Opinión

El Primer Debate Presidencial: lo bueno, lo malo y lo feo

El primer debate presidencial tuvo lugar por fin. Quizá el Debate alteró pocos votos, pero puede que haya mostrado al futuro Presidente de México que tendrá la lupa ciudadana encima.

23-04-2018, 12:00:20 PM
Primer debate presidencial

El primer debate presidencial tuvo lugar por fin. No decepcionó, al menos en ciertos aspectos. Quizá no influya en muchos votos, ya decididos, sea por un candidato o para ejercer un “voto útil”, pero no deja de ser importante en un país poco acostumbrado a esta clase de ejercicios a la vez democráticos y mediáticos. Dadas las acartonadas reglas electorales (incluyendo peculiaridades como las “precampañas” en que solo había un candidato sin rival en los partidos políticos), era algo muy esperado. De entrada, forma parte de lo bueno.

Excelentes moderadores, formato vivo (bueno)

Un debate tiene el potencial de ser muy aburrido si no se permite la interacción entre los participantes. En esos casos deviene una serie de monólogos acartonados. No fue el caso el domingo. Los moderadores (Denise Maerker, Azucena Uresti y Sergio Sarmiento) estuvieron a la altura de su papel, asegurando el cumplimiento de las reglas, con educación, pero firmeza.

Lo mejor fue los estrictos límites de tiempo y las variantes en los esquemas, en todos los casos permitiendo un claro diálogo, debate, entre los diferentes participantes. Fue un debate fluido que permitía la presentación de hechos o datos, el ataque individual o en colectivo, así como la defensa. Se evidenciaron tablas, personalidades y dominio de información. Cada uno de los cinco participantes tuvo las mismas oportunidades, sin que existiera una sensación de favoritismo hacia uno, o de obstruir a otro.

La impotencia ante la inseguridad (malo)

No importa quién llegue a Palacio Nacional en diciembre 2018, es un hecho que no hay una estrategia innovadora, diferente, ante la impresionante inseguridad. Quizá hubiera sido de esperarse, porque el problema es gigantesco, sin duda el más importante que enfrentan millones de mexicanos que salen a la calle diariamente. Hubo toda clase de respuestas, ninguna que mostrara un cambio que pudiera llevar a abatir con cierta certeza lo que hoy se sufre, desde homicidios hasta extorsión, pasando por secuestros. La impresión, o certeza, es que en un plazo inmediato no habrá cambio alguno.

El aspecto cómico lo proporcionó Jaime Rodríguez Calderón. El ofrecer mandar una ley al Congreso para que se cercenase la mano a los ladrones (y confirmando que lo decía en serio) trajo imágenes de un país musulmán retrógrada y de mutilaciones en público tipo circo romano. Improbable que le haya agregado un solo voto, pero ciertamente añadió sal y pimienta al encuentro. Eso más su aseveración que le gusta tanto el matrimonio que lo ha practicado tres veces.

Leer: AMLO, Anaya, Meade, Margarita o el Bronco: ¿Quién ganó el debate?

Más grave fue la postura, compartida en mayor o menor grado por otros candidatos, de que la inseguridad es producto de la pobreza. Andrés Manuel López Obrador expresó su “creencia” de que, cuando la economía había dejado de crecer, el resultado fue un disparo en el crimen. Un diagnóstico sin fundamento alguno, pero ampliamente difundido, y que aparte viene como anillo al dedo para muchos gobernantes (o candidatos a serlo) pues pueden culpar a la economía. Pero lo cierto es que los niveles de criminalidad no tienen correlación con el crecimiento. En caso extremo, puede hablarse de un claro aumento de inseguridad a partir de la crisis de 1995, pero nada que fundamente esa hipótesis en años recientes.

Las corruptelas generales (malo)

Lo desagradable no era la semejanza con una guerra de lodo, sino que el lodo es real. Que si José Antonio Meade sabía, y por ello encubrió, esquemas como “La Gran Estafa”, si Ricardo Anaya lavó dinero con esa bodega, o las finanzas poco transparentes de López Obrador a lo largo de los años (con Margarita Zavala en cambio destacando que vive en la misma casa después de una vida en la política).

Lo evidente fue la cola, corta, larga o kilométrica, que muchos pueden tener. Quedó evidenciado que muchos políticos tienen la posibilidad de meter sus manos en la caja registradora, y lo hacen. Que no llegan a servir, sino a servirse. Fue un espectáculo denigrante, pero cierto.

Pero ojalá de esos lados queden polvos, que a su vez lleven a un avance real en contra de la corrupción gubernamental. El camino será largo, porque varios de los candidatos no se cansaron de ofrecer su persona y voluntad como garante de ello. El que más enfatizó esa forma de gobernar fue López Obrador, voluntarismo puro, poniéndose como un ejemplo del que irradiaría honradez a la administración, la escoba que barrería de arriba hacia abajo… y nada de instituciones.

La demagogia del mandato revocado (feo)

López Obrador reiteró su propuesta de la revocación de mandato cada dos años. Anaya lo secundó, condicionándolo a que la figura fuese legislada. Meade la rechazó de plano, al igual que Zavala. Quedó clara uno de los problemas de los debates: la tentación de la demagogia, de verse forzado a “emparejar” una promesa, por mala que esta sea. Y una posibilidad de revocación de mandato sería desastrosa, empujando a políticas de corto plazo y una campaña constante, en lugar de gobernar para un largo plazo.

Luz al final del Debate (bueno)

El Primer Debate fue fluido, duro, y sin cuartel. Quizá una ventaja es que los candidatos salieron de la burbuja que muchas veces los rodea, y enfrentaron cuestionamientos. Nada despreciable. Quizá el Debate alteró pocos votos, pero puede que haya mostrado al futuro Presidente de México para el sexenio 2018-2024 que tendrá la lupa ciudadana encima.

El autor es doctor en Economía (Essex), economista (ITAM) y comunicólogo (UNAM). Profesor, Escuela de Negocios del ITESO, Investigador Asociado CEEY. Trabajó en el FMI.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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