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La sonrisa que sobrevivió al sismo y se convirtió en una esperanza

Lucía Zamora es una de las sobrevivientes que fue rescatada de los escombros del edificio de Álvaro Obregón 286, tras el sismo. Su sonrisa al ser rescatada se convirtió en esperanza.

03-10-2017, 6:43:34 AM

Foto y video: Arturo Luna. 

Ella siempre había querido escribir su historia, pero no sabía que ese día encontraría un motivo. La mañana del 19 de septiembre de 2017 no parecía ser el momento adecuado para que Lucía Zamora Rivera encontrara la chispa de inspiración para poder redactar. Lo único que deseaba era solucionar un cobro indebido en su tarjeta de crédito.

La publirrelacionista y productora de contenidos inició su día en una sucursal bancaria en la Ciudad de México, pero nadie le advirtió que acabaría luchando por su vida más tarde.

Lucía Zamora Rivera es una joven profesionista de 36 años. El sismo del 19 de septiembre de 2017 redujo a escombros el edificio Álvaro Obregón 286, en donde se encontraba y ahí permaneció bajo los pedazos de la edificación durante más de 30 horas. Ella es una de las sobrevivientes del terremoto que arrodilló algunas de las edificaciones de la capital del país, Morelos y Puebla.

El sismo de 7.1 grados cambió su vida y la convirtió en una de las sobrevivientes que, con una sonrisa tras ser salvada, se convirtió en un símbolo de esperanza durante las jornadas de rescate en México.

“Desde antes del 19 de septiembre yo quería contar mi historia y, ahora, tengo una razón muy fuerte para contarla. Quiero escribir mi historia”, dice Lucía

A dos semanas del sismo, Lucía Zamora Rivera relata el día en que volvió a nacer y encontró un motivo para escribir su historia.

Lucía Zamora es la sobreviviente del sismo.

Instagram de Astrid Amaya.

El simulacro

México conmemoraba 32 años del fatal sismo de 1985. Un año más se cumplía el 19 de septiembre.

Lucía Zamora nació el 22 de mayo de 1981 en Estado de México. Ella cree que esta fecha es la de su primer cumpleaños, mientras que su segunda fecha de nacimiento es el 20 de septiembre de 2017, el día que renació de los escombros del sismo.

El día transcurría en el banco cuando a las 11 horas escuchó una alerta alrededor.  El miedo acudió a Lucía por el temor de un sismo, pero un usuario del banco que se encontraba a su lado disipó el estremecimiento con tres palabras: “es un simulacro”.

La joven se dedica a las Relaciones Públicas y ha trabajado en varias agencias de comunicación corporativa, con énfasis en temas de tecnología. Asimismo, trabajó en una firma tecnológica en el área de Marketing Digital.

Lucía fundó su propia empresa, la cual se especializa a la generación de contenido y capacitación en Storytelling.

Los días de Lucía inician con la revisión de pendientes.  “Lo que me gusta de mi trabajo es que ninguno es igual”.

Los miembros de la empresa de Lucía se desempeñan como profesionistas independientes, hecho que le permite la libertad de trabajar desde diversos espacios.

Una rutina de entre 4 y 5 horas de trabajo seguido son la meta diaria de la mexiquense, mientras que en las tardes disfruta de acudir a clases de yoga, así como a círculos de lectura y escritura.

Por la tarde, ya casi de noche, Lucía planeaba enfilar sus pasos hacia el sur de la colonia Roma para atender un par de citas.  Así que decidió acudir al espacio de coworking en Álvaro Obregón 286.

“Recuerdo un poco, como en cámara lenta, las últimas cosas que hice”, dice Zamora.

Una compañera de espacio de trabajo se acercó a Lucía para decirle que se veía pequeña con los tenis que portaba. Así fue como siguió trabajando después de saludar.

Lucía publicó un post en Facebook en donde solicitaba ayuda de sus amigos en la red social para saber qué servicio era el adecuado para cobrar los cursos que impartía en línea. Eran las 13:14 con 40 segundos. “Al poco tiempo, yo ya estaba parada buscando a donde irme por el temblor”.

El desplome

Lucía se encontraba cerca de la recepción, espacio a lado de las escaleras del edificio. Isaac, un compañero en el lugar, los condujo a la escalera de servicio y el instinto fue acudir a donde la gente se dirigía.

Los vidrios se cimbraban y los libros comenzaban a caer sobre las personas en aquél espacio de la colonia Roma. “Se me dificultó caminar para acelerar el paso, y no llegue a la mitad del camino cuando vi la loza desplomarse y yo me cubría la cabeza”, recuerda.

Segundos después, Zamora Rivera se encontraba cubierta de escombros y descubrió que el techo se encontraba a tan solo 15 centímetros de su rostro.

Una profunda oscuridad conquistó el espacio entre el polvo y una construcción reducida a escombros. El teléfono en la mano se convertía en una herramienta para vencer el miedo, aunque la señal del equipo no permitía más que una luz.

