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Esfuerzo, el secreto de un genio mexicano

Tiene 19 años, es velador, creó una fundación, construyó el acelerador de partículas más barato del mundo y ganó el Premio de la Juventud. ¿Cómo lo logró?

19-01-2015, 1:50:34 AM
Esfuerzo, el secreto de un genio mexicano
Javier Rodríguez Labastida

Cristóbal Miguel García Jaimes estudia el primer año de
Física en la UNAM, es capaz de leer un libro de 350 páginas en un día, ha ganado los
principales concursos de ciencia en su natal Guerrero y del país, y a sus 19 años puede
presumir que creó el acelerador de partículas más barato del mundo. Sin embargo, a pesar de sus logros, niega ser un genio. El secreto de este joven al que le gusta la
música regional mexicana, y que sonríe cuando ve Los Pingüinos de Madagascar,
es, en su propia voz, ser “un fruto de la cultura del esfuerzo”.

Es originario de San Miguel Totolapan, uno de los municipios
con mayor carencia en el estado y al que la violencia expulsó 250 habitantes en 2014, según cifras del gobierno. Su vida ha sido una batalla contra la
discriminación
y por la supervivencia, en la que la curiosidad y el interés han
sido los principales aliados para alcanzar sus objetivos.

“Yo no me considero un superdotado, considero que he tenido
muchas piedras en mi camino, como para utilizarlas y construir algo nuevo. El
esfuerzo es la clave
de que cualquiera lo puede hacer, y quienes no lo creen,
dejen de estar de flojos y hagan las cosas”, dice en entrevista con AltoNivel.com.mx.

“La física siempre
fue lo mío”

Cristóbal aprendió matemáticas antes que empezar a leer.
Asegura que descubrió la sucesión de Fibonacci a los seis años, mientras
observaba fascinado cómo las plantas crecían y la relación de distancia que
existía entre sus hojas.

“Cuando entré al kínder ya sabía multiplicar, dividir y
restar
. Aprendí el lenguaje de las matemáticas, pero se me dificultaba mucho
hablar. Mi acercamiento a la ciencia fue porque siempre quería ver qué había
detrás de las cosas: desarmaba planchas, DVD’s y todo lo que encontrara y no
sirviera”, señala.

A los once años descubrió en su casa un libro del físico
Paul Tippens:

“Lo leí tantas veces que cuando llegué a la secundaria, la física
ya era lo mío”.

Para realizar sus experimentos, apostaba cinco pesos con
sus amigos y primos a que una piedra y un tabique caían igual. “No me creían,
pero yo confiaba en Galileo Galilei, ganaba y me daban ganas de continuar estudiando”.

Mientras su gusto por la Física crecía, su padre lo abandonó
cuando se enteró que su mamá tenía una enfermedad en el riñón. Estudiar resultó
entonces más complicado y comenzó a pedir trabajos: de albañil como “media
cuchara”, de campesino y lo que le diera la oportunidad de ayudar a su madre y
seguir estudiando.

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Durante la secundaria, entró a concursos de
todas las materias, que ganó tres veces, hasta ser un “campeón de campeones”,
un mérito que obtuvo en una competencia ante La Salle de Acapulco. “Mientras
ellos llegaron en una camioneta, recuerdo que mi profesor y yo llegamos
pidiendo aventón porque no nos alcanzaba para el pasaje”.

“Terminé la secundaria y mis profesores me dijeron que no
podía seguir creciendo en mi estado, y entonces me fui a la Ciudad de México”.

Un velador sobredotado

Con 15 años, Cristóbal viajó a la capital del país para
estudiar en la preparatoria 6, incorporada a la UNAM. Su pasión por la Física
siguió en aumento, así como la lista de oficios que el estudiante aprendió para
sobrevivir: carpintero, resanador, lavacoches y velador.

Y también crecieron las discriminaciones. Recuerda que
cuando salió de San Miguel Totolapan, una paisana le dijo que su hija estudiaba
en la misma preparatoria, por lo que le hizo una petición: “No le hables a mi
hija, porque tu vienes muy indiado”. Después de cuatro años en la capital del
país y una enorme lista de méritos académicos encima, asegura que aún no le habla a la chica.

