Responsabilidad Social

Por qué es tan importante evitar el uso del popote

La guerra contra los popotes ha sido declarada a nivel mundial, pero el popote no debe entenderse como el enemigo, sino como el símbolo de una nueva cultura ambiental.

19-07-2018, 10:10:24 AM
sin-popote popotes

Y esta es la razón por la que no necesitamos popotes de plástico”, dice la bióloga marina Christine Figgener mientras retira, junto con miembros de su equipo, un popote de la nariz de una tortuga.

Después de ocho minutos de forcejeo registrados en video en las playas de Costa Rica, de millones de reproducciones y de tres años en los que este clip ha dado la vuelta al mundo, el movimiento antipopotes ha tomado fuerza en todo el planeta.

El ser humano, que es animal de imágenes, de íconos y de símbolos, no tardó en tomar esta bandera contra el drama que genera todos los días la propia especie. Encontró una víctima perfecta: un espécimen que, aunque prehistórico, vive amenazado por la imprudencia de quienes contaminan las playas, y un enemigo común que hoy reúne más odios que Trump: el popote.

“En realidad, esta campaña antipopotes comenzó en 2011 en Estados Unidos”, corrige María Fe Altamirano, maestra en Ciencias en Ingeniería Ambiental. “La inició un niño de 9 años que salió a la calle a pedir a los restauranteros que no proporcionaran en automático los popotes si la gente no los solicitaba”.

Be Straw Free Campaign” fue el nombre de este movimiento iniciado por el pequeño Milo Cress, quien seguramente no pensó que su propuesta tuviera eco no sólo en buena parte del territorio estadounidense, sino también en Reino Unido y otros países europeos.

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Milo Cress, creador de Be Straw Free Campaign

Expertos en el tema ambiental, como Altamirano, quien es una de las fundadoras de Ingeniería Ambiental-México –una página de Facebook que se dedica a difundir la importancia del cuidado del medio ambiente–; David González, oficial de proyecto en la Unidad de Soporte Técnico sobre Valores del IPBES, de la ONU; Miguel Rivas, campañista de Océanos de Greenpeace, y Sergio Dondisch, director general de WaterStation, hacen una reflexión sobre esta campaña desde diferentes trincheras y delinean el camino que debería seguir.

El propósito

Desde Morelia, María Altamirano habla con la voz joven que hace pensar en la generación que ha hecho virales las campañas proambientales de este tipo.

“Este movimiento ha tenido tres objetivos fundamentales, que se han cumplido de manera parcial”, explica.

El primero, dice, es informar sobre el golpe ambiental asociado a este tipo de artículos. Para Altamirano, el impacto de los popotes es mayor por la corta vida útil que tienen –30 minutos en promedio–.

“El segundo objetivo ha sido inspirar a la sociedad en general y lograr el compromiso de otros actores, principalmente de la industria restaurantes, que ha sido hasta el momento la que se ha sumado en mayor medida”, amplía.

Finalmente, para la experta, también se trata de involucrar a más sectores estratégicos, como la industria, los fabricantes, y los actores políticos.

El movimiento contra los popotes también es parte de un cambio de paradigma de lo que se creía  sustentable, al pasar de las 3 R (reducir, reusar y reciclar), a agregar una R más al principio, y quizá de mayor importancia: rechazar.

popotes

Se calcula que un solo popote puede llegar a degradarse en un tiempo de 100 años, pero dependiendo del material del que está compuesto, esta cifra se podría extender hasta 500 años.

Sin embargo, la contaminación de playas y océanos, factor que le ha dado fuerza al movimiento, fue estudiada en un reporte que entregó Ocean Conservancy, y que recupera la misma página que dirige Altamirano.

El estudio reveló que, tras un arduo ejercicio de limpieza, el principal contaminante fue, por mucho, las colillas de cigarro, seguido de envoltura de alimentos, botellas de plástico y taparroscas. Muy abajo en las cifras aparecen los popotes y agitadores.

Los plásticos, eso sí, dominan el conteo. La pregunta que brota es si el enemigo elegido (los popotes) es el adecuado.

Símbolo y estrategia

Miguel Rivas, de Greenpeace México, empieza con una nueva corrección.

“El movimiento contra los popotes nace de una serie de reportes que se han hecho en Naciones Unidas, publicaciones científicas y otros organismos que han demostrado el exceso de contaminación plástica en los océanos. Por el año 2000, las campañas llamadas zero waste ya buscaban que se produjera la menor cantidad de basura posible”, dice.

Para Rivas, que estima en un 1% la contaminación real que los popotes representan en los océanos, esta pugna se trata más bien de un símbolo.

