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México y su volado por la internacionalización

Crecer de forma unificada y limpia o caer en la trampa de la corrupción y el nacionalismo, son cuestiones que afectarán el día a día de los mexicanos.

03-10-2014, 9:00:38 AM

Entre aplausos y felicitaciones, el presidente Enrique Peña Nieto recibió en Nueva York el galardón al Estadista del Año de la prestigiosa Fundación Appeal of Conscience, un premio que se suma a otros reconocimientos menos personales pero más importantes, como la invitación que recibió para participar en la Cumbre del G8 que se celebró en junio de 2013 en Irlanda. Comprender por qué el resto del mundo se interesa tanto por nuestro país implica olvidar por un momento las famosas reformas estructurales y otras situaciones coyunturales para observar, como dicen en Estados Unidos, “the big picture”, es decir, el contexto. No todo comenzó en 1993 con la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN), pero ese tratado fue como la chispa que encendió la mecha de una bomba rellena de comercio internacional y relaciones internacionales donde México ganaba poco a poco mayor peso internacional. Ahora el comercio es el motor de las importaciones y exportaciones mexicanas y representa más del 60% del PIB, lo que lo convierte en el rubro más importante de nuestra economía. Pero la internacionalización no es estática ni permanente. México debe competir todos los días para mantener su comercio internacional al alza, en especial con Estados Unidos, su principal socio, así como su peso político. Y esto sólo será posible si la sociedad comprende que debe esforzarse para poder continuar en el sendero de la internacionalización. La invitación a asistir a una cumbre del G8 es algo que conocen bien los ex presidentes Vicente Fox y Felipe Calderón. México comenzó a ser invitado a esas cumbres desde 2005 con el establecimiento del G8+5, en donde, además del G7 -compuesto por Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Francia, Alemania e Italia- y de Rusia (G8) se incluyó a cinco países emergentes para involucrarlos en la toma de decisiones: China, India, Brasil, Sudáfrica y México.

¿Qué sigue?

Lo que sigue es mirar hacia adelante y comenzar a pavimentar las diferentes ramificaciones del sendero estratégico internacional, en particular la rama latinoamericana, porque de ella depende la integración comercial continental norte-sur, que por sí misma puede posicionar a México como la octava economía del mundo en los próximos 15 años, en línea con proyecciones de consultoras como Price Water Coopers (PWC) y corporaciones financieras como Goldman Sachs. Muchos piensan que México puede asociarse con Estados Unidos y olvidarse de Guatemala o de otros vecinos latinoamericanos. Pero ése es un gran error. El reto para México consiste en integrar de forma exitosa a las economías de la Alianza del Pacífico -Colombia, Perú y Chile, y eventualmente a toda América Central-, con la de Estados Unidos y en menor medida con Canadá, sólo así se generará la necesidad de tener una red de comunicaciones que vaya desde Baja California hasta Chiapas y que no nada más contribuya a desarrollar parques industriales en Mexicali, Chihuahua o Monterrey. El desarrollo de todos los estados, incluidos los del sur, es muy importante para garantizar que México, como país, eleve el nivel de vida de todos sus ciudadanos. También debemos tener en cuenta que aunque la estrategia de crecimiento y desarrollo es muy internacional, no debemos exagerar y avanzar a toda velocidad sin freno ni precaución. Es decir, no es momento de enfocarse en Asia ni en Europa, la prioridad es América. Quizá, después de miles de años de historia, México logrará poblar de forma definitiva su gran desierto. Desde los parques industriales del norte, hasta las inversiones multimillonarias que están recibiendo estados como Durango o San Luis Potosí, el desarrollo del páramo y la pavimentación del sendero mexicano del siglo XXI comienzan a tomar forma. Pero ante un prometedor porvenir, no debemos confiarnos ni caer en triunfalismos egoístas, la estrategia de internacionalización nos vincula a otras naciones independientes, soberanas y diferentes a la nuestra. Esta tendencia es mundial y no está exenta de riesgos. A nuestro favor… somos una nación hospitalaria que acepta las diferencias y las celebra. Mientras logremos ser tolerantes y aprendamos a vivir bajo el imperio de una ley común para todos, mientras sepamos defendernos de la corrupción sistemática, de los monopolios -no sólo de los comerciales, sino también de los ideológicos- triunfaremos. Las universidades, las escuelas e incluso las empresas, aunque sobre todo los mexicanos como personas, debemos protegernos a nosotros mismos de la trampa mortal del nacionalismo y el chovinismo que han golpeado a otras naciones con potencial de éxito en tiempos pasados, así como de la corrupción rampante, porque estos son los enemigos que pueden arruinar la tendencia –que ya no sólo es una moda– de México como país protagonista en el siglo XXI.

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