Opinión

¿La adicción al celular es nuestra cadena perpetua?

El uso de celular ha generado un mundo de posibilidades para la humanidad, pero generalmente su potencial es desaprovechado en actividades superficiales que tienen como objetivo evadir la realidad.

03-01-2018, 8:25:35 AM
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La imagen es ya completamente normal: en parques, centros comerciales, automóviles (aunque esté obviamente prohibido), juntas de trabajo o mesas familiares: personas ensimismadas ante lo que denominamos teléfono celular, pero en realidad son potentes computadoras con interfaces amigables.

Incluso un habitante de inicios del siglo XXI, ya no digamos fines del siglo pasado, quedaría impactado ante el peculiar espectáculo. Individuos por completo absorbidos, sea rígidos como estatuas, bien caminando levantando de vez en cuando los ojos, o dando una rápida mirada con cierta discreción al aparato, para a continuación dirigir una mirada, mezcla de culpable y disculpa, a sus acompañantes, esa mirada que reconoce que se sufre de una adicción.

De la taravisión a fotos de gatos

Hace apenas una generación, dos si se quiere, aquellos con cierta edad se manifestaban preocupados porque los niños y jóvenes de entonces “estaban pegados a la televisión”. Los deja como atontados, decían (lo de zombi vendría mucho más adelante), y llegó el apodo de “taravisión”.

Esos niños y jóvenes de entonces son los adultos que actualmente contemplan, como algo normal, con cierta preocupación, o de plano con temor, cómo los celulares son hoy el acompañante inseparable de tantos niños, y cada vez con menor edad.

Por supuesto, esas potentes máquinas que hoy caben en la mano son un puente antes insospechado. El conocimiento universal ha quedado al alcance de millones. Los libros en las bibliotecas se empolvan, dado que gran parte de ese conocimiento antes ahí depositado está ahora al alcance de los dedos.

Encontrar cierta información es literalmente cuestión de pocos minutos o incluso de segundos. Los debates entre amigos, colegas o rivales sobre cierta fecha, lugar o personaje quedan zanjados sin necesidad de ir a buscar el diccionario, enciclopedia o texto especializado.

Por otra parte, está la broma que tiene mucho de verdad:

Una persona que vive en 1970 es tele-transportada a 2018, y se topa con un individuo tecleando en su celular.

– Vengo de 1970, ¿qué es eso?

+ Un teléfono.

– ¿Tan pequeño y sin cables? ¿Y por qué no estás hablando?

+ Bueno, realmente es una computadora que puede enlazarse con otras en todo el planeta por vía inalámbrica. De hecho, tengo acceso a todo el conocimiento acumulado de la humanidad desde este aparato.

– ¿Y para qué usas esta impresionante computadora principalmente?

+ Para compartir fotos de gatos y pelearme con desconocidos.

Chiste que encapsula la paradoja para cualquier estudioso futuro de este presente: la facilidad para investigar ha llevado a que muchos dejen de hacerlo.

El “copy-paste” ha hecho que muchos “trabajos” escolares en todos los niveles (de primaria secundaria a posgrado) sean vulgares plagios, si acaso con cierto orden de ideas, y en ocasiones ni siquiera eso. El acceso al conocimiento muchas veces no ha aumentado el que una persona tiene. No se trata de leer, sino de ver YouTube. No de aprender, sino que la foto o video del gato se haga viral.

¿De regreso a la cueva?

La respuesta no está en ofrecer recetas luditas de corte anti-tecnológico. Sin duda hay hogares que limitan mucho, o por completo, el acceso a internet, y cuyos niños (o hasta los padres) carecen de celular. Igual florecerán ciertas comunidades que limiten también el acceso a cierta tecnología, y por supuesto individuos que optarán por vivir prácticamente en cuevas.

Pero no será la mayoría, ni mucho menos. El avance tecnológico, con sus bondades y problemas, seguirá adelante. La tecnología traerá además, con su impacto sobre la productividad, mayores niveles de bienestar. Si hay algo que celebrar hoy es el desplome de la pobreza.

Nunca el bienestar de tantos había sido tan elevado, el hambre y la enfermedad tan relativamente escasas. Es un momento para festejar, no lamentar el triunfo tecnológico. Por siglos los hombres vivieron relativamente poco y murieron sin ver apenas cambios en su entorno. Las transformaciones de hoy son de vértigo.

Imposible predecir el futuro. Los gigantes de la Ciencia Ficción, ese género que despegó en el siglo XX, proporcionaron abundante entretenimiento, escenarios de impresionante imaginación, pero ninguno pudo siquiera sospechar remotamente el acceso inmediato, y prácticamente gratuito, al conocimiento y la información. Menos todavía a millones con la nariz prácticamente pegada a una pantalla.

¿Conectados totalmente a la realidad virtual?

Pero se puede especular sobre el futuro. Y una posibilidad que no debe descartarse es la evasión total a una realidad virtual cuando ello sea posible. Una realidad, por supuesto, mucho más placentera que la que se vive día con día. Personas conectándose por periodos crecientes de tiempo a una realidad en la que escalan montañas imposibles, son los aplaudidos líderes de millones, viajan por todos los confines de la Tierra, o tienen a su disposición los alimentos o las parejas sexuales más apetecibles.

Por supuesto, estaría la posibilidad de ir alternando, cambiando la película. Al cabo de unos días, se cambia de realidad. Por una semana, o meses, se es un superhéroe inmortal que combate a las fuerzas del mal, evidentemente venciéndolas tras impresionantes combates.

Después se puede ser un explorador de mares o selvas, o incluso de galaxias lejanas, para a continuación transformarse en corredor de coches de Fórmula 1, siempre llegando al podio y alzando el trofeo.

No es que la realidad actual sea necesariamente negativa, siquiera con sinsabores graves, para muchos. Y los primeros que podrán permitirse esos lujos de evasión serán aquellos con ciertos recursos, como son los que actualmente usan el iPhone X.

No será un pobre ansioso de huir de su miseria, y viviendo una realidad virtual como si fuera un millonario, sino el rico alternando su placentera realidad con otras. Esa posibilidad de realidad virtual total (¿en 10 años, quizá 20?) pasará poco a poco de ser un lujo a convertirse en un producto para las masas.

Estrictamente no habrá límite para quienes puedan gozar esa realidad alternativa. ¿Por qué no pasar años viviendo otras vidas, si uno puede así permitírselo? El futuro de la humanidad, de buena parte al menos, podría acabar enchufado a una máquina. Hoy quizá es solo el principio.

El autor es doctor en Economía (Essex), economista (ITAM) y comunicólogo (UNAM). Profesor, Escuela de Negocios del ITESO, Investigador Asociado CEEY. Trabajó en el FMI.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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