“Se habla mucho de la campaña porque incluso Semarnat la ha apoyado, pero nosotros vemos muchos plásticos de un solo uso que nos gustaría ver que quedan de alguna forma prohibidos o eliminados: los cubiertos, platos y vasos de plástico o de unicel, las bolsas del supermercado, entre otros”, enfatiza Rivas.

Los popotes juegan un papel que no es tan determinante cuando se analizan las cifras que comparte Greenpeace: se estima que 8 millones de toneladas de plástico llegan a los océanos cada año y estudios más recientes podrían hablar de hasta 13 millones de toneladas. Los popotes, por supuesto, no ocupan un lugar protagónico, pero sí los plásticos de un solo uso.

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El doctor en Ciencias Biológicas por la UNAM reconoce que no hay una fórmula mágica, pero que, en el caso de Greenpeace, existe una estrategia que pasa por tres ejes esenciales.

El primero, dice, es el eje personal, en el que los ciudadanos pueden elegir a consciencia evitar los plásticos de un solo uso, como las bolsas del supermercado.

“Tiene que haber, en segundo lugar, un compromiso de las grandes corporaciones, como las refresqueras o las empresas que producen jabones o detergentes, para ofrecernos alternativas: como envases que se puedan rellenar u otras opciones para los clientes”.

Finalmente, Rivas aboga por una legislación en la que se hable de una ley de responsabilidad extendida, que haga responsables a las empresas de la basura que producen.

La industria

“Quizá el éxito de la campaña se deba a que los fabricantes de popotes no tienen tanto poder en la cadena de distribución, y han quedado un poco al margen de lo que ellos manejan”, dice Sergio Dondisch, fundador y director de WaterStation, una compañía dedicada a la instalación de filtros de agua con tecnología de punta.

Leer: Prohibir los popotes no es la solución, dice industria del plástico

Dondisch coincide con los demás especialistas en que hablar de una guerra contra los popotes es estéril si no se piensa este movimiento como el inicio o el símbolo de algo más grande.

“Lo que es interesante es verlo como un ejemplo claro de cómo un producto que se pensaba indispensable hace un año, hoy nos provoca un cambio de comportamiento: estamos generando cambios como sociedad”, dice Dondisch.

No hay punto de comparación entre la contaminación que provoca el popote si se analiza el grado de desperdicio de botellas de plástico que sucede en el país que más agua embotellada consume en el mundo.

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Aquí es donde el popote regresa a sus orígenes pero marca un contraste: es insignificante pero puede ser el comienzo de una campaña potente.

La crisis de los plásticos, pese a la crueldad de las imágenes que muestran tortugas asfixiadas, peces atrapados por guantes desechables y pingüinos viviendo en islas de basura plástica, podría estar en un momento adecuado para revirar el panorama.

“El problema que tenemos es de 50 años para acá, que es una cantidad de años irrelevante para la historia del ser humano: en 1984, se producían globalmente 14 millones de toneladas de plástico; para 2014, estamos produciendo 311 millones de toneladas”, contrasta.

De acuerdo con Dondisch, la labor principal de la industria consiste en encontrar alternativas viables y económicas que, como mercado, se puedan utilizar para sustituir los productos plásticos.

“Nosotros, por medio de uso de purificadores de agua, damos una alternativa para no usar botellas de agua. Es el primer paso, pero después se necesitan más movimientos sociales y gubernamentales para generar realmente un cambio significativo”, advierte el especialista.

Leer: El problema de los plásticos en México y el futuro del reciclaje

De no aprovechar el momento, la penetración de esta toma de consciencia y de que incluso algunas instituciones, como Semarnat, se han unido a la campaña, entonces se podría anticipar que todo quedará en el anecdotario de virales pasajeros, como aquella vez que el mundo se unió para pelear contra los popotes.

Los efectos del plástico

La región Asia Pacífico es una de las más saturadas de plástico en todo el mundo: 8 de los 10 ríos que llevan la mayor cantidad de residuos plásticos se encuentran en ese punto geográfico.

El dato lo comparte David González, quien trabaja para la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos de la ONU. Y remata con crudeza: “el 95% de la contaminación de los océanos proviene de los plásticos”.

¿Qué significa este problema, además de la amenaza a la vida marina –principalmente cuando se habla de corales y manglares–? Es un riesgo claro, responde González, a la vida humana.

“No sólo tiene que ver con plásticos como el popote, sino también con microplásticos, que son residuos que miden menos de 5 milímetros, los cuales pueden estar en productos cosméticos, partes de envolturas o de envases que consumimos constantemente”, explica el experto.