Los gritos se apoderaron de la noche inducida tras el sismo y el dolor era una constante que penetraba los oídos de los sobrevivientes. Como en el naufragio de un barco, el ruido de las voces de auxilio se propagaba antes de llegar el silencio en un mar revuelto de escombros.

“Escuchaba sollozos. Y poco a poco, lamentablemente, esas voces se fueron apagando”, relata.

El celular se convirtió en una lampara para ubicar el punto en que se encontraban los sobrevivientes.

“Dosificábamos la pila”, dice.

Lucía Isabel siempre estuvo despierta, ya que ningún objeto la golpeó y la hizo perder el conocimiento.

“Es horrible lo que pasa allá dentro, pero sí estás acompañado hay momentos en los que uno tiene más fuerza que el otro y hacemos un buen equipo”, asegura.

Raspones en los brazos y las manos con rasguños son parte de las cicatrices físicas que se convierten en huellas de la memoria de una sobreviviente.

Cristales y escombros se unían en el suelo y una cama nacía para la incomodidad de su ocupante.

Los gritos de Lucía y de Isaac se propagaron por el piso en la búsqueda de una respuesta. Ahí apareció la voz de una sobreviviente desconocida hasta aquel momento. Su nombre era Paulina.

Paulina había caído del cuarto piso al tercero. “De ella fue la única voz que quedó”, dice.

Pláticas cotidianas se convirtieron en un antídoto contra la desesperación. La charla sobre el desayuno de ese día, rezos, descripciones de familia y periodos de silencio ocuparon las horas.

Paulina, Isaac y Lucía se ponían de acuerdo para que, llegado el momento, gritaran los tres al unísono para pedir ayuda.

El hambre, la sed y el sueño fueron anestesiados en la percepción de los sobrevivientes. La fe era el único alimento y la espera una pesadilla por soportar.

“Yo no sabía qué había afuera ni siquiera si todo el edificio se había desplomado o solo mi piso. No sabía cómo iba a ser repartida la ayuda en la Ciudad de México, porque no sabía lo que había pasado”, dice.

Lucía es católica. Ella pensaba en sus padres y les decía que aún no era el tiempo para reunirse en otra vida con ellos.

Lucía tiene una hermana de 39 años y un sobrino de 9 años, los cuales representan el núcleo familiar de la joven publirrelacionista.

“La angustia, pero también mi fuerza, siempre fueron mi hermana, mi cuñado y mi sobrino”, recuerda.

El 19 de septiembre, los cuerpos de rescate y los voluntarios llenaban de ruido la zona siniestrada. Sin embargo, Lucía y sus dos acompañantes solo escucharon que siguieron de largo en su búsqueda.

Fue hasta el día siguiente de los fatales hechos, cuando la maquinaría se hizo presente alrededor del grupo de sobrevivientes. La esperanza renació, pero el miedo también, ya que la loza se encontraba a pocos centímetros del rostro de Zamora.

El rescate

A las 16 horas del 20 de septiembre, alguien respondió a las suplicas de ayuda. Cuatro horas después, Paulina fue la primera sobreviviente en ser rescatada.

“Lucía, ya te conocemos. Vimos tu identificación y tienes una sonrisa hermosa”, parafrasea Lucía las voces de quienes la rescataron.

Un boquete se abrió y un rayo de luz interrumpió la oscuridad. Lucía no olvidará jamás el momento en que una botella con agua llegó hasta sus manos y su contenido acarició sus labios.

Al salir de los escombros, la gente gritaba su nombre y celebraba su victoria frente a cualquier destino fatal. “Volví a la vida con mucho ánimo y con una sonrisa”.

El aire y la lluvia tocaban la piel de Lucía. La experiencia de vida era total.

La sobreviviente de la Av. Álvaro Obregón 286 no quiere mirar su vida en el largo plazo, sino en el corto. Cada día es una nueva experiencia y sabe que el sismo le regaló mucho y le quito otro tanto.

A dos semanas del sismo, han sido recuperados 47 cuerpos y se mantiene la búsqueda de otros dos, mientras que, en Ciudad de México, se contemplan, hasta el momento, 221 víctimas fatales (136 mujeres y 85 hombres).

Hoy, ha regresado al Estado de México, la misma entidad en donde vivió su niñez. De forma momentánea ha dejado su lugar de residencia en la colonia Roma, para vivir su segunda infancia a lado de su hermana, cuñado y sobrino.

La joven recibe dulces, flores y otros obsequios en su nueva etapa de vida. Toma llamadas todo el tiempo y conversa sobre la experiencia que vivió debajo de gigantes que se desmoronaron la tarde del sismo.

Lucía Zamora está lista para escribir y convertir en memoria el día que México se volvió a estremecer. “Este temblor a todos nos tocó de alguna forma. Generó un derrumbe en todos y todos tenemos que reconstruirnos y sacar de los escombros eso que quedó oculto… Nadie puede ser la misma persona después del 19 de septiembre”.

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