Cristóbal se inscribió al programa “Jóvenes hacia la
investigación”
del Instituto de Física de la UNAM. Su primer proyecto fue un
estudio sobre las propiedades curativas del zacate para las enfermedades
cutáneas. Después de las cuatro semanas que duraba la estancia, el académico
Efraín Chávez Lomelí le sugirió continuar en el instituto y el joven aceptó.

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“Cuando llegué al Instituto de Física mi ídolo era Albert
Einstein, porque al igual que él me creían retrasado en la primaria, pero una
vez llegando ahí conocí a Efráin Chávez y ahora él es mi ídolo. Lo admiro y es
mi padre en la Física”, asegura.

Fue con Efraín Chávez con quien desarrolló su proyecto más
importante hasta ahora. Juntos lograron crear un acelerador miniatura, el más barato del
mundo
Según información de la UNAM, lo construyeron en menos de nueve meses
con un
presupuesto de mil pesos.

Mide 45 centímetros de largo y 15 de ancho, y
dado que contiene las partes principales de un acelerador de tamaño normal, su
principal utilidad es que es transportable a escuelas y zonas cuyos habitantes
no conocen este tipo de aparatos, que generan nuevas partículas, en su mayoría inestables, aunque de gran interés para la comunidad científica.

La mañana del 7 de noviembre de 2014, Cristóbal recibió la
noticia de que había ganado el Premio Nacional de la Juventud, en el área de
Ciencia y Tecnología
, una convocatoria a la que fue inscrito por sus
amigos.

Derivado de este premio, las llamadas de medios de comunicación,
políticos, empresas e institutos internacionales no han dejado de sonar, pero
su cultura del esfuerzo no cambia: Se levanta temprano para llegar a la UNAM,
trabajar con el profesor Chávez y de ahí tomar clases para regresar a trabajar como velador en un lugar donde lo dejan vivir, con lo que recibe un sueldo de 2,000 pesos mensuales, que se añade a la beca que le da la UNAM, por un monto similar.

Rompiendo fronteras

Cristóbal aprovechó el boom del Premio Nacional de la
Juventud para impulsar una fundación que él mismo creó y que actualmente preside: Ciencia
sin fronteras
. A través de esta asociación civil apoya a jóvenes indígenas y de
escasos recursos
para que puedan continuar sus estudios; también lleva sus
conocimientos a otras universidades e instituciones del país, principalmente
los fines de semana.

Actualmente busca más apoyos, y se ha reunido con el rector
de la UNAM
, José Narro Robles, para que Ciencia sin fronteras crezca incluso
fuera de México.

Asegura que ha recibido varias invitaciones para pertenecer
a Mensa, la organización más grande que agrupa a superdotados en varios países,
pero dice no merecer tal distinción.

“Ser orgullosamente mexicano no dice nada, quiero ser responsablemente mexicano”

El estudiante termina esta entrevista mientras camina del
edificio de Rectoría de la UNAM a la parada del Pumabús para dirigirse al Metro
Universidad, que toma frecuentemente. Le gusta caminar, pues dice, es
el momento que tiene para estar consigo mismo y generar ideas.

Afirma compartir gustos
y pasiones
con muchos jóvenes: jugar futbol (le va a los Pumas), el cine, la música clásica, el
rock y el son calentano (música regional de Tierra Caliente).

Otras pasiones son las que desarrolla como parte de esa “cultura
del esfuerzo”: Cristóbal quiere aprender náhuatl –la lengua nativa de la etnia
cuitlateca a la que pertenece– para enseñarlo a sus paisanos. “Primero aprendo el náhuatl
y después el inglés”. 

También quiere crear
rayos x con cinta adhesiva
, y seguir investigando sobre las propiedades del zacate para apoyar el desarrollo de su comunidad.

“Quiero cambiar la ideología de los que dicen ser
orgullosamente mexicanos. Eso no me dice nada. ¿A poco un chino no estará
orgulloso de ser chino? El ‘orgullosamente mexicano’ es un ego que no me dice
nada, yo quiero ser un responsablemente mexicano y por ello entregarme a mi
país”, concluye.

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