellos, permitiéndoles entrar a lugares antes sólo reservados para los fifí. Y esa invasión es la que no están dispuestos a consentir.

 

Juan Pablo Galicia es politólogo, consultor y analista político en medios de comunicación.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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