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Opinión

La envidia corroe

22-04-2024, 6:00:00 AM Por:
Envidia
© Depositphotos

Si lo que se busca es que todos tengan razonablemente las mismas oportunidades ante la ley, vamos bien, pero si lo que se busca es que todos seamos iguales, estamos ante una envidia ideologizada y disfrazada de “buenos propósitos”.

La envidia no busca el beneficio personal sino la destrucción del otro. En su lógica fantasiosa, supone que a uno le va mal porque al otro le va bien. Por eso, es el peor de los pecados, el más común y el más corrosivo.

No son celos. En los celos alguien me quitó algo que yo creo que me pertenece, sea una propiedad o una relación; hay algo tangible y específico por lo que debo pelear: una novia, una esposa, una propiedad. Creo tener el derecho a defender y, si gano, mantengo o recupero mi beneficio.  

La envidia es diferente. No hay ninguna relación causal entre el bienestar de uno y el malestar del otro; el que le vaya mal a mi adversario, supuesto o real, no me trae ningún beneficio concreto. Mi beneficio, mi alegría, radica en el mal que le sucede al otro. ¿Los pobres son pobres porque hay ricos o clase media? ¿Los sanos tienen la culpa de que haya enfermos?

Shadenfreude es un término alemán compuesto por dos ideas que no tiene equivalencia en otros idiomas y significa eso: shaden (daño) freude (alegría). Literalmente: me alegra la desgracia de los demás.

En México, algunos dicen que algo les causa envidia “de la buena”, es decir que le da gusto que al otro le vaya bien o que quizá quiere emular a su envidiado. Mmmm… no sé, la envidia es la envidia por más que se cobije o maquille, pero si se externa, sobre todo ante el envidiado, es menos dañina porque lleva aceptación de por medio.

El “mal de ojo”, presente en muchas culturas, es el miedo a ser envidiado. Es la suposición que la envidia es una emoción poderosa, tan poderosa que puede causarle el mal a alguien. Si alguien enferma o si sufre una desgracia, busca culpables: cacería de brujas.

Como siempre, se observa la envidia ajena sin reconocer la propia. El envidioso es el de enfrente.  ¿Yo, envidioso? Mi espejo no dice eso.

La envidia es cercana, se da entre familiares, amigos o compañeros. Entre más cercanos y más iguales, mayor probabilidad de provocar o sufrir envidia. No envidio al multimillonario que vive en París o Nueva York, envidio a mi compadre, que se compró una camioneta nueva. No envidio al artista de Hollywood, envidio a mi amigo, que trae una novia guapísima. No envidio al premio Nobel sino al compañero de trabajo que fue ascendido. No envidio a Elon Musk sino a mi amigo empresario.

Si mi amigo nació multimillonario, lo venero y lo adulo. Si mi amigo se hizo multi-millonario por sí mismo, hablaré mal de él o le desearé el mal. Shadenfreude.

Aun la diosa Fortuna tiene sus condiciones: Si mi amigo nació rico, lo acepto, ah, pero si se sacó la lotería o sorpresivamente lo heredó una tía desconocida, no merece su suerte. 

Socialmente hay que tener cuidado con la envidia. Si lo que se busca es que todos tengan razonablemente las mismas oportunidades ante la ley, vamos bien, pero si lo que se busca es que todos seamos iguales, estamos ante una envidia ideologizada y disfrazada de “buenos propósitos”.

En la realidad, nadie es igual, salvo en la miseria y aún ahí, hay unos más miserables que otros. Cuando hay libertad y movimiento nadie es igual a nadie. Esa es la diferencia entre buscar equidad en los procesos y pretender igualdad en los resultados. Todos podemos recibir la misma educación, pero no todos seremos igual de aplicados o exitosos. Los demagogos venden la ilusión de la igualdad en los resultados y los envidiosos la compran.

¿Por qué son tan exitosos los demagogos? Porque para ser demagogo hay que ser envidioso. Solo vende bien la envidia quien la conoce bien. Cuando llega al poder, se ufana en crearle envidia a los demás, ya sea viviendo en un palacio, recortando libertades, aplastando a la oposición, eternizándose en su puesto, generándole riqueza a sus familiares, hablando de sí mismo todo el tiempo, suponiéndose elegido por los dioses de la historia y destruyendo a los demás. El demagogo divide a la población por envidia y con envidia: Pueblo bueno y “fifis” conservadores y “aspiracionistas”.

La envidia no tiene fin, es parte de la condición humana, por ello, nunca debe permitirse la concentración del poder. División de poderes, democracia, alternancia, competencia política, transparencia, rendición de cuentas, Poder Judicial independiente, y en general, muchos límites al ejercicio del poder, ya sea en la colonia, en el club, en el municipio, en el estado o en el país.

Cuidado con la envidia porque no trae ningún beneficio. Revise sus decisiones, por ejemplo, ahora que vote el 2 de junio, no vote por envidia porque usted no obtendrá ningún beneficio y sí pagará los costos del desempleo, la inseguridad, la enfermedad, la mala educación, la pérdida de libertades y el abuso del poder. No se corroa por envidia y no corroa a su país con su voto. Ni usted ni su país se lo merecen.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja únicamente la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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autor Director y fundador de Semáforo Delictivo.

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