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De Opinión

Cuando los “ahorros” se acaben, el destino económico nos alcanzará

¿Qué pasará cuando tarde o temprano no haya más “ahorros” de los cuales echar mano? Ocurrirá una de dos cosas: recorte del gasto público o aumento de impuestos.

05-11-2019, 6:45:20 AM
Peso

La semana pasada, la secretaría de Hacienda informó que utilizará 150 mil millones de pesos (mdp) del Fondo de Estabilización de los Ingresos Presupuestarios (FEIP), para compensar el faltante de ingresos públicos, que se han caído como consecuencia de la “desaceleración” económica del país.

Esa cantidad es el 57.7 por ciento de los recursos del FEIP al corte de septiembre pasado, lo que dejará sólo el restante de 110 mil 185 mdp.

La pregunta importante es: ¿qué pasará cuando tarde o temprano no haya más “ahorros” de los cuales echar mano? La respuesta no requiere gran ciencia. Ocurrirá una de las dos cosas siguientes: recorte del gasto público o aumento de ingresos vía alza de impuestos. A juzgar por la política de la actual administración, ni siquiera se considerará un gasto menor.

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Para entender: Hacienda agarra del ‘guardadito’ para compensar ingresos

Lo anterior, nos deja en el juego de las probabilidades un resultado que no nos gustará a los contribuyentes cautivos: nos van a encajar más el “diente” del fisco.

Si bien es cierto que el presidente López Obrador se comprometió a no aumentar impuestos, su promesa fenece a mitad del sexenio, lo que abre la oportunidad de que en 2020 se propongan los cambios que iniciarían a operar al año siguiente. El propio titular de Hacienda, Arturo Herrera, ha dicho que para 2021 habrá una reforma fiscal, que en este espacio le he asegurado que consistirá en mayores gravámenes para los mismos contribuyentes de siempre.

Aquí lo importante es destacar el hecho mismo de que el utilizar el FEIP es en sí, una mala señal.

Por un lado, la realidad es contundente: en el tercer trimestre de 2019, el Producto Interno Bruto (PIB) de México se contrajo 0.4 por ciento a tasa anual, lo que constituye la primera baja anualizada de este indicador desde el cuarto trimestre de 2009, año de la Gran Recesión. Por otra parte, el presidente ha insistido en su “mañanera” del viernes que “no hay recesión. Vamos muy bien”.

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El mensaje es claro: no se corregirá el rumbo porque no se reconoce siquiera que se está actuando mal.

Mientras tanto, las malas decisiones del presidente en materia económica -que van desde la cancelación del NAIM, la construcción de la refinería de Dos Bocas, el aeropuerto de Santa Lucía y el Tren Maya, entre otras-, seguirán deteriorando tanto la imagen de México en el exterior, como las finanzas públicas en lo interior.

La peor parte quizás es que las siempre tardías grandes casas calificadoras de riesgo crediticio -Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch-, no basarán su nota del país en función de lo que diga el presidente, sino en sus acciones. La calificación de México, de hecho, ya ni siquiera debería seguir en el grado de inversión dada la mala racha de las perspectivas para la economía y las finanzas públicas.

En este contexto, la próxima gran crisis económica que se está gestando en el país podría precipitar su llegada, cuando esa degradación de la nota nos alcance. Y lo hará.

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Más allá de simpatías políticas, así es la realidad económica de México, y nos guste o no, el presidente ya decidió no cambiar el rumbo. Tal parece que prefiere distraer la atención con vanas discusiones sobre la (imaginaria) posibilidad de un “golpe de Estado” -como publicó en su Twitter el fin de semana-, y mientras sigamos así, es cuestión de tiempo para que un fatal destino económico nos alcance, y ya no habrá “ahorros” para echar mano de ellos.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel