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México venció el pasado trágico del terremoto y ahora se levanta

La organización de la sociedad civil y la solidaridad de los mexicanos frente al terremoto pone de manifiesto que el país tiene ganas de cambiarlo todo.

21-09-2017, 11:38:24 AM
Voluntarios en el sismo
Arturo Aguirre Voluntarios en el sismo

Ayer fue un día de solidaridad desbordada. La gente en la calle. Los capitalinos, simplemente tomaron las calles en Lindavista, en la Roma, en la Del Valle, en Tlalpan. En efecto, hicieron poco caso de los avisos en contra de circular en auto o cerca de las zonas de desastre. Hubo tráfico intenso al norte y sur de la capital, pero lo que abundaba eran autos cargados de agua, comida, cantidades enormes de picos y palas nuevecitos y jóvenes, muchos. Iban y venían, en busca de dónde ayudar.

La ciudad estaba entrenada para esto, desde hace décadas. Son los días que siempre hemos temido, que revoloteaba en nuestra conciencia colectiva y en lo profundo de nuestros propios miedos y fobias. El temblor, el maldito temblor que por no sé qué infame broma vino a irrumpir con lujo de violencia el día que debiera haber sido de memoria y duelo. ¿Por qué c…ños el 19? ¿Por qué?

Este insufrible movimiento trepidatorio, pese a la falta de alertas previas, nos tomó prevenidos. Salimos rápidamente de edificios y escuelas, de casas y oficinas. Cuánta gente se salvó por tomar estas medidas, recién practicadas apenas unas horas antes, es algo difícil de estimar, pero quizá sean cientos.

Ayer, con el número de más de 218 muertos a cuestas, la gente se levantó con todo el ánimo de demostrar que el espíritu de 1985 no fue una llamarada de petate. Que la famosa solidaridad mexicana, que inventamos hace 32 años, existió y sobrevive hasta nuestros días. La cultura cívica, de protección civil y de ayuda está aquí, gracias por preguntar.

Difícil administrar los incontables centros de acopio, que se instalaron en cualquier punto de la ciudad. Eran cientos, miles de personas acarreando mucho de lo que ya sabíamos: agua, comida enlatada, palas, cascos, guantes y picos. Las redes sociales funcionaron con cierta eficiencia, cambiando las prioridades. Ahora comida preparada, ahora materiales de construcción, ahora taladros y polines. La eficacia fue enorme: los centros se llenaron de alimentos, por lo que la prioridad se convirtió en distribuirlos, mandarlos a los albergues, a la Cruz Roja, a donde fueran necesarios.

Las calles de la ciudad fueron tomadas por estos centros de acopio y gente en busca de quién ayudar. En Salamanca, desde Chapultepec hasta Insurgentes, era casi imposible circular, incluso para los vehículos de ayuda. La gente caminaba, acarreaba cosas; es cierto, algunos más se limitaban a mirar. Flotillas de motos y motonetas (¿de dónde salieron tantas?) circulan en medio de la multitud, abriéndose paso, acarreando cosas y gente.

De los 52 edificios que se estiman severamente dañados, habrán varias docenas más aislados, con cintas amarillas alrededor, esperando el visto bueno de protección civil, o de plano un desahucio. Algunos vecinos en la Roma de plano cargaban sus cosas para irse a otra parte, otros más aguardaban en la calle, viendo todo pasar, a la espera de saber qué hacer.

Hasta el mediodía de ayer 20 de septiembre, el día de la respuesta de la ciudad, los albergues no estaban del todo llenos. Aún era difícil conocer el número final de afectados. Se sabrá más tarde, pues las lluvias, sordas y ciegas a nuestros problemas, cayeron con saña en la tarde. Imposible acampar en la calle esta vez.

El ánimo era otro cerca de los edificios colapsados, como gigantes heridos, terribles, aún más grandes en su desgracia. La gente observa, aplaude, echa porras, canta, corea “México-México” o “si se puede”, aplaude a los policías y soldados que acordonan la zona. En eso, una de las pequeñas figuras humanas que escala el montón de escombros del coloso alza el brazo, cierra el puño. La señal se repite en la multitud y el silencio cunde, pese a todo, pese a la marea humana. Están escuchando, buscando gente viva aún, devorada por toneladas de cemento y varilla, quizá escuchan una voz, un golpeteo, algún ruido. El terror vuelve, un momento, ahí abajo hay gente, viva, que se antoja imposible sacar.

Pero hay entrenamiento, hay voluntad y esas mañas que gente como los Topos inventaron hace tres décadas, para colarse por entre las vigas, apuntalar lo imposible, escurrirse y sacar piedra por piedra hasta dar con una persona, dos.

Acaso cada tres, cuatro horas saquen a una persona. En el caso de que estén vivas, los aplausos apenas pueden esperar a que termine la complicadísima maniobra, los vítores acaso pongan nerviosos a los rescatistas, que se juegan el pellejo. Pero a veces están muertas; el silencio envuelve también el cuerpo bajo sábanas o lonas blancas, algún llanto contenido le da un adiós.

Para el día 20 ya estaba todo acordonado. En esta ocasión también el gobierno sabe qué hacer: reacciona inmediatamente, organiza, limita, envía policía federal y al Ejército Mexicano. Activa protocolos, envía rescatistas entrenados. No hay hoy mucho lugar para improvisados: los chavos con palas, picos y casos son encauzados a tareas poco peligrosas, pero muy duras: a remover escombros, cubo por cubo. A despejar zonas ya desalojadas.

Algunos se van moviendo hacia el sur; tras acudir a la Roma por reflejo, las noticias van llegando. Son más requeridos en la Del Valle, en Tlalpan, en Iztapalapa, comentan… algunos de plano parten hacia Xochimilco, a pueblos donde es difícil incluso llegar. Lo que sigue será Morelos: Jojutla clama ayuda, hay que ir con víveres, herramientas y rescatistas.

Pero cae la tarde, ahora lo que se pide son lámparas, baterías, impermeables para la maldita lluvia que se cierne sobre la ciudad, sin contemplaciones. En algunos lugares, como la escuela Rébsamen, escenario que duele especialmente por la muerte de 21 pequeños, aumenta el frenesí: hay que sacar a una niña viva, que lleva horas haciendo contacto, pero ha sido difícil, tan difícil llegar a ella y a por lo menos cinco compañeros que también se presumen vivos. Que no caiga la noche, que no caiga la lluvia, antes de que pueda darse con ellos.

Más tarde, Frida Sofía saldrá con vida de los escombros, lo mismo que otros tantos el Álvaro Obregón, en el multifamiliar Tlalpan, en Lindavista. Se estima que se ha rescatado a medio centenar de personas. Les devolvieron la vida estos expertos, estos miles de voluntarios, incluso estos porristas improvisados.

El trabajo será mucho en los próximos días, pero México demostró ser otro: no hay descontrol en las cifras, en los rescatados, no hay parálisis del gobierno, no hay ignorancia en la gente. Abundan las ganas de ayudar, salvo uno que otro maldito saqueador o ladrón. Ya les pasará la cuenta esta sociedad, que vuelve a tener ganas de cambiarlo todo, de organizar su propio bienestar, a pesar del crimen organizado, de los políticos organizados, del clima y de los malditos terremotos.

El sismo que convirtió el silencio en un grito de esperanza

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