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Opinión

¿Es necesario acabar con el neoliberalismo para salvar la democracia?

20-04-2020, 6:15:31 AM Por:
Neoliberalismo
© Depostphotos

Defender a ultranza cualquier posición extrema a favor o en contra del neoliberalismo no abona en la construcción de un futuro próspero y, por el contrario, incrementa el encono que tanto ha dañado a las sociedades.

En los últimos años, entre los asuntos transversales más sensibles de la agenda global destacan la multiplicación de molestias ciudadanas por temas de desigualdad, desastres naturales con costos que crecen de manera exponencial y la amenaza permanente de un conflicto nuclear. Tras más de cuatro décadas de predominio del modelo económico neoliberal, hoy existen argumentos sólidos que sostienen que las mencionadas preocupaciones pueden relacionarse directamente con este modelo.

Más aun, hay quienes apuntan que el neoliberalismo se ha convertido en un lastre para la democracia y que amenaza con desprestigiarla de forma fatal. Además, a la luz de la pandemia por la que atraviesa el mundo, se multiplican las voces que demandan la intervención del Estado en la economía, lo que incrementa las presiones antineoliberales. En este sentido, se vuelve necesario reconocer las limitaciones del modelo para trascenderlas, a riesgo de exacerbar problemas que deriven en escenarios catastróficos generalizados.

Distintos pensadores se han referido al peligro de enfrentar la complicada realidad del siglo XXI con Estados disminuidos e individuos que han dejado de reconocerse en sociedad. Noam Chomsky, por ejemplo, argumenta que la instrumentación del modelo neoliberal ha menoscabado sistemáticamente las herramientas más poderosas de la humanidad para hacer frente a las amenazas de destrucción nuclear o por catástrofes ambientales: los Estados fuertes, las instituciones de gobernanza y las distintas formas de asociación y participación han quedado subordinados a las decisiones del poder privado.[1]

Gobierno de México
Reuters

La interrelación del neoliberalismo económico y el triunfo de la democracia con el fin de la Guerra Fría sirvió para crear una especie de paralelismo entre la libre elección en las urnas y la libre elección en el mercado, lo que supuestamente estaría llamado a reforzar la democracia en el día a día. Así, la adopción del modelo neoliberal en los países democráticos le confirió legitimidad al sistema, pues sería ese “binomio ganador” (democracia-neoliberalismo) el que llevaría a los países al desarrollo y la prosperidad. La democracia se convirtió en el más grande mercado y, para muchos de los países democráticos, la transacción del voto se convirtió en protagonista, dejando atrás la relevancia de la deliberación pública y la construcción de mayorías como fuentes de legitimidad en las decisiones políticas.[2]

En este contexto, las problemáticas transnacionales se han exacerbado en un marco de Estados reducidos donde el mercado manda, de ahí que hoy sean visibles las consecuencias políticas de la decepción con los frutos del neoliberalismo: desconfianza en las élites, en el “sistema político corrupto” que favoreció la desigualdad, e incluso en la economía misma como ciencia.[3] Esto ha hecho posible que surjan exitosos liderazgos políticos de corte populista —algunos de ellos con claros impulsos autoritarios— que, a partir de un discurso antisistema, contribuyen a la debacle de la democracia.

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Es innegable que hay problemas estructurales graves en las sociedades de hoy, por ello la resonancia creciente de las críticas al modelo neoliberal por parte de prominentes pensadores, políticos y ciudadanos comunes. Esto ha generado nuevas propuestas para regresar a la sociedad —y no poner al mercado— al centro del debate público. El fortalecimiento de distintas formas colaborativas de toma de decisiones —con un papel destacado de sindicatos verdaderamente democráticos— se vuelve una exigencia clave. Es en este marco que ha sido posible que, hasta hace poco, entre los principales contendientes por la candidatura presidencial del Partido Demócrata en Estados Unidos se encontrara un aspirante cuya plataforma es de corte socialista.

Los regímenes políticos, como la sociedad misma, evolucionan. De ahí que sea natural el rechazo social que genera la percepción de fallas en cualquier sistema vigente; es motor necesario para el progreso. No es sorpresa, entonces, que haya quienes proponen acabar con el modelo económico actual para salvar a la democracia. Defender a ultranza cualquier posición extrema a favor o en contra del neoliberalismo —y discutir si es o no perverso de origen— no abona en la construcción de un futuro próspero y, por el contrario, incrementa el encono que tanto ha dañado a las sociedades modernas. Más vale, por tanto, asumir que el modelo ha dado de sí lo que pudo ofrecer y que servirá de base para construir un nuevo prototipo de desarrollo social, económico y hasta político.

Corrupción
Especial

Las sociedades son un reflejo de los sistemas en los que se desenvuelven; por ello existe la necesidad de construir uno que incentive el entendimiento y la colaboración en conjunto, que respete la diversidad y fomente la participación.[4] Será la manera más eficaz y sostenible en el largo plazo para frenar las amenazas existenciales que enfrenta la humanidad.

En este contexto, la visión transformadora del Gobierno de México cobra relevancia y proponer una “economía moral” no es descabellado. Si se logra sumar a las mentes y las voluntades que —desde la función pública, la academia y la sociedad civil— hagan posible una nueva y sólida arquitectura, ¿por qué no pensar en un modelo mexicano que ponga a la sociedad al centro y sirva de ejemplo al mundo? En éste, como en otros temas, el diagnóstico presidencial es correcto.

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No obstante, la respuesta del Presidente con la no intervención del Estado en la economía ante la crisis sanitaria actual ha generado dudas sobre sus intenciones transformadoras y su claridad para conseguir el cambio. Es así como la promesa del modelo mexicano parece desdibujarse ante la coyuntura. Pero otras opciones, quizá, comiencen a surgir desde distintas latitudes, pues el gran desafío de la pandemia, además de enormes riesgos, también trae consigo oportunidades para corregir el rumbo y construir mejores rutas para la humanidad.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja únicamente la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.


[1]      Lydon, C. (2017). Noam Chomsky: Neoliberalism Is Destroying Our Democracy. Recuperado el 13 de abril de 2020 de The Nation (ver).

[2]      Zamora, D. (2019). How Neoliberalism Reinvented Democracy: An interview with Niklas Olsen. Recuperado el 13 de abril de 2020 de Jacobin (ver).

[3]      Stiglitz, J. (2019). The end of neoliberalism and the rebirth of history. Recuperado el 13 de abril de 2020 de Project Syndicate (ver).

[4]      Allsop, B. (2018). Why neoliberal approaches to policy are detrimental to democratic participation. Recuperado el 13 de abril de 2020 de Democratic Audit (ver).

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mm Internacionalista, analista de política y gobernanza e investigadora del Centro de Estudios sobre Seguridad, Inteligencia y Gobernanza (CESIG) del ITAM.
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