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Yo disparé al Sheriff

La corrupción nos incomoda y nos molesta, pero que arroje la primera piedra la persona que haya sido 100% honesta toda su vida.

16-11-2017, 11:54:13 AM
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Desperté especialmente alterado después de soñar que temblaba. Fui a la cocina y tomé un vaso con leche tibia deslactosada y café soluble descafeinado sin endulzar. Mi madre así me lo daba. Me negué a bañarme por ser fin de semana y salí a caminar.

Dejé en la mesa un importante documento que me vi obligado a falsificar; el riesgo de hacer esto me trastornó y me afectó moralmente. Puse una pistola en el bolsillo derecho de mi chaqueta. Era una bonita escuadra de un solo tiro con mango naranja. Puse también un puñado de tiros en mi bolsillo izquierdo que lo volvieron voluminoso.

Crucé la calle y vi un policía de tránsito recibir dinero de un automovilista que se lo dio escondido entre unos papeles. Al ver su rostro, detecté un “eso” que no sé cómo describir. Algo se apoderó de mí y no pude resistirlo. Me acerqué lo más que pude al policía, apunté con mi pistola y le disparé en el ojo. En milésimas de segundos alcancé a ver su expresión de dolor. Asustado, corrí con todas mis fuerzas.

Me refugié en la casa de un amigo. No le dije nada y supe disimular a pesar de mi rostro pálido. Pasó como una hora, me encontraba más tranquilo y lo acompañé a la oficina que se encontraba en la parte trasera de su casa. Era una empresa familiar. Mi amigo se detuvo sudoroso en el baño, yo continué caminando por un pasillo oscuro hasta que llegué a una estancia. Había una sala de juntas con dos personas platicando que no me vieron. La puerta estaba entre abierta.

Media hora esperé sentado en una silla verde limón muy alta a que mi amigo saliera de su problema en el baño. Así fue como, sin proponérmelo, escuché que planeaban comprar algo barato para venderlo más caro al dueño. Uno dudaba en hacerlo y el otro se burlaba de lo confiado que era su patrón. Vi “eso” en su rostro y sentí algo entre las cejas, una especie de comezón. Mi mano como con vida propia, sacó la pistola, la cargó con otro tiro y disparó al que reía. Alcancé a ver en su rostro la sorpresa antes de recibir el impacto. El otro sujeto quedó inmóvil. Salí corriendo.

Ya no tenía miedo, sentía más bien cierta felicidad. Era locura tal vez, pero mi mente estaba más clara que nunca. Entendí que tenía un propósito, y no me detendría ni yo mismo.

Comí en mi casa de mala gana como siempre, y después de un partido de futbol en el que acabé también disparando al árbitro, fui invitado a una reunión familiar. Estaba cerca de mi casa en un lujoso y bonito barrio contiguo al mío que era más bien sin chiste. Yo llegué en bicicleta mientras autos y camionetas negras infestaban la entrada. Sentí escalofrío; algo grande me esperaba.

Había mucha gente elegante. Yo iba en playera y shorts sucios, sin importarme. Mi padrino me recibió con un abrazo. Después de un rato de husmear los bocadillos con caquita de pájaro, vi que me llamaba mi padrino con la mano desde lejos. Me acerqué y me guió hacia un alto sillón de cuero en un salón que olía a tabaco y libros viejos. Ahí me empezó a aleccionar.

Me dijo que todo lo que veía alrededor no se obtenía siendo bueno y tonto. Me dijo con cara sincera y mucho cariño que él me enseñaría cómo es la vida real, desde ahorita, desde joven. “Tienes que entender la realidad y actuar basado en ella, porque la realidad te salva la vida”, me aconsejó.

Me mostró fotos de él con gente importante que yo no conocía: un calvo con patillas blancas y otro calvo sin patillas, pero con bigote. Mi padrino sonreía con orgullo, por eso supuse que eran personas importantes. Me dijo que en la política había que hacer cosas que parecían no correctas a los ojos de la conseja popular (no supe qué era “conseja” pero me gustó la palabra). Me hizo aprenderme y repetir frases como “Lo bueno y lo malo no existen, existe el ser humano” y “Un político pobre es un pobre político”. Después de un rato de escucharlo, sentí otra vez una cosquilla entre las cejas. Saqué mi pistola y jalé el gatillo. Su vaso de whiskey cayó y el fino parquet se humedeció de un ámbar rojizo.

Salí tranquilo y sin correr de la biblioteca. Disparé los tiros que me quedaban, uno a uno, cargando cada vez mi pistola. Dicen que las pistolas de un solo tiro son más precisas. Apunté a cada rostro que tenía “eso”; a estas alturas ya sabía distinguirlo fácilmente. Pestañas falsas y lentes de oro sufrieron los embates de mis proyectiles. Fueron varios disparos, pero el volumen alto de la música ahogaba los gritos hasta de las mujeres más escandalosas.

Mi bicicleta me permitió salir rápidamente de esa maraña de carrosas fúnebres de lujo para llegar a mi casa a tiempo y ver mi programa favorito: Bob Esponja. Entré al baño a lavarme la cara. Escuché un grito que venía de la sala: “¡Ven… vamos a darle su premio, se lo merece!”. Me vi en el espejo y reconocí ese rostro, el rostro con “eso” que tenían todas mis víctimas de ese día. En aquel entonces no sabía cómo llamarlo; era simplemente corrupción. Apunté firmemente y disparé justo entre las cejas, donde me daba la cosquilla.

La pistola de mango naranja y un solo tiro fue abandonada para siempre. En el cesto quedó hecha trizas la boleta con mi 5 de calificación junto al odiado lunch que siempre tiraba a la basura. El tiro de dardo con ventosa quedó pegado en el espejo del baño, justo donde apunté. La placa de Sheriff me la dejé puesta, abrí la puerta y salí disparado para enfrentar mi destino. Mi madre, visiblemente alterada, me abrazó gritando: “¡Ya vi la boleta que me dejaste en la mesa! ¡Felicidades por el 10, corazón!

*Alejandro Llantada es asociado de The Persuasion Institute, conferencista, consultor en mercadotecnia y persuasión. Autor de ‘El Libro Negro de la Persuasión’. Catedrático del Colegio de Imagen Pública. Facebook: AlexLlantadaMx y LinkedIn: AlejandroLlantada

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