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Trazando la Costa Vasca

Desde Biarritz hasta Lekeitio, la costa del Cantábrico posee una belleza particular, donde la afición por el buen vivir es celebrada todos los días.

17-09-2012, 9:32:11 AM

Nunca fui muy aficionado al ciclismo, ni a practicarlo ni a
verlo por televisión; pero no me perdía el Tour de Francia, que se ha celebrado
anualmente desde 1903 (solo interrumpido por la I y II Guerra Mundial).

Sigo sin saber por qué. Cada año, en julio, buscaba la
transmisión. Mis favoritas eran las etapas de montaña. Poco a poco fui
dejándolo y ya lo había olvidado. Hasta hoy.

La línea de la frontera entre España y Francia es tan
delgada que no se siente cruzar de un país a otro. En un automóvil rentado he
recorrido un gran tramo de la Autopista del Cantábrico AP-8 y ahora se ha
enlazado con la Autorute A63. Si el coche fuera un pincel estaríamos trazando,
desde el lado francés, la costa vasca.

Es difícil manejar en un país diferente, hay tantas normas
de vialidad y civismo que los habitantes de la ciudad de México desconocemos.
Las señales, hace un par de minutos, estaban en 
castellano, ahora en francés; no obstante, en ambos lados van
acompañadas por su traducción al euskera, el idioma del País Vasco. Y es que debemos
partir de ello: ni es España ni es Francia, aunque su territorio esté dentro de
estos dos países. No es tan sencillo, pero al mismo tiempo sí lo es.

El País Vasco, o Euskal Herria, haciendo a un lado versiones
oficiales, está compuesto por siete entidades: Gipuzkoa, Nafarroa, Bizkaia y Araba,
en el Estado español; y Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa, en el lado
francés. No entraremos, por lo mismo, en debates sobre nacionalismos ni
identidades. Que baste decir que su independencia social y cultural no solo
existe, sino es palpable en cada pueblo y en cada persona por la originalidad y
creatividad que las distingue.

Mi francés no es mucho mejor que mi euskera, así que me
entrego a la esperanza de poder hacerme entender en castellano con acento
mexicano, que de muchos aprietos me ha sacado.

Bienvenue au Pays Basque

No sé por qué ni en qué contexto, pero ya había escuchado el
nombre de Biarritz.

Lo que no esperaba era toparme con esta hermosa ciudad
balnearia. En la plaza Clemenceau, y bajo la sombra de unos tamarindos de
increíbles formas, observo los jardines descendentes, escalonados; el gran
casino también. Biarritz ya en el siglo XIX era una afamada ciudad veraniega,
donde la más alta aristocracia francesa tenía sus villas de playa. Ahora la
ciudad se ha convertido en la capital europea del surf, y cada verano se
celebra un festival donde las mejores tablas del mundo rompen las olas del
Cantábrico. Aquí no está tan arraigado el uso del euskera.

A solo 18 km de distancia está la siguiente ciudad del
recorrido: Donibane Lohitzune o, como lo conocen los franceses, Saint-Jean de
Luz. Casi todas las ciudades vascas costeras tienen una arraigada tradición
pesquera. Se dice que los marinos vascos de esta ciudad, siguiendo a las
ballenas para cazarlas, llegaron hasta Terranova, Canadá, mucho antes de que
Cristóbal Colón “descubriera” las Américas.

Aquí en Donibane están presentes varios de los elementos
característicos de los vascos: su gastronomía m punta, jai-alai o frontón. Las
estrechas calles de la parte vieja de la ciudad exhiben lamás típica
arquitectura local.

La cercanía con Gipuzkoa, ya en el lado español, hace que en
Hendaia se respire un aire más autónomo que en las dos ciudades anteriores. Se
puede escuchar y leer el euskera en las calles.

Del 10 al 12  de
agosto se lleva a cabo la alegre Euskal Besta (Fiesta Vasca), donde los
pantalones y camisa blancos, y el pañuelo y txapela (boina) rojos, atuendo que
también se usa en los Sanfermines, son obligatorios. Visitamos el recién
estrenado paseo marítimo.

Siendo también un destino veraniego, Hendaia se embellece
para recibir a todos los turistas con un nuevo mirador y un bidegorri, o carril
de bicicleta.

Hendaia playa, zein garbia (la playa de Hendaia, ¡qué
bonita!) canta alegre el grupo de rock vasco Negu Gorriak. La playa local es,
hoy por hoy, la más famosa del País Vasco francés, hasta más que Biarritz.

Tres kilómetros de arena recorridos por el Boulevard de la
Mer y rematada por un casino que ofrece mesas de black-jack, ruleta y máquinas
tragamonedas. Los viernes hay también un club de jazz muy concurrido por los
lugareños.

