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Opinión

México y lo que pone en juego dentro de la crisis de Venezuela

México ha luchado por mantenerse neutral dentro de la crisis que enfrenta Venezuela. Sin embargo, el gobierno de AMLO pone en juego su credibilidad adentro y afuera del país. ¿Cambiará su postura?

28-01-2019, 5:52:51 AM

La semana pasada, la situación en Venezuela acaparó la atención de casi todo el mundo. Y no fue para menos.

La autojuramentación de Juan Guaidó, actual presidente de la Asamblea Nacional venezolana, como Presidente encargado de la República Bolivariana de Venezuela frente a una multitud de manifestantes el miércoles 23 de enero, detonó las reacciones de muchos gobiernos.

Como es sabido, a diferencia de los Estados Unidos de América, Colombia, Brasil, Argentina, y otros países del continente americano, México no ha reconocido a Juan Guaidó como nuevo Presidente de aquel país, ni ha hecho un ultimátum para que se realicen elecciones extraordinarias, como sí lo han hecho Alemania, Francia y España.

Sin embargo, contrario a lo que muchos críticos del gobierno aseguraron durante el estallido de la crisis, México tampoco ha respaldado al gobierno de Nicolás Maduro. O, por lo menos, no de forma abierta y explícita como sí lo han hecho los gobiernos de Cuba, Bolivia, Rusia, Turquía, Siria y China, quienes han acusado que la crisis es provocada por los Estados Unidos y su política de intervención.

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Venezuela

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La evolución de la postura mexicana

Durante la conferencia mañanera del Presidente López Obrador, el Canciller mexicano, Marcelo Ebrard, reveló que la postura del Gobierno de México es más bien de cautela.

Incluso es posible rastrear la evolución de la postura mexicana frente a la crisis venezolana durante las horas posteriores a la autojuramentación de Guaidó.

Tan pronto como se transmitió en vivo el acto multitudinario donde Guaidó juró hacerse cargo del Ejecutivo nacional de Venezuela, el vocero de la Cancillería mexicana, Roberto Velasco, declaró a Bloomberg que México no había modificado su reconocimiento al gobierno actualmente constituido en Venezuela. Lo que después fue ahondado por un comunicado emitido por la Secretaría de Relaciones Exteriores.

En él, se detallaba que México se apegaba a los principios constitucionales de política exterior, emanados de la Doctrina Estrada, para evitar tomar partido en un conflicto que le compete -en palabras de la Cancillería- exclusivamente a los venezolanos.

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Venezuela

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Durante la tarde, con la mayoría de los países del continente ya posicionados respecto de la crisis, México aprovechó que Uruguay había adoptado una postura neutral similar a la suya para emitir un comunicado conjunto. Allí, ambos países hacían un llamado al diálogo de ambas partes, el gobierno de Nicolás Maduro y la oposición autoproclamada como gobierno, liderada por Juan Guaidó.

Después, en sesión extraordinaria de la Organización de Estados Americanos (OEA), México se abstuvo de votar por una resolución promovida por el Secretario General de dicho organismo, mediante el cual la OEA reconocía a Juan Guaidó como Presidente de Venezuela y encargado de convocar a nuevas elecciones.

Tras la votación, la representación mexicana solicitó a la Secretaría General de la OEA una opinión jurídica acerca de los efectos que podría generar el reconocimiento del organismo a un gobierno paralelo en dicho país.

Por último, México acudió al llamado de una sesión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU para tratar el tema. Allí, la delegación mexicana no tuvo mayor participación, aunque mantuvo la postura de evitar reconocer a Juan Guaidó sin apoyar expresamente al gobierno de Maduro.

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Juan Guaidó

Izquierdas y derechas

Otro de los lugares comunes que se han hecho presentes durante el desarrollo de la crisis venezolana, tuvo lugar en los análisis de varios líderes de opinión, quienes aseguraban que la postura de México se debe, simple y llanamente, a que el gobierno de López Obrador se estaba alineando con la postura de otros gobiernos de izquierda en apoyo al régimen de Nicolás Maduro.

Esta visión, está fundada en los restos de la Guerra Fría que desde 1945 y hasta 1991 tuvieron al mundo entero dividido en dos grandes bloques o polos. Un bloque capitalista, liderado por los Estados Unidos de América; y otro bloque socialista, liderado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la extinta URSS.

Durante aquel periodo, ambas potencias mundiales se dedicaron a construir una red de países con los que pudieran salvaguardar sus intereses globales.

Estados Unidos aseguró el acceso a recursos naturales mediante la intervención explícita o secreta en países de América Latina, Europa occidental y Asia, mientras aseguraba la defensa de socios comerciales estratégicos con escudos anti-misiles o cuarteles militares fuera de su territorio. La URSS hizo lo mismo en Europa del Este, Asia y África.