Estos residuos casi imperceptibles a la vista son los que se van con mayor facilidad al drenaje, llegan a los ríos, lagos y mares, en donde los animales se alimentan involuntariamente de ellos.

tortuga microplásticos popotes

Tortuga marina que consumió desechos plásticos en el mar. En la foto se observa un pedazo de globo.

Los microplásticos comienzan así su cambio por las cadenas tróficas (es decir, la transferencia de sustancias que sucede a través de una cadena alimenticia: pez grande come pez chico y todo lo que viene con él), hasta llegar al organismo humano.

“Nosotros nos alimentamos de esas mismas especies, que por transferencia recibieron plásticos a través de su alimentación”, ilustra el experto.

Así, la consecuencia más grave de desechar el plástico hacia las corrientes de ríos o mares es la posibilidad de que regrese a uno mismo por medio de los alimentos.

“Estamos destruyendo ecosistemas que proveen de alimentos sanos a los humanos”, lamenta el especialista.

En cuanto al tema del popote, el experto lo explica como un mensaje sencillo: es fácil decirle no a un popote.

Sin embargo, también da por hecho que se trata no sólo de satanizar un producto porque sí, sino de la dinámica de consciencia que se crea con esta campaña.

González da por descontado que hay una reflexión de las personas que no pasa por el uso del popote, sino de los plásticos de un solo uso. Y es ahí en donde el movimiento antipopote pone demasiado en juego: dio en sacrificio un producto y tomó como obvio una toma de consciencia por la que no sólo pasa el usuario común, sino diferentes actores que son parte de problemas y soluciones: industrias, gobiernos, organizaciones no gubernamentales, instituciones añejas, paradigmas de educación y de cultura, y un largo y peligroso etcétera.

Una nueva cultura sin popote ni plástico

Hoy los supermercados, igual que todos los días, entregaron los productos a sus clientes en bolsas de plástico.

Hoy los hoteles y resorts, igual que todos los días, ofrecieron a sus usuarios botellitas de shampoo y pequeños jabones de tocador.

Hoy las zapaterías, librerías y papelerías, igual que todos los días, entregaron a sus clientes una bolsa de plástico para guardar lo que ya estaba empaquetado.

Hoy el restaurante de la esquina, igual que todos los días, entregó la cuenta acompañada de una bolsita de dulces.

Hoy un montón de oficinistas, igual que todos los días, fueron a la tienda más cercana para alimentar esa cifra que dice que en México se consumen 90 millones de botellas de PET al año.

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“Vemos que la iniciativa del popote se ha institucionalizado, a través de la Semarnat, lo cual es interesante, pero sería más interesante ver que este órgano de gobierno, en la medida de sus capacidades como entidad regulatoria, se involucrara para atender el problema de los plásticos, no para hacer eco de una campaña que la sociedad civil lleva de forma exitosa”, comenta González.

Y sí, diversas respuestas a la campaña antipopotes van más ligadas con la autosatisfacción que con encontrar una solución o una alternativa a los problemas que no nacen ni terminan con el popote, sino que vienen representadas por este producto.

María Altamirano recuerda que hubo una época en la que se utilizaron botellas de PET biodegradable, sin embargo, la cantidad de residuos que terminaba en los mares no disminuyó.

“Más que dejarle la responsabilidad al medio ambiente de degradar y reincorporar los elementos a los ciclos biológicos, se trata de tomar consciencia y educación ambiental, a la par de las medidas necesarias de los reguladores”, explica la investigadora.

Para las empresas también se trata de la implementación de una nueva cultura.

“Esto debe ser una oportunidad para las instituciones privadas para insertar políticas de responsabilidad social corporativa: hoy es importante tener una buena imagen e insertarse en los contextos sociales. Si las empresas empiezan por ofrecer opciones a los consumidores para no usar plásticos de un solo uso, se podrían ver beneficiados en este sentido”, sugiere González.

La gran prueba será que esto no quede en una confusión: que no se haya creado, con el popote, un responsable y enemigo con el que se piense que se puede eliminar al mayor contaminante del mundo, sino de entenderlo como un símbolo de una nueva cultura ambiental.

Hace unas cuantas semanas falleció Koko, la gorila que logró dominar el lenguaje de señas. Su mensaje fue lapidario: “reparen Tierra, ayuden Tierra, dense prisa; la naturaleza está observando”. Buena parte de esa cultura ambiental tan necesaria viene de ahí: se trata de entender al planeta.

Koko

Koko, la gorila

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