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El sismo que convirtió el silencio en un grito de esperanza

CRÓNICA: La Cruz Roja Mexicana y las calles de la Ciudad de México se han llenado de voluntarios, que descubrieron en el silencio una esperanza de vida tras el sismo que derrumbó parte la urbe.

21-09-2017, 8:37:22 AM
El silencio es un grito de esperanza tras el sismo.
Arturo Aguirre. El silencio es un grito de esperanza tras el sismo.

Fotos tras el sismo: Arturo Aguirre.

Nunca imaginaron que el silencio sería su mayor esperanza. Niños, adolescentes, jóvenes de entre 18 y 30 años, adultos y personas mayores de 60 años alzan su puño derecho, con mirada solemne. El ruido de la multitud se apaga y el silencio se impone.

Los rostros que apenas comienzan a preocuparse por los estragos el acné y otros síntomas propios de la adolescencia se miran con especial asombro. Uno de ellos decide poner fin al silencio y alza la voz para decir que la llegada excesiva de voluntarios permite ofrecer un descanso a los voluntarios que han acudido a la Cruz Roja Mexicana. Los aplausos estallan al terminar el mensaje y una nueva música de esperanza se adivina entre sus oídos.

El sismo que ha reducido edificios enteros al polvo en Ciudad de México y ha erigido sus nuevos héroes en el voluntariado que llena los pasillos de este centro de acopio. El silencio es un nuevo himno de esperanza a tan solo unas horas de uno de los movimientos telúricos más devastadores en la historia de los mexicanos.

Un temblor de magnitud 7.1 grados, con epicentro en Puebla, sacudió a la Ciudad de México y revivió los amargos recuerdos del terremoto de 1985, justo en el aniversario 32 de la fatal fecha.

Esta vez se calculan más de 200 muertos por el fenómeno natural, que impactó la capital del país, Puebla, Oaxaca, Morelos y Guerrero y dejó varios heridos en los hospitales. El terremoto ocurrido a la 1:14 de la tarde despertó una cualidad que los mexicanos tienen en la memoria: solidaridad frente al desastre.

“Tenemos una sobrepoblación de voluntarios, lo cual se agradece”, dice Brenda Ávila, coordinadora del programa de Resiliencia e Inundaciones de la Cruz Roja Mexicana.

Brenda Ávila lleva menos de un año en la Cruz Roja Mexicana. Ella recibió la capacitación para actuar en caso de un desastre y saber qué hacer en un centro de acopio, pero no creía que el momento de emplear sus recién adquiridos conocimientos llegaría tan pronto.

Primero, el terremoto de 8.1 grados del pasado 7 de septiembre, que puso de rodillas a Oaxaca y Chiapas fue su primera prueba y, segundo, el sismo registrado este 19 de septiembre, que causó el caos en la Ciudad de México.

Muchos pensarían que es una buena prueba de fuego o una novatada para la recién ingresada en la Cruz Roja Mexicana. Ella solo cree que es una buena oportunidad para ayudar.

Para una sociedad mexicana que el mundo no imagina sin la alegría de la música, ha descubierto que el silencio es un nuevo himno que alegra y da esperanza a sus voluntarios.

Los voluntarios tras el sismo.

Arturo Aguirre.

Una orquesta de voluntarios

Los productos comenzaron a llegar a las instalaciones de la Cruz Roja Mexicana, en Polanco, desde la noche del 19 de septiembre. Productos como botellas con agua, arroz, lentejas, bolsas de sal de un kilo y bolsas de pañales son algunos de los productos que comienzan a circular entre la marea humana.

Las donaciones pasan por mesas en donde el voluntariado verifica fechas de caducidad y se comienzan a clasificar y a formar las despensas. Las cajas de cartón desfilan por las mesas y el sello de la Cruz Roja acompaña a los productos recién llegados.

Otros voluntarios sellan cajas y el resto estiba cargamentos de las recién formadas despensas que serán repartidas en la Ciudad de México, así como en Puebla, Morelos, Chiapas y Oaxaca.

Voluntarios en la Cruz Roja Mexicana.

Arturo Aguirre.

Son las 11 de la mañana y las listas de albergues comienzan a circular entre los coordinadores del voluntariado, los cuales darán la salida a los productos recolectados.

Brenda Ávila se preocupa por las nuevas necesidades que han surgido. “Necesitamos linternas y baterías para las búsquedas que se extienden hasta la noche y se necesitan guantes desechables, gasas, electrodos, llaves de tres vías, jeringas de 5 y 10 mililitros, cubre bocas, agua oxigenada, guantes quirúrgicos del número 6,7 y 8, cepillos quirúrgicos, venoclisis y agua fisiológica”, dice.

Esta aún es la etapa de búsqueda y rescate, pero falta el recuento de todos los daños para conocer las próximas necesidades de la institución.

Ávila también es personal administrativo, ya que se encuentra dentro del programa resiliencia e inundaciones. “Hay compañeros que están aquí desde que iniciaron las emergencias por los huracanes y el último sismo”, dice.

