Opinión

El Idiota y el mayor fraude de toda la historia

No debes leer este artículo si por el título creíste que trataba de política; tampoco si te consideras una persona apegada a la historia y religión sin mayor análisis; mucho menos lo debes leer si estas contento con tu empleo.

08-12-2017, 9:30:03 AM
pastilla roja y azul

¿Cuál es el mayor fraude de la historia? Enron no lo es… ni las obras de arte moderno del Pompidou… ni las palomitas de maíz que se venden en el cine a un 1,275% más de lo que cuesta hacerlas. Para comprender cuál es ese fraude tendremos que procesar algunas cosas primero. Hablemos primero de la realidad y luego de la idiotez.

El éxito del narcotráfico y de la industria de cine se debe a que a los humanos no nos gusta la realidad, nos parece apabullante y dolorosa. Meternos donde lo real desaparece nos encanta. Se parece a la ignorancia pero es un acto más voluntario.

Alfredo Llantada dice que lo más difícil para una persona cuerda es entrar y salir de la realidad a voluntad. Permanecer dentro todo el tiempo sería fatal, y estar fuera siempre implicaría estar enfermo. Lo funcional es aprender a distinguir una de otra cosa y hacer nuestro mejor intento por controlar voluntariamente nuestra entrada al cine de la fantasía o al de la realidad.

Compremos un boleto ahora mismo para ver la película: imaginemos a un dios que pueda ser más tonto que su creación, imaginemos a un dios idiota. Supongamos además que este padre creador produce de la nada a un ser que resulta destructivo para el resto de la creación, incontrolable y mal intencionado.

¿Realmente un dios puede ser menos inteligente que su propia creación? Suena eso impensable y contradictorio en principio, hasta que escuchamos a Elon Musk (fundador de PayPal, Tesla y Space X) manifestarse constantemente preocupado por las consecuencias de la Inteligencia Artificial (I.A). Se muestra tan intranquilo como un Blade Runner que vio Odisea 2001. Musk dice que crear una consciencia mucho más inteligente que el ser humano nos pone en grave y real peligro.

¿Y si un dios es tan bueno que para su creación parece idiota? No sería novedad ya que entre humanos pensamos del otro como un idiota cuando carece de malicia (astucia le llamamos). Justo como en la famosa novela de Dostoievski, El Idiota, que trata de un inteligente príncipe que a los ojos de otras personas de la alta sociedad es idiota por ser virtuoso y compasivo.

Si la Inteligencia Artificial no comprende la ética y la moral del humano, lo pensará idiota aun siendo su creador. O tal vez simplemente se dé cuenta que esa ética y esa moral pueden aplicarse de manera tan o más congruente mediante el principio rector que utiliza el Sapiens en realidad: el ser más inteligente es el que decide arbitrariamente sobre el destino de los demás.

En esa congruencia estriba el mayor fraude de la historia: la revolución agrícola. Yuval Noah Harari en su libro From Animals to Gods: A Brief History of Humankind así lo asegura. Los historiadores nos cuentan que cuando el Homo sapiens se estableció y “domesticó” al trigo (maíz, arroz) tuvo tiempo de desarrollar su inteligencia, pero existen muchas pruebas de que esa aseveración es falsa. Los humanos tenían mejor alimentación siendo cazadores y recolectores nómadas, tenían menos necesidad de violencia, y su inteligencia ya estaba desarrollada cuando la revolución sucedió (el complejo Göbekli Tepe fue construida por cazadores-recolectores circa 9,500 a.C.).

Económicamente tampoco le fue mejor a la especie. El engaño gradual que se hizo la propia humanidad fue pensar que si trabajaban duro y cultivaban trigo habría abundancia y que sus hijos no tendrían que ir a dormir con hambre nunca más, pero no se dieron cuenta que el aumento de esa codependencia con la gramínea se volvería fatal. Nacerían más hijos y alcanzaría menos el alimento, el balance dietético empeoraría y los grandes poblados permanentes sería vulnerables a la enfermedad, depredación, sequía y violencia de enemigos.

