Opinión

México y EU: ¿un acuerdo que finalizó al estilo Netflix?

Quizá no se llame TLCAN; este acuerdo se cerró con una prisa digna de serie cancelada en Netflix, pero el resultado no es malo, hasta donde se puede apreciar para EU y México.

28-08-2018, 1:09:44 PM

La renegociación del TLCAN (aunque eso del “AN” siga en veremos), en principio, es una buena noticias para México, aunque hay que aceptar que se tuvo que ceder en varios temas.

En cuanto a la forma, este proceso de un año y semanas fue como un final de serie de Netflix, cuando los productores deciden que ya no habrá nueva temporada. Luego de siete “rondas” fallidas y mucho ruido, las cosas se acercaron a un peligroso impasse en marzo pasado, cuando el gobierno de Donald Trump descubrió que podía usar los aranceles como pequeñas bombitas contra países amigos y enemigos por igual.

La séptima ronda falló en dar un resultado, justo cuando Trump impuso impuestos al aluminio y acero de casi todo el mundo. Con México entrando en la recta final de su proceso electoral, las siguientes rondas tuvieron que esperar hasta este agosto, ya con Jesús Seade, futuro secretario de Economía, vigilando de cerca el changarro.

Entonces, todo tuvo que apresurarse. Convocados el día 15 a Washington, los negociadores mexicanos se quedaron “a morir” para llegar a un acuerdo como el de hoy 27 de agosto. Los tiempos del Congreso estadounidense lo exigían, de lo contrario la entrada en vigor del tratado tendría que esperar a bien entrado 2020. Pero lo exigía sobre todo la prisa de Trump por marcarse un triunfo en comercio exterior, antes de las elecciones intermedias de octubre próximo y ante las presiones para enjuiciarlo por sus manejos durante la campaña de 2016.

Los temas que habían surgido desde el principio de la negociación, como la cláusula “sunset” o de caducidad, el contenido regional, muchos de los cuales habían quedado sin resolver hasta el final, se pactaron de una buena vez.

A Trump le urgía lo que sucedió este lunes: una bonita transmisión desde la Sala Oval de la Casas Blanca, con los negociadores mexicanos sonrientes, el presidente Enrique Peña Nieto al teléfono y esa impresión de que había logrado resolver una gran injusticia: acabar con ese acuerdo, que llamaba el peor tratado en la historia de Estados Unidos.

Trump fue cuidadoso con sus intenciones desde el principio, cuando marcó su preferencia por los tratados bilaterales, en lugar de este acuerdo tripartita. Su fraseo el día de hoy fue evidente para su público: el nuevo tratado con México no se llama NAFTA; el NAFTA ya no existe, se acabó, como había prometido.

Si Canadá se “sube” o no a este nuevo acuerdo es algo que le tiene sin cuidado, lo que es más, le gustaría que su vecino al norte se contentara con otro pacto bilateral. Lo importante era anotarse la medalla de tirar el NAFTA a la basura, la promesa para sus votantes, sin romper demasiado las relaciones con sus vecinos.

Esto es lo que logró el día de hoy.

A cambio, México tiene un tratado de libre comercio. Uno más limitado, con una definitiva barrera en componentes regionales para la industria automotriz (un mínimo de 75%), más una muy clara en componentes nacionales. Entre 40 y 45% de las partes de los autos deberán provenir de plantas que paguen 16 dólares la hora: eso quiere decir Estados Unidos, no México, para ser precisos.

Por ahí en los medios hay ruido al respecto de si está pidiendo que 45% de los trabajadores de la industria automotriz en México ganen ese salario. Me temo que no, para nada. Es solo la manera en que Trump buscó cuidar sus jobs, jobs, jobs al otro lado de la frontera.

Habrá, quizá alguna magia contable que las empresas puedan realizar para darle la vuelta a esta ley, pero será otro asunto. La industria automotriz mexicana será menos integral y más maquiladora, para mantener su exportación a Estados Unidos, a menos que pague aranceles, los cuales no se han detallado (habrá que hacer los números).

Es cierto, la famosa cláusula sunset pasó de cinco a 16 años, con una especie de revisión a los seis, lo cual parece funcionar para ambas partes: para México significa eliminar incertidumbre para los inversionistas, para Trump, mantener una opción de salida.

Falta ver en qué quedó el mecanismo de resolución de controversias que, según lo trascendido, si tuvo cambios, lo que implica que, hasta cierto punto las diferencias podrían dirimirse en tribunales de Estados Unidos, en lugar de paneles internacionales.

Por lo demás, el nuevo tratado TLCAN o TLCEUMEX o como guste llamarle, incorpora los famosos adelantos en materia de respeto a los derechos laborales, la propiedad intelectual y el cuidado del medio ambiente que ya había adoptado México con la firma del TPP, el Acuerdo Transpacífico. Eso, sin duda, suena bien.

A reserva de examinar el Tratado en detalle y buscarle sorpresas, parece que se ha logrado el famoso ganar-ganar, incluso con la bendición del gobierno entrante, vía López Obrador, Jesús Seade y Marcelo Ebrard, lo cual nos quita toda una inquietud, esperando que mantengan a raya a sus filas más radicales.

La única nota no tan buena es que, otra vez, México acabe de darle un atractivo empujón electoral a Donald Trump con vía a las elecciones intermedias. Ojalá no le alcance.

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Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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