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19 de septiembre: El día en que mi vida colapsó y volví a nacer

Escuché alguna vez que mi edificio no se caería con un sismo. No fue así. Esta es la historia de cómo sobreviví al terremoto del 19 de septiembre, que tiró mi hogar, y levantó mis ganas de vivir.

19-10-2017, 2:58:18 PM
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Por Ilce Mariana Arroyo Gómez

A las 11:49 de la noche del 7 de septiembre estaba dormida, cuando mi cama comenzó a sacudirse con mucha fuerza. Recuerdo el ruido que hacía el agresivo movimiento del agua en los tinacos y el vaivén de las lámparas de mi departamento. En ese momento mi celular sonó; era mi mamá, que intentaba calmarme. Mientras hablaba con ella agarré mis pantuflas, una chamarra y me dirigí a la puerta. Mis llaves no estaban pegadas y los nervios y el temblor de mis manos me impedían meter la llave en una de las dos cerraduras; gracias a Dios solo había puesto llave en una.

Salí junto con la administradora y truncamos la puerta del edificio para que todos los demás salieran. En la calle había hombres y mujeres en pijama, temblando. Recuerdo que la señora del 104 nos dijo: “estuvo fuerte, pero para que este edificio se caiga está difícil”. Yo le creí, sin embargo, ese sismo me había dejado algunas lecciones que salvarían mi vida el 19 de septiembre, cuando vi derrumbarse ante mis ojos el que fuera mi hogar. Esta es mi historia, una sobreviviente del Edificio de Edimburgo #4, que quedó reducido a nada tras el terremoto.

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Miedo

Desde hace cuatro meses comencé la aventura de vivir sola en un departamento de ocho pisos en la calle de Edimburgo #4, interior 101, de la Colonia Del Valle. No fue por interés propio, pero tuve que hacerlo. No fue fácil a los 22 años tomar responsabilidades tan grandes.

El martes 19 de septiembre me desperté a las 5:40 am, me bañé y preparé mi desayuno para irme a la Universidad Panamericana. Ya se me había hecho tarde para un examen que tenía a las 7:00 y no alcanzaba a llegar en Metro, así que pedí un Uber. Acabé el examen, hice unos pendientes y a las 10:45 emprendí el regreso a casa. En el camino vi a la gente salir de los edificios por el simulacro de las 11:00 horas.

Abrí mi departamento, dejé mis llaves pegadas a la cerradura como me lo propuse desde el 7 de septiembre, comencé a hacer algunas labores del hogar y a preparar una clase que tenía por la tarde.

Hace 32 años, en el terremoto de 1985, hubo muchas estructuras que resultaron afectadas, entre ellas la del Instituto Cultural ubicado en la esquina de Miguel A. de Quevedo y Calzada de Tlalpan. Esta escuela teresiana fue fundada hace más de 100 años y lamentablemente el edificio de preparatoria de aquel entonces colapsó, dejando a un grupo de alumnas de quinto año atrapadas en los escombros. Después de eso, la escuela preparó a los alumnos con una formación muy exigente acerca de los simulacros o temblores.

Estudié en esa escuela hace casi 4 años parte de la secundaria y preparatoria, y recuerdo que más o menos cada mes realizaban algún tipo de simulacro. Las historias que contaban acerca de ese día dejó mucho en mi mente, tanto así, que hasta la fecha le tengo pavor a los temblores. Pero también me dejo varias enseñanzas, entre ellas, el salirme ante cualquier tipo de temblor, aunque fuera apenas perceptible.

Terremoto

A la 1:14 pm ya había terminado de cocinar y estaba por acabar mi tarea cuando escuché la alerta sísmica. En ese momento empezó a temblar. Cerré mi computadora, me levanté y sin pensar en más me dirigí a la puerta. En esta ocasión había puesto llave en ambos cerrojos, le di vuelta a uno y después la metí en el segundo, esta vez sin titubear.

