Opinión

En busca de mi asesino adolescente

Si hubiéramos tenido el acceso a armas de fuego que tiene un adolescente en Estados Unidos, ¿habría habido algún algún asesino? ¿Habríamos exigido que sacaran las armas de nuestras escuelas?

21-02-2018, 1:32:50 PM
asesino adolescente

El triste suceso que se repite una y otra vez en Estados Unidos, la matanza de ahora 17 casi niños en Florida, me hace volver décadas atrás, cuando era adolescente. Pienso en mi escuela, en mis compañeros, en mí mismo —mis hormonas, mis ansiedades, mis inseguridades, mis ganas a la vez de pertenecer a un grupo y de ser único, irrepetible—. En una de sus pocas letras, Roger Taylor de Queen dice que hay muchas más razones para vivir y para morir cuando eres joven y tus problemas son muy pequeñitos.

Allá en el Tepeyac sólo había hombres: weyes, pues; muchos estuvimos ahí por 13 años, desde la Primaria hasta la Preparatoria. Se hicieron grandes amistades; éramos generaciones de más de 150, así que en todo momento habría unos 1,500 pelaos conviviendo en una escuela del tamaño de una cuadra. El futbol se jugaba, y de qué manera: estaban los que no dejaban el balón nunca, los que traían su suéter de portero y sus guantes, los del América y los del Guadalajara y los demás.

Lo mío, lo mío no era eso, pero siempre encontrabas con quién pasarla y compartir algún interés, un hobbie, una colección de estampas, un juego de tapados. Para los roces, había peleas atrás de la librería, o a dos cuadras de la escuela. Al principio se pactaban a golpe limpio, uno a uno, hasta que alguno pedía esquina; después, ya no había tanto honor.

Secundaria, prepa, cuando piensas que esa es toda la vida que hay. Había “bandas” en Lindavista, grupos de adolescentes “bien” buscando su identidad a través de la violencia y algunos delitos menores. Estaban los que jugaban americano, quienes aún hoy comparten un lazo especial. Estaban los nerds: estudiosos, tranquilos, un par de físicos y eminencias médicas saldrían de ahí; estaban los que destacarían como artistas plásticos. Estaban los rockeros, por supuesto y los galanes “disco” y los apasionados de los carros, de esos que gustaban de dar un “rol” por la colonia cada tarde. Sobre todo, había una gran masa de chavos promedio, ni tanto de acá, ni tanto de allá, haciendo un poco de todo y pasándola bien.

Pero estaban el bullying y las “bromas”. Hay que distinguir: entre amigos lo de ley eran los zapes al que agarrabas en la baba, las cuartas, los baños de agua, refresco, lo que fuera; robar comida o aventársela a alguien; o bien aquel bonito ritual de “empanizar” a los cumpleañeros, que consistía en mojarlo a conciencia y hacerlo rodar por lo que llamábamos el “campo de tierra”. Eso era de cuates…

La delgada línea se cruzaba no pocas veces. Alguien se volvía víctima de un bullying más sistemático, más violento, más manchado. En general, se trataba de aquellos etiquetados como diferentes: no es un gran mérito reconocer que los “indios”, los “nacos”, los gordos, los “feos” y los afeminados, la pasaban mal. Si no se defendían con alguna pelea atrás de la librería, peor.

Con todo, nuestro contacto con las drogas y las armas fue lejano, indirecto. Sí había quien presumía de la pistola de su papá o de su tío; sí había uno que otro con acceso a mota o alguna otra cosa. Un compañero muy querido por muchos murió en aquellos años, limpiando o jugando con una pistola en su casa. Alguien de otra generación murió por una mala herida de navaja; otro conocido de la escuela desapareció tras matar a alguien en un pleito de discoteca.

Cosas terribles, pero cosas de la vida, por lo menos en este México con muy poca ley, y donde los papás con lana sacaban a sus hijos del apuro… o del país. Sin embargo, hoy me pongo a pensar qué habría pasado si hubiéramos tenido un acceso abierto a las armas de fuego, a los rifles de asalto, a miles de municiones.

Si a veces peleábamos por no hacernos a un lado en el pasillo, por una escuincla a la que le gustaban tanto los novios que tenía de a dos o tres, por un “qué me ves” en una fiesta de paga; si no había fiesta o “noche colonial” sin madrazos… si éramos un manojo de hormonas, de fantasías infantiles, de imágenes de cine; aprendices del agandalle, dispuestos a no morir nunca, pero pelear como los machos. Si uno se podía identificar un día con John Travolta y al otro con Los Guerreros, y al otro con Gene Simmons y al otro con Arnie Schwarzenegger. Si nos pasaba todo eso, ¿quién habría sido nuestro asesino adolescente con un rifle de asalto o dos a la mano, entrando al colegio a matarnos?

Pienso en los aprendices de gangsters y sus rencillas de “poder”; pienso en los que eran víctimas de violencia familiar, aquellos a quienes su papá los castigaba con algo más que cinturonazos; pienso en las víctimas de bullying, golpeados o robados o vejados diariamente; pienso en quienes padecieron un divorcio violento de sus padres; pienso en aquel compañero que jugaba a acelerar a toda velocidad su auto y cruzar las principales avenidas de la colonia sin mirar siquiera; pienso en un amigo que sufría crisis de depresión y le daba vueltas a la idea de darse un tiro con la pistola de su hermano; pienso en las víctimas de un célebre profesor de Matemáticas que manejaba como los grandes el arte de la tortura psicológica.

Pienso en los que embarazaron a alguna niña y se tuvieron que casar; pienso en los que no tenían ningún tipo de suerte con las mujeres; pienso en los que sufrieron su primer “corte” con alguna chavilla, que les supo al fin del mundo; pienso en quienes empezaron a caer lentamente en el abismo de algunas adicción; pienso en quienes caían frecuentemente en el modo “me vale madres”; pienso en cualquiera, por cualquier motivo; pienso, en general, en las angustias, temores y fobias de todos y cada uno de mis amigos, algunas heridas muy profundas, dolorosas, que supongo superaron o reprimieron para sobrevivir.

Pienso en mí y en mis ataques de furia que nadie vio; en mis propios dolores de adolescente; en mis culpas enormes; en mis propios pensamientos de crueldad o violencia, en mis desamores del fin del mundo. En las íntimas, feroces, hondas crisis familiares que aún hoy no me atrevo a revelar. En las múltiples caídas de la vida. ¿Habría sido yo? ¿Habría sido yo?

Quiero pensar, quiero mucho pensar que no. Lo que sí creo, es que habría tratado de ser como los jóvenes que hablaron después de la más reciente tragedia, en Parkland. Quiero pensar que toda esa furia adolescente, todas esas hormonas, pudieran haberse usado para gritarle a un gobierno “¡B.S! ¡No nos manden rezos, saquen las malditas armas de mi escuela, ya!

Con el tiempo lo hice, pero en otro contexto, en un país que sufre una violencia distinta, que también debería tenernos gritando.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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