Es momento de cruzar la frontera que no es. De repente, la
visión de un pequeño convoy de ciclistas trae la sensación de conocer bien la
estampa, el paisaje, los montes contrastando con la playa, el mar de fondo. Ya
sé por qué me gustaba el tour.

 

Recinto estrella. El Palacio de Congresos Kursaal es la sede
del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. 

 

Escape al alcance. La proximidad al mar y a la
naturaleza permite recorrer ciudades y pequeños pueblos en una sola jornada.

 

No pidas tapas, son pintxos

Cuando crucemos el río Bidasoa estaremos en Irun, del lado
vasco-español, y en un poco más de media hora llegamos a Doel nosti, mejor
conocida como San Sebastián, casa de uno de los festivales de cine más
importantes del mundo, y también orgullosa morada de los pintxos más exquisitos
de la gastronomía local.

En el Casco Viejo donostiarra, las barras de los bares se
ven invadidas por platosllenos de pintxos, que no son más que rebanadas de pan con
algo encima. Ese “algo” puede ser desde solomillo (un preciado corte vacuno),
txipirones (un tipo de calamar), txistorra (adivinaron… chistorra) o bacalao
al pil-pil, entre muchas otras opciones.

Debo confesar que desconocía qué era exactamente lo que
comía, los pintxos entraban primero por los ojos y, acto seguido, eran
apresados y engullidos. Ninguno fue una mala elección. Mucho menos cuando estos
se acompañaron de un vino blanco txakoli o un tinto de La Rioja, ambos
productos vascos.

No hay nada mejor para bajar los diez kilos de paraíso
recién adquirido que un paseo por La Concha, famosa playa que dio nombre al premio más importante del
festival de cine que esta ciudad alberga. Vaya, es común que las donostiarras
se bronceen topless.

Por más que quiera seguir viendo –digoc omiendo pintxos,
debo volver a la carretera.

Extensiones de campo gipuzkoano ceden el paso para llegar a
la siguiente parada: Deba.

Los mejores meses para recorrer los pueblos del País Vasco
son julio y agosto: irremediablemente llegarás a alguna localidad que esté
festejando sus fiestas patronales. En Deba están los San Rokes.

Las calles se ven invadidas por cuadrillas  de amigos ataviados con camisas
estrafalarias, también por bandas de txistularis, una combinación de flauta y tambor.
En los pocos, pero animados bares corren ríos y ríos de cerveza y kalimotxo
(mezcla de vino tinto con coca-cola) Y al grito de  ¡Gora Deba! ¡Gora San Roke! (¡viva Deba!,
¡viva San Roque!) soy introducido al conceptode gaupasa.

Hacer gaupasa significa salir y que la fiesta dure hasta la
mañana siguiente. Las fiestas de Sanfermines, en Pamplona, por ejemplo, son las
más asombrosas, ya que los asistentes no paran de festejar por nueve días. Yo
con uno tengo.

La última parada es Bizkaia, la entidad más industrializada
del País Vasco. Hay quien afirma que Lekeitio es el puerto y el pueblo más
bonito de toda la región. No tardo mucho en comprobarlo. En el día de San
Pedro, patrón de los pescadores, se realiza una danza llamada Kaxarranka.

Esta se realiza en un arca levantada por ocho arrantzales o
pescadores, con el mayordomo designado encima, bailando. Las callejuelas y las
plazas, la playa y la basílica de la Asunción de Nuestra Señora, todo toma un
tinte diferente, como si se tratarade un sueño. Les juro que no son
loskalimotxos.

Si se llega de día, recomiendo  esperar a que anochezca y las luces del
barrio pesquero comiencen a prenderse. Los faroles reflejados pintan de dorado
el agua que rodea la isla de San Nicolás.

También hay quien dice que, para conocer mejor al País Vasco
y a su gente, se debe visitar Lekeitio.

Quizá una prueba de esto es que en el ayuntamiento local no
ondea la bandera española, sino la Ikurriña, propia de Euskal Herria. La gente
en las calles hace que uno quiera festejar por el solo hecho de estar aquí.
Pero mi día ha llegado a su fin. Dejo atrás las tres playas y emprendo mi
retirada hacia los jardines del Palacio Zubieta, donde está mi hotel. La vista
desde aquí propicia la reflexión.

Ha terminado mi ruta. Lleno de pintxos, de montes y de
playas; lleno de sonrisas y de abrazos. Si la costa del Cantábrico es uno de
los secretos mejor guardados por los vascos, deberíamos, a fuerza de copas de
txakoli y vasos de kalimotxo, hacer que nos confiesen todos los demás.

 

 Al pie del peñasco. La capilla de San Telmo, en Gipuzkoa,
impresiona por la espectacularidad de sus paisajes.  


Rincón Atemporal. Las fachadas de las casas se distinguen por conservar
viejos estilos de arquitectura.


¿Te gustaría conocer la Costa Vasca? ¿Qué otra región del
mundo despierta tu curiosidad?

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