Miguel Ángel Aguirre Solís es voluntario en la Cruz Roja. A sus 54 años de edad, acomoda productos y ayuda en lo que puede dentro del Centro de Acopio y se encuentra presente en el centro de acopio desde el sismo que impactó Chiapas y Oaxaca.

“Cuando hay un desastre siempre vengo aquí. Me tocó vivir el terremoto de 1985 y se sintió horrible”, recuerda Miguel Ángel.

Así es la orquesta de voluntarios que se extiende por la Cruz Roja Mexicana y a lo lejos se observa a un joven llamado Diego Aldura León, quien levanta el puño para llamar de nuevo al silencio de la multitud.

Voluntarios en la Cruz Roja Mexicana

Arturo Aguirre.

El cumpleaños 18

Diego se levantó en la madrugada de este 20 de septiembre para dirigirse a la Cruz Roja Mexicana e iniciar sus actividades en el nosocomio a las 8 de la mañana. Su cumpleaños número 18 no encontró mejor acomodo para celebrarlo que ayudando en el centro de acopio.

“Hoy es mi cumpleaños”, dice con una sonrisa nerviosa el joven voluntario proveniente de Coyoacán.

El estudiante del primer año de la licenciatura en Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sintió la impotencia de que sus conocimientos académicos no fueran suficientes para atender a los pacientes de la tragedia.

Desde los 13 años, Diego es voluntario Juventino en la Cruz Roja, lo que hoy le permite portar el uniforme azul con los símbolos de la institución no lucrativa.

Aldura León no ha parado de estibar cajas y acomodar despensas. Los adolescentes lo miran como el más cercano a ellos y no dudan en consultarlo en la tarea que desempeñan, mientras el joven universitario mira con respeto a los voluntarios veteranos que le dan instrucciones.

Son casi la una de la tarde y Diego apenas logra terminar el emparedado que su casaca ha resguardado por horas, y se enorgullece en decir que el primer alimento del día también proviene de otros voluntarios que se pierden en la multitud con una bolsa llena de sándwiches.

“Este ha sido el desastre más fuerte que me ha tocado”, relata Diego.

Las velitas por apagar en el pastel de cumpleaños tendrán que esperar otros 12 meses, ya que este año se ha visto interrumpido por la tragedia.

Diego Aldura León, voluntario en la Cruz Roja Mexicana

Arturo Aguirre.

“Hoy quise venir ayudar. Es lo menos que puedo hacer y con esto quiero hacer más”, asegura el estudiante de Medicina que vivió el sismo en Ciudad Universitaria, al sur de la capital de país.

La respuesta de la población es algo que entusiasma a Diego y espera que la ayuda siga fluyendo.

Por ahora, un puño se levanta a lo lejos y el silencio vuelve a inundar la ubicación en Polanco y después los aplausos.

La ayuda está a punto de partir.

El silencio como esperanza

En la calle de Petén, esquina con Emiliano Zapata, se encuentra otro sitio abarrotado de rescatistas voluntarios. Un edificio se derrumbó como consecuencia del sismo y la ayuda de la Cruz Roja tarde o temprano llegará a los afectados.

La gente camina por las inmediaciones del lugar y lleva cascos, lámparas, picos y cualquier enser que pueda servir como mecanismo para remover los escombros. La ayuda ha llegado a un punto máximo en el que la gente comienza a desplazarse a otros puntos de la Ciudad de México, como Xochimilco.

Voluntarios en el sismo

Arturo Aguirre

Son casi las tres de la tarde.

—¡Apaguen sus celulares! ¡Hay fuga de gas!, gritan los voluntarios a todo aquél se acerca a la zona siniestrada.

La gente camina alrededor de la zona y ofrece alimentos como una forma de ayudar. Miguel Ángel Meza es uno de ellos, quien regala chilaquiles a la gente que avanza a su alrededor.

“Es impresionante la ayuda de la gente”, comenta desde la camioneta en la que transporta la comida que distribuye. Todos los insumos fueron adquiridos en la Central de Abasto durante el transcurso de la madrugada.

Miguel viaja en compañía de su esposa y sus tres hijos, quienes están dispuestos a desplazarse a un nuevo punto para ofrecer su apoyo.

Un grupo de tres señoras, con un vestido sencillo y unos zapatos polvosos, han decidido poner sus cazuelas de barro llenas de arroz y huevo duro en uno de los muros de piedra que delimitan la explanada de la delegación Benito Juárez.

—“Jóvenes, vengan a echarse un taquito”, dice una de las tres mujeres mientras sostiene las tortillas de maíz envueltas en papel estraza, las cuales son la invitación para que los voluntarios en los rescates se acerquen a comer.

Brenda, Diego, Miguel Ángel Aguirre y Miguel Meza forman parte de los mexicanos que han decidido salir y apoyar a la gente un día después del 19 de septiembre de 2017.

La gente vuelve a llamar a eliminar el ruido momentáneamente y levanta el puño derecho. Los voluntarios de la Cruz Roja Mexicana, rescatistas y gente en las calles de la urbe capitalina han descubierto que, debajo de la tierra y en la superficie, el silencio es un grito de esperanza.

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