Opinión

La otra historia de los policías que no queremos reconocer

No es fácil tener buenos policías y, mucho menos, cuando todo el sistema conspira contra ellos y la sociedad no quiere reconocerlo.

04-10-2018, 6:00:41 AM
policia armada

En mis 25 años de experiencia en procesos de paz me he topado con todo tipo de policías.Los dogmáticos y celosos que no permiten que nadie les sugiera un cambio o una visión diferente. Los que se han torcido -por plata o por plomo- al crimen organizado. Los que han sido indoctrinados por la DEA o por alguna otra agencia norteamericana. Los inseguros y por tanto, autoritarios y prepotentes.  Los indiferentes, los cínicos y los extorsionadores.

Pero, también me he topado con los modestos, los inteligentes, los pacientes, los profesionales, los que sienten que su misión en la vida es ayudar a los demás y los que defienden sus convicciones  y su honor con valentía.

La mayoría, en mi experiencia, son de los segundos.  No conozco a todas las policías de México, pero me ha tocado interactuar profesionalmente con las de Nuevo León, Sonora, Sinaloa, Zapopan, Tabasco y más recientemente, de la CDMX.

Generalmente trabajan con muy pocos recursos y la sociedad les demanda una perfección celestial. Si el vecino trae fiesta ruidosa, queremos que la policía lo calle de inmediato; si el marido anda borracho y golpeando a la familia, queremos que acuda a poner orden, proteja a la mujer pero que no golpee al gorila, que no se lo lleve y no lo asuste de más.  Si nos han robado algo, queremos que atrapen, castiguen y encuentren lo robado de inmediato.

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oficial

Si el crimen organizado se ha posesionado de la plaza, gracias a la estúpida política de drogas que tenemos en México, queremos que los pongan en orden, que no haya vendedores de drogas por ninguna parte, y que de ser necesario, se enfrenten a ellos con valentía y eficacia.   

Los empresarios suelen ser los más exigentes. Si hay robos en los estacionamientos de los centros comerciales, quieren que ellos los eviten; si hay robos en las cadenas de tiendas de conveniencia quieren que ellos las cuiden; si hay robos en los bancos, quieren que ellos lo impidan; y si hay broncas en los estadios de futbol, quieren que los policías  pongan orden. Nadie cuestiona que éstos son beneficios privados con costos públicos, todos apoyan a los empresarios y culpan a los policías.

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Desconfiamos de ellos, los calificamos muy bajo en las encuestas, los insultamos, los despreciamos y los condenamos anticipadamente a todos por igual: “Todos son corruptos, todos son extorsionadores, todos son incompetentes”.

Si la incidencia bajó, no fueron los policías o las cifras están amañadas. Si la incidencia subió, aunque sea en delitos no-policiales como la violencia familiar, las violaciones o las lesiones dolosas, la culpa es de la policía.

Queremos policías de primer mundo, pero nos comportamos como sociedad de tercera.  Queremos que baje la violencia y la corrupción, pero seguimos apoyando políticas públicas que la promueven, como la prohibición de drogas. Queremos policías amables, pero los insultamos. Queremos que resuelvan todo lo que las familias, las colonias, los empresarios, el gobierno y la sociedad en general, han descuidado.

Acabo de terminar un proceso de asesoría con el municipio de Hermosillo, Sonora. Contábamos con un Semáforo Delictivo por zona y podíamos evaluar el desempeño de los diferentes comandantes y equipos conforme a la estadística delictiva. Sugerí premios para los equipos con mejor desempeño, pero no había recursos. Así es que decidimos darles un aplauso público, un aplauso de sus compañeros, un aplauso genuino desde el corazón para compartirlo en redes sociales.  Me imaginé a su familia, a sus hijos, a sus compadres y a sus vecinos viendo el video. Yo creo que ellos también lo imaginaron, porque se conmovían hasta las lágrimas.

Hace algunos años en San Luis Río Colorado, Sonora, que colinda con Mexicali, me dijeron los policías: “Jefe, se cancela la junta del Semáforo porque hubo un secuestro. Esta madrugada escuchamos por la frecuencia que había un secuestro en proceso y está metida la policía”.

“¿Qué pasó?”, pregunté con pesadez, imaginándome lo peor, la colusión de policías con secuestradores.

“Pues agarramos al secuestrador, todos salimos a defender la plaza, aquí nadie secuestra a nadie”, me contestó con orgullo el comandante.

Los buenos policías son muchos, pero no queremos verlos, ni reconocerlos. Y pueden ser más, si tomamos mejores decisiones, todos. No es fácil ser un buen policía, pero es mucho más difícil serlo cuando todo el sistema conspira contra ellos.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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