Al salir, dejé la puerta abierta, pero con el movimiento se cerró y comencé a bajar las escaleras. Recuerdo que en cuestión de segundos pensé: “dejé mi celular, mi cartera, mi mochila, ¿me regreso?” Volteé a ver mi departamento como si algo me dijera “ya nunca más volverás a verlo”. Seguí bajando las escaleras. No recuerdo haber oído nada, solo al edificio que se movía de lado a lado. Logré llegar a la entrada del edificio y la puerta de metal con cristal estaba cerrada porque el portero no estaba.

Al abrir, el edifico comenzó a sacudirse más fuerte y vi como la marquesina se estaba cayendo. Mi corazón latió sin control hasta que logré salir. Corrí tres metros aproximadamente abrazando mi computadora y viendo los vidrios del edificio romperse. La puerta se regresó, y me preocupé porque no pude dejarla abierta para los que estaban atrás de mí. Afortunadamente dejé las llaves pegadas inconscientemente y así lograron abrir fácilmente una señora mayor y su hijo del primer piso junto con una joven y su abuela del segundo.

Al instante en que lograron salir, el señor me jaló para ponerme detrás de un auto. Ahí fue cuando el edificio colapsó y una nube de polvo nos cubrió por completo. Entonces se hizo el silencio.

Unos segundos después la catarsis: una señora gritó: “¡perdimos todo!”, yo también grité. Fue un momento terrible con dolor, tristeza y preocupación. Comencé a caminar y a lo lejos vi al portero, Ángel Arroyo. Venía caminando lentamente, impactado por lo que había sucedido. Me dijo que no pudo dejar la puerta abierta porque el brazo se rompió con el movimiento. Le dije titubeando “el edificio se cayó”, aunque él lo había visto todo, y me dijo “aléjate porque pueden explotar los tanques de gas”, y eso hice.

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Shock

Pasé una hora caminando sin rumbo, llena de polvo, llorando y tratando de localizar a mis padres con ayuda de las personas que se paraban por la calle. Logré mandarles WhatsApp desde tres diferentes celulares para decirles que mi edificio se había caído y que los necesitaba. Hoy es más fácil contarlo, pero la verdad estaba en un estado que ni podía escribir.

Logré mandar una nota de voz a mi mamá para decirle que estaba bien y a mi papá solo que el edificio se había caído y que era urgente que fuera. Jamás se me ocurrió decirle que estaba bien.

Mi idea era irme a la Universidad, porque me quedaba relativamente cerca a pedir ayuda, pero decidí esperar un poco más. En ese momento escuché que un edificio en Gabriel Mancera se había caído y fui. Al llegar vi a mucha gente aterrada junto con ambulancias y patrullas, pero en mi calle, en Edimburgo, solo vecinos ayudando, ninguna autoridad llegó hasta algunas horas después.  Abrazando mi computadora iba de regreso, con la cara agachada, llena de polvo y de repente escuche: “¡Mariana!”, era mi novio. Llegó pálido, llorando y asustado, me abrazó y me besó. Yo no sabía qué pasaba, tenía muchas preguntas: ¿cómo llegaste? , ¿estás bien?, ¿sabes algo de mi mamá?, ¿tus papás?, ¿ya viste mi edificio? No respondió ninguna, solo me abrazó.

Me contó que él había llegado por la calle de Escocia y vio mi edificio caído. Se bajó del carro corriendo con lágrimas y subió la colina de escombros de casi cinco o más metros de altura. Él tenía fe de que yo hubiera salido, así que no quiso buscarme en los escombros. Preguntó hasta que vio al portero y él fue quien le dijo que estaba bien.