Debido a las claras posturas económicas contrapuestas que defendían una y otra potencia, la Guerra Fría hizo entender a muchos que ser pro-Estados Unidos era lo mismo que ser capitalista o que ser de derecha; y que ser pro-URSS era lo mismo que ser socialista o ser de izquierda. Sin embargo, el paso de los años y la complejidad que ha alcanzado hasta nuestros días la geopolítica han vuelto obsoletas ambas categorías para el análisis de su alineación en el conflicto de Venezuela.

Sólo por poner un ejemplo: España, que actualmente gobierna el Partido Socialista Obrero Español, ha declarado que reconocerá a Juan Guaidó como Presidente encargado de Venezuela a menos que Nicolás Maduro convoque a elecciones extraordinarias en ocho días. Algo que ya ha rechazado Venezuela en el Consejo de Seguridad de la ONU.

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Por otro lado, Uruguay (que en los últimos años ha sido gobernado por el izquierdista Frente Amplio) ha pedido una solución dialogada entre el gobierno de Maduro y la oposición venezolana.

Rusia, gobernada por Vladimir Putin y su partido político Rusia Unida, está más cerca de ser un país con un gobierno de derecha debido a las políticas conservadoras y nacionalistas que manifiesta el programa de gobierno de Putin. Además de haber abrazado completamente el capitalismo desde la caída de la URSS en 1991.

Pero ello no ha evitado que Rusia encabece, junto con China, Bolivia, Cuba, Turquía y Siria, los esfuerzos por respaldar a Maduro en el escenario internacional.

La razón de ello es variada, pero se resume en que Rusia ha apoyado a Venezuela económicamente desde hace varios años. Y esa deuda, que puede convertirse en una simple devolución de dinero prestado o acomplejarse para convertirse en un pago de favores, sólo podría ser reconocida y saldada por un gobierno alineado con Rusia.

La eventual llegada de un gobierno venezolano alineado con los Estados Unidos pondría en riesgo el reconocimiento de esos favores debidos, y la posibilidad de seguir ejerciendo su influencia más allá de Europa del Este.

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Para China es una situación similar, aunque más ligada al comercio. El gigante asiático es el país con el cual Venezuela tiene más importaciones y exportaciones juntas (17% y 18% del total de sus operaciones respectivas), tan solo detrás de los Estados Unidos. Algo que podría cambiar en caso de llegar un gobierno que acuda más hacia el gigante norteamericano en busca de oportunidades comerciales.

En contraste, México puede darse el lujo de posicionarse como un actor neutral en este conflicto pues, del total de las importaciones mexicanas, tan solo el 0.043% provienen de Venezuela. Y ni siquiera se trata de gasolina, petróleo crudo o sus derivados, sino de productos relacionados con el hierro y el aluminio.

Situación similar al rubro de las exportaciones, pues nuestro país le vende a Venezuela apenas el equivalente al 0.15% del total.[1]

Lo anterior, tira por tierra el argumento de quienes buscaban encontrar una relación ficticia entre el desabasto en el Bajío mexicano y el supuesto apoyo del gobierno lopezobradorista al régimen de Maduro.

Putin

Equilibrismo diplomático

Así, más que encontrar un argumento en la ideología del gobierno mexicano, en su dependencia o relaciones comerciales con Venezuela, o en alguna otra motivación inconfesable, la razón detrás de la neutralidad mexicana es más bien interna.

Al gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador no le conviene contradecir una de sus promesas de campaña apenas en su primer desafío diplomático. Pues renunciar a la Doctrina Estrada en su primer año de gobierno debilitaría cualquier postura mexicana en lo consecutivo.

De igual modo, en caso de participar en el linchamiento diplomático promovido por los Estados Unidos en contra de un gobierno extranjero, le quitaría credibilidad a México para erigirse como palanca del desarrollo de Centroamérica. Algo que todavía no ha podido arrancar y que pretende ser la solución a largo plazo de la crisis humanitaria que vive nuestro país en su frontera sur.

Ello, sin embargo, no es suficiente para garantizar que la postura mexicana se mantendrá firme ni inamovible durante mucho tiempo. La crisis venezolana es de una complejidad tal, que cualquier escalamiento de violencia entre las partes en conflicto obligaría a todos los países a revisar nuevamente su postura.

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Venezuela

Además, no es gratuita la presión ejercida contra la Cancillería mexicana y el Gobierno de la República, pues tanto los intereses afines a la causa bolivariana como aquellos más afines al discurso estadounidense buscan que México fije postura clara, sin perder de vista que también existen quienes no buscan un interés en la resolución de la crisis venezolana, sino en ver fracasar al gobierno de López Obrador.

Algo que para Maduro podría significar la pérdida de un aliado estratégico en el continente con miras a salir de esta crisis, y que para López Obrador podría significar el hacer manifiesto cuánta presión, interna y externa, está dispuesto a soportar.

La neutralidad mexicana, que juega con un equilibrismo diplomático no apoyando abiertamente a Maduro ni reconociendo a Guaidó, no debe perder de vista que está parada en medio de un tablero con intereses geopolíticos con capacidad de hacer sentir su influencia. Y que se juega la credibilidad, afuera y adentro.

@jpgalicia

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel