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¿Por qué está amenazada la solidaridad de los mexicanos?

Las imágenes de mexicanos apoyando fueron bellas postales de los últimos días, pero ¿por qué será solo un fenómeno pasajero?

04-10-2017, 2:00:40 PM
ayuda sismo

De los pocos, muy pocos, aspectos positivos de los brutales sismos registrados el 19 de septiembre (1985 y 2017) fue la impresionante solidaridad mostrada por los mexicanos. Si no fuese por el trágico costo humano (aparte del material), uno casi desearía una repetición frecuente de esa clase de eventos, que muchas veces muestra lo mejor que puede tener un grupo de personas viviendo en sociedad. Simplemente, muchos entregando lo mejor de sí mismos a completos extraños.

Por supuesto, en 1985 se habló de lo deseable que sería mantener esa fuerza, entrega y espíritu colectivo. No tardó mucho en desaparecer. Ocurrirá lo mismo en esta ocasión, y quizá más pronto. No hay que hacerse ilusiones: en estos 32 años, México se ha transformado de manera radical, en muchos casos en forma irreconocible. Pero no todo ha sido para mejorar, y como sociedad lo que se ha experimentado es un brutal deterioro. Esa degradación impedirá, todavía más, que permanezca la solidaridad que siguió al sismo.

La gran diferencia, en una palabra: crimen

El Distrito Federal de 1985 (así llamado entonces) era una ciudad muy segura. Los problemas eran pavorosos, pero de corte económico: una economía en recesión y una inflación de tres dígitos. El presidente Miguel de la Madrid había heredado un desastre, y sobre todo una deuda pública astronómica, que estaba administrando, todavía buscando soluciones en un modelo de “economía mixta”.

Pero el nivel de criminalidad era bajo. ¿Extorsiones a negocios? Algo por completo impensado. ¿Asaltos en la calle? Por supuesto ocurrían, pero no de forma abierta, a plena luz del día y con un nivel de impunidad impactante. ¿Secuestros? Evidentemente, pero eran una relativa rareza. La figura de “secuestro express” simplemente no existía. ¿Desaparecidos? Esa palabra evocaba a guerrilla (ya entonces extinta). ¿Desplazados por la violencia? No había. Las actividades del narcotráfico no era algo que estuviera presente en todas las esferas de la sociedad, muchos menos sus consecuencias. En otras palabras: en 1985 no se salía a la calle con miedo. El DF no era una ciudad en que el crimen era algo tan normal que sólo lo inusual llega a los medios de comunicación.

La Ciudad de México (vaya circo para cambiar un nombre) de 2017 tiene toda esa violencia y más. No puede esperarse que esas personas que en días recientes abrieron sus casas a extraños, regalaron lo que estaba en su mano, se hermanaron con otros mientras movían escombros, lloraron de alegría o tristeza al sacar de entre las ruinas a un vivo o a un muerto, sigan haciéndolo. Porque los mexicanos no son ingenuos. Si hubo quienes asaltaron a quienes llevaban ayuda a otros (y los hubo), igualmente estarán a la caza de toda oportunidad, y de toda ingenua bondad. La oportunidad hace al ladrón, simplemente.

Los nacionalismos distorsionan muchas veces la realidad. El mexicano no es excepción. No es excepcionalmente solidario o entregado, no tiene un sentido de pertenencia a la comunidad tan fuerte (como es el caso de ciertas culturas asiáticas). Más bien tiene un individualismo egoísta, imitador del estadounidense. Ante la desgracia saca la casta, pero tampoco más que aquellos nacidos en otras tierras.

Tampoco es tonto. Y el simple sentido común que se transmite una y otra vez estará de regreso: no se da información a extraños, no se les abre la puerta, y de ser posible ni se les contesta el teléfono. Detrás de todo ser ajeno hay un posible ladrón, extorsionador o secuestrador. No se espera nada bueno a cambio de nada. Los días post-sismo fueron impresionantes excepciones. Dos semanas más tarde, la realidad cotidiana regresa, con toda su negrura. Y para los mexicanos que dicen que la violencia actual en México es “normal” casi se puede decir con certeza que nacieron después de 1985.

Gobiernos muy diferentes

Una diferencia muy positiva, por otra parte, ha sido la reacción gubernamental, ciertamente a nivel federal. El gobierno de Miguel de la Madrid no tuvo esa velocidad ante el desastre. Al contrario, parecía por completo pasmado. El propio Presidente tardó en dar un mensaje a la nación. Con ese nacionalismo ramplón que imperaba en aquellos tiempos, se rechazó ayuda internacional. Los ciudadanos, como ocurriría en 2017, inundaron las calles, pero mientras había un vacío gubernamental.

Ciertamente, era otro México, el dominado por el PRI. Difícil de concebir hoy, pero no había un solo gobernador o senador de la oposición, y el tricolor tenía una mayoría aplastante en la Cámara de Diputados. Eran los tiempos en que el PRI ganaba, pero en caso contrario arrebataba. Un régimen autoritario teme, o en todo caso no sabe reaccionar ante, la acción ciudadana, organizada o espontánea. Fue el caso en 1985.

La actitud autoritaria permanece hoy, con ciertos líderes políticos erigiéndose en salvadores de su pueblo. Quizá el mejor ejemplo sea el Gobernador de Morelos, que pensó que la ayuda que se enviaba a su entidad era para que su administración la acaparara y controlara. Una ambición que eliminó las de por sí escuálidas posibilidades que Graco Ramírez tenía de alcanzar la presidencia. Por su parte, Miguel Ángel Mancera también reaccionó a su estilo, buscando subsanar sobre el papel (con comisiones y leyes) lo que no quiso o puede ofrecer.

La emergencia también mostró la irritación social con una democracia que deja mucho que desear, pero cuesta miles de millones de pesos. Poco han ofrecido los partidos políticos. Andrés Manuel López Obrador también mantuvo su patrón habitual de conducta. Parte del dinero que el INE entregará a Morena para su campaña será canalizado a un Fideicomiso, que será controlado por el propio tabasqueño y un grupo de sus partidarios (presentados como “intelectuales independientes”).

En ello no hay una gran diferencia entre 1985 y 2017: la sociedad mexicana está muy por delante de los políticos que la gobiernan o aspiran hacerlo. Esa solidaridad, espontaneidad, generosidad, quizá sea temporal, pero es real. Entre la clase política en general (fuera de notables excepciones) brilló, una vez más, la defensa de los privilegios y la pichicatería con los recursos que la propia sociedad les entrega. En ello no hay avance alguno. Con respecto a la sociedad, el crimen ha implicado un brutal retroceso que no permite ser optimista sobre el futuro.

El autor es doctor en Economía (Essex), economista (ITAM) y comunicólogo (UNAM). Profesor, Escuela de Negocios del ITESO, Investigador Asociado CEEY. Trabajó en el FMI.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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