La película no acaba aquí. Y. N. Harari señala bruscamente, pero con sinceridad, que a la “evolución” no le importa el hambre o dolor, esa no es su moneda de cambio; el verdadero éxito evolutivo de una especie se mide por el número de copias genéticas. Así también las vacas, los cerdos, los caballos y todas las especies que utiliza el Homo sapiens prevalecen sobre otras (en el mundo se calculan 1000 millones de vacas, 1000 millones de cerdos, 25,000 millones de gallinas). Todos estos animales sufren situaciones inimaginables desde hace miles de años, les duele mucho lo que viven, y realmente a la naturaleza le importa poco ese sufrimiento ya que el éxito radica en el número y subsistencia de la especie.

Hagamos un rip off para esta película que estamos viendo, justo como Lucas robó de Flash Gordon para crear Star Wars. Pasemos el mismo principio de la revolución agrícola, basado en la capacidad de mantener más gente viva en peores condiciones, a la realidad de las empresas: el éxito económico se mide solo por la cantidad de dinero en el banco y en activos, no por la felicidad de los empleados.

Buscamos una vida más fácil y en el camino erramos, a veces durante miles de años. Pensamos que el trigo nos alimentará si lo “domesticamos”: trabajaremos duro para que crezca, quitaremos otras hierbas, lo abonaremos, lo protegeremos de conejos e insectos, le daremos de beber, conseguiremos heces para que se nutra. Lo reproduciremos y ocupará esta otrora hierba vulgar grandes extensiones de campos. ¿Quién domesticó a quién? ¿Quién es el patrón y quién el esclavo?

La búsqueda de una vida más fácil (revolución agrícola) trajo muchas privaciones, y no por última vez. En la actualidad nos ocurre a nosotros. ¿Cuántos jóvenes graduados universitarios han accedido a puestos de trabajo exigentes en empresas potentes, y se han comprometido solemnemente a trabajar duro para ganar dinero que les permita retirarse y dedicarse a sus intereses reales cuando lleguen a los treinta y cinco? Pero cuando llegan a esa edad, tienen hipotecas elevadas, hijos que van a la escuela, casa en las urbanizaciones, dos coches como mínimo por familia y la sensación de que la vida no vale la pena vivirla sin vino realmente bueno y unas vacaciones caras en el extranjero. ¿Qué se supone que tienen que hacer, volver a excavar raíces? No, redoblan sus esfuerzos y siguen trabajando como esclavos.

El fraude de la revolución agrícola persiste en nuestra manera de querer triunfar hoy en día.

La película terminó. Qué extraña cosa pudimos ver en esa pantalla. Mejor pensemos como los demás, como la mayoría. Pensemos mejor al mundo como lo hace la gente real, como una persona práctica, esas que Dostoievski describe muy bien al principio de El Idiota:

No hay duda alguna que la desconfianza y la carencia absoluta de iniciativa han sido consideradas siempre como los signos principales de que un hombre es práctico y siguen siendo juzgadas así. (…) Desde el principio de las cosas, la falta de originalidad ha sido apreciada en el mundo entero como la principal característica y mejor recomendación en favor de un hombre activo y práctico, y al menos el noventa y nueve por ciento de los miembros sostienen desde siempre esta opinión. (…) Inventores y hombres geniales no han sido considerados cosa mejor que locos en los inicios de su carrera, y muy frecuentemente a su fin también.

Estamos ya fuera de la sala de cine, pero después de tanto estar en ella, es difícil distinguir lo real de lo que no lo es.

¿Qué opciones tenemos? He aquí la píldora roja (dolorosa verdad), y en la otra mano, la píldora azul (dichosa ilusión). Pero ¿y si somos daltónicos?

Qué idiota.

*Alejandro Llantada es asociado de The Persuasion Institute, conferencista, consultor en mercadotecnia y persuasión. Autor de ‘El Libro Negro de la Persuasión’. Catedrático del Colegio de Imagen Pública. Facebook: AlexLlantadaMx y LinkedIn: AlejandroLlantada