Para mí la pesadilla ya había terminado, pero para otros apenas iniciaba. En ese momento le dije a mi novio que quería ayudar. La revolución de mis emociones era tal que se me olvidó por un momento que no había visto a mis padres, así que fuimos a buscarlos. En el camino hacia su trabajo nos cruzamos. Mi mamá por fin pudo contactarme y decidimos vernos en el trabajo de mi papá. Cuando llegó, me dijo que mi papá y mi hermano me estaban buscando en los escombros. Habían encontrado a una niña adolescente que se parecía a mí, y mi papá casi se cae de los escombros del impacto. Mi hermano le dijo que se bajara y fue cuando llegó mi mamá y les dijo que estaba bien.

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La unión

Les dije: “quiero regresar y ayudar”. Así que volvimos los tres al edificio, y al llegar nos encontramos con la sorpresa de ver a más de 200 personas ayudando. México se unió cuando la autoridad no estaba, pues se habían organizado filas de civiles pasando cubetas llenas de piedras y escombros. Enseguida me formé. Yo quería ir hasta adelante, pero era imposible por la cantidad de personas. Me encontré a una amiga con la que iba a tener clase, y recuerdo que le pregunté sobre las clases en la Universidad.

Cuando le dije que yo vivía en ese edificio me abrazó y me dijo: “¿Qué haces aquí?, vete a descansar”, pero yo quería estar ahí. Estuve pasando las cubetas con escombros, rellenando agua para los civiles que rescataban y para los que ayudaban. En el momento en que comenzaron a pasar puertas y cajones, fue demasiado el impacto que no pude continuar.

Al llegar a casa de mis papás me recosté, vi el techo y me puse a llorar.

En la noche mi novio recibió un mensaje por Facebook de Susana Flores en el que preguntaba si me conocía y si estaba bien. Fue raro porque no tenían amigos en común. Al contactarme, Susana me dijo que tenía mi cartera, me mandó una foto y no era la que ocupaba todos los días, sino una en donde tenía guardado mi pasaporte entre otras cosas. Otra vez tenía identidad, y no solo eso, me di cuenta que la ayuda iba más allá del retiro de escombros.

Algunas personas aprovecharon la situación para robar cosas de los edificios colapsados. Ante ello, Malú Suarez, mamá del Colegio Suizo, ubicado en la calle de Nicolás San Juan, hizo un “archivo”, ubicado en el estacionamiento de la tienda Soriana de Eugenia y Gabriel Mancera, en el que junto con brigadistas reunía las pertenencias que encontraban en la zona de derrumbe.

La amiga que me había encontrado ese día estuvo en mi edificio durante días y me sugirió ir al Soriana. Así lo hice, pero al llegar militares y marina no me dejaba entrar ni si quiera a Eugenia pues decían que todo se iría al Ministerio Publico y que no existía dicho archivo.

Dos ocasiones fui y no me dejaron entrar, hasta que mi papá recibió una llamada de unos clientes, que le decían que sus hijas brigadistas habían visto su nombre en algunos documentos. Fuimos y nos llevaron por atrás del Soriana. Ahí estaban varias de mis pertenencias. En primer instante no sabía por dónde empezar y Malú me dijo “te doy guantes, cubre bocas y te pondré una vacuna contra el tétanos”.

Encontré mi mochila de la escuela, un álbum de fotos, una carpeta con canciones, dos bolsas, un porta CD y dentro de un sobre manila, sin algo escrito, mi cartera con todas mis identificaciones. Estaba completamente feliz. Ya nos íbamos, cuando vi que también estaba mi cuadro de generación de la Universidad.

El 19 de septiembre, en el edificio de Edimburgo murieron 13 personas de 26 departamentos. Ahí fue donde los rescatistas encontraron a una pareja (Florencia y Martin) fuertemente abrazados. Eran mis vecinos del 404. Junto con ellos murieron dos personas que los apoyaban en su mudanza justo en el instante en que comenzó a temblar.

Mi historia es una de miles, pero quería contarla porque para mí representa una nueva oportunidad de vivir. Vi de cerca la muerte, vi caer parte de mi pasado, y ahora tengo una oportunidad de construirme, mejor y más fuerte.

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