Fundación Rockefeller regresa a América Latina para promover inversiones en filantropía: busca colaboradores

Movilizar el 1% de la riqueza de los ultrarricos en América Latina generaría más de 5,000 mdd al año para causas sociales, estima la Fundación Rockefeller.
Movilizar apenas el 1% de la riqueza de los ultrarricos en América Latina y el Caribe podría generar más de 5,000 millones de dólares (mdd) anuales para causas sociales, según calcula la Fundación Rockefeller. La cifra cobra relevancia en una región donde la cooperación internacional se ha reducido y los gobiernos operan con márgenes fiscales estrechos. Ante este escenario, la organización regresó en 2025 a Latinoamérica, tras dos décadas de ausencia, con una oficina regional en Colombia, buscando colaboradores para impulsar iniciativas locales de filantropía.
Según comentó en entrevista exclusiva con ALTO NIVEL Lyana Latorre, vicepresidenta de la Fundación Rockefeller para América Latina y el Caribe, este momento exige menos dispersión y más enfoque estratégico.
Que esta inversión se materialice requiere estructuras transparentes, medición rigurosa de impacto, colaboración real entre actores y comunidades involucradas como socias”,
comenta Latorre.
La Fundación, establecida en 1913 por el magnate petrolero John D. Rockefeller, llegó por primera vez a América Latina en la década de 1930, con proyectos enfocados en salud pública, agricultura y educación superior. Aunque su oficina regional cerró a principios de los años 2000, la organización continuó financiando iniciativas en países como México, Brasil, Colombia y varias economías del Caribe. Su regreso fue anunciado en agosto del 2024, con miras a invertir 1,000 mdd en iniciativas vinculadas a la transición climática, resiliencia económica y desarrollo sostenible rumbo al 2030.
En los últimos años, América Latina ha registrado un repliegue sostenido de la ayuda internacional, acentuada por el repliegue de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en julio del 2025 durante la administración de Donald Trump, además de un entorno económico de bajo crecimiento en medio de una guerra arancelaria. Ese contexto ha obligado a replantear el papel de la filantropía.
De la caridad a la inversión social
Mientras que en economías desarrolladas, como Estados Unidos, las donaciones privadas alcanzan hasta 1.5% del PIB, en América Latina se ubican entre 0.2% y 0.3%.
A principios del 2024, la región concentraba cerca de 98,000 millonarios, cuyas fortunas crecieron más rápido que la economía de la región desde el año 2000. Esto sugiere que existen las condiciones para ampliar la movilización de recursos privados.
Tenemos que empezar a hablar de filantropía como inversión. No como un acto puntual, sino como una intervención que transforma sistemas”,
explica Latorre.
Para la Fundación Rockefeller, los problemas estructurales no se resuelven con intervenciones pequeñas y dispersas, lógica en que suele operar la caridad, entendida como una ayuda puntual destinada a atender una necesidad inmediata; generalmente sin modificar las estructuras que la originan.
En la región tendemos a asociar caridad con filantropía, pero son cosas muy distintas. La caridad es un acto puntual; la filantropía es una intervención sistémica, donde las partes son socias y no benefactor y beneficiario”,
destaca Latorre.
Aún así, la experta puntualizó que la caridad no es negativa en sí misma y que ambos enfoques pueden coexistir, pues cumplen funciones distintas. Latorre considera que el modelo Rockefeller responde a una “filantropía pura y dura”, centrada en intervenciones que modifican estructuras en vez de calmar síntomas.
En la práctica, explica Latorre, el enfoque de la Fundación no es el de una institución que propone transformaciones “desde arriba”. En cambio, buscan que las personas sean protagonistas de su propia transformación para ayudar desde ahí. “Cuando la comunidad se convierte en socia y no en beneficiaria, el proyecto deja de depender del donante”, comenta.
Buscamos organizaciones y gobiernos que ya estén trabajando en el tema. Evaluamos si existe liderazgo local, capacidad técnica y voluntad de escalar. Si no hay una base previa, no intervenimos”,
explica.
Este enfoque implica financiar proyectos con base territorial, conocimiento acumulado y liderazgo comunitario, bajo un esquema que fortalece las capacidades ya existentes sin sustituir al Estado ni a organizaciones locales.
La problemática puede ser global, pero la solución es local. Si no hay un componente local fuerte, el proyecto no funciona”,
sostiene Latorre.
La líder también señala que la Fundación Rockefeller es apolítica y neutral, pues a lo largo de más de un siglo de historia, ha colaborado con distintos gobiernos, para complementar su capacidad de acción.
Confianza, un activo escaso y estratégico para las organizaciones
Sin embargo, la capacidad financiera no se traduce siempre en acción, pues se necesita incrementar la confianza en las organizaciones benéficas. Según calcula Fundación Rockefeller, solo el 27% de los latinoamericanos confían en las instituciones, lo que limita la movilización de recursos con miras a largo plazo.
Para que ese 1% se movilice tiene que haber confianza detrás. Confiar en quién ejecuta, en cómo se usan los recursos y en que el impacto será medible”, .
afirma Latorre
Sin ese componente, la filantropía difícilmente escala, pues los donantes requieren transparencia para otorgar recursos multianuales. Por otro lado, las instituciones que reciben los recursos necesitan demostrar claridad en metas y métricas para sostener los proyectos a futuro.
Filantropía basada en datos y evidencia
A lo largo de sus 113 años, la fundación ha privilegiado intervenciones sustentadas en investigación aplicada y alianzas con universidades y centros técnicos. “El tema científico, el uso de datos y la innovación son variables que nos rigen. Las decisiones no se toman desde la intuición, sino desde la evidencia”, declara la experta.
A mediados del siglo XX, por ejemplo, la fundación destinó recursos significativos a la investigación agrícola en México, lo que más tarde derivaría en la llamada Revolución Verde. La creación del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) no fue un programa asistencial, sino una apuesta científica que modificó la productividad agrícola a escala global. Dicha intervención combinó investigación científica, transferencia tecnológica y formación de capital humano, de acuerdo con Latorre.
La fundación también financió campañas contra enfermedades como la malaria y apoyó la creación de escuelas de salud pública en distintos países. La intervención incluyó investigación, formación médica y fortalecimiento institucional.
Cuando uno regresa 60 años después y ve que esas instituciones siguen funcionando, entiende que la apuesta era sistémica”,
señala Latorre.
El 1% de la riqueza privada representa un volumen de recursos capaz de alterar la escala de intervención social en la región. Convertirlo en impacto depende de estructuras confiables, financiamiento multianual y métricas claras. Bajo esa lógica, la filantropía opera como capital estratégico orientado a transformar sistemas completos.
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