Opinión

No quiero votar por nadie

Hay opciones, todos pueden ser buenos gobernantes pero hay aspectos de su experiencia o su personalidad que no convencen. No sorprende que el sentir de millones sea simple: “no quiero votar por nadie”.

28-02-2018, 8:39:35 AM
candidato elecciones

Si no votas no te quejes”. Una frase tan sobada como falsa. Por supuesto que se puede, quizá debe, quejarse, se haya votado o no en la elección respectiva. No ejercer un derecho, el de votar, no cancela otro, cuestionar a los gobernantes.

No dan ganas de votar en esta elección. Hay opciones, pero ninguna despierta esa esperanza que cierto candidato tiene la personalidad, experiencia, propuestas y equipo necesarios para ser un gobernante como el que necesita el país. Para millones, entre las alternativas para el sexenio 2018-2024 ninguna es atractiva.

En la recién publicada clasificación de Transparencia Internacional sobre percepciones de corrupción, México descendió 12 posiciones en la escala global, para ubicarse en la 135. Una severa caída, o desplome si se considera que hace dos años estaba en la 95. Es el miembro de la OCDE peor evaluado, y lo mismo del G20 (empatado con Rusia, si sirve de consuelo). Ese hedor afecta a los tres principales candidatos a despachar en Palacio Nacional, lo que en mucho explica la falta de entusiasmo con respecto a sus personas. En orden alfabético:

Ricardo Anaya

No está mal la ambición, excepto cuando se usa para derruir una estructura que uno debía fortalecer. Ricardo Anaya trepó en forma meteórica por la estructura del Partido Acción Nacional hasta llegar a la cúspide. Usó el cargo no para promover al partido, sino a sí mismo. No pretendió siquiera ser un árbitro neutral en la contienda interna. Buscó, y logró, adjudicarse la nominación.

Su capacidad para operar a la luz y en las sombras está fuera de duda. Lo mismo anuló una precandidatura fuerte como la de Rafael Moreno Valle, como a una persona con un potencial popular enorme como Margarita Zavala. Derruyó a buena parte del PAN para anular la competencia. Tanto que en la elección interna la boleta solo tuvo un nombre.

Además, Anaya forjó una alianza improbable con los partidos de la Revolución Democrática y Movimiento Ciudadano. El PRD habría tenido un candidato natural en el Jefe de Gobierno capitalino, si no hubiera sido por la gestión gris de Miguel Ángel Mancera. La administración mancerista tuvo tres elementos constantes: buscar una agenda nacional en la que no tenía influencia (aumentar un salario mínimo que casi nadie gana), culpar de los males de la ciudad a otros, y centrarse en superficialidades (como el cambio de DF a CDMX). Con un Mancera mediocre y un López Obrador pujante desde Morena, el PRD se desfondó. Alejandra Barrales siguió a Anaya en la senda de poner la ambición personal por sobre el partido, y se quedó con la candidatura para gobernar la CDMX.

Se apropió de la candidatura, pero sobre Anaya hay fuertes nubarrones personales. Nada de malo tiene la riqueza personal o familiar, en tanto no abunden las sospechas de que esta ha sido fruto del quehacer público. Desde hace meses Anaya enfrenta una y otra vez esa clase de acusaciones. Lo que está fuera de duda es que esa riqueza personal y familiar es elevada. No se trata de acusar al gobierno de persecución, sino de aclarar el origen de lo que para millones sería un patrimonio inalcanzable, aunque ahorraran cada peso que ganaran durante toda su vida.

A esas sombras de corrupción se agrega la carencia de experiencia y la falta de ideas. Nada de malo hay en lo primero, pero ayudaría a gobernar mejor. Anaya fue brevemente Subsecretario de Turismo. Más preocupante es lo segundo. Lo único que ahora distingue al panista de sus competidores es una propuesta demagógica: un Ingreso Básico Universal, a contracorriente de la ideología de su partido y sin concretar en sus detalles. Porque ofrecer regalar dinero es algo bastante sencillo; el problema es encontrarlo.

Anaya puede ser un buen gobernante. Pero lo que ha demostrado es una extrema eficiencia en aplastar aquello que se atraviesa en su ambición, que no quiere explicar su patrimonio, y entusiasmo por propuestas demagógicas.

Andrés Manuel López Obrador

En campaña incansable desde hace más de una década, con dos derrotas (o fraudes, siguiendo su versión) a cuestas. Va por la tercera, contra esas instituciones y personas que insisten en derrotarlo (o hacerle fraude) de nuevo. Porque busca lo mejor para el pueblo. No tiene ideas sino un “Proyecto Alternativo de Nación” muy detallado. Honesto, impoluto, al menos de acuerdo con su propia narrativa. Personalista, solo requiere colocarse la banda presidencial para que la corrupción se desvanezca como la niebla cuando la tocan los rayos del sol. Es, precisamente, el rayo de esperanza que iluminará al país.

Los campos florecerán, lográndose la autosuficiencia alimentaria. Las refinerías se construirán, con la gasolina (barata) manando, también eliminando importaciones. Los ninis tendrán becas, mientras que los viejos gozarán de mayores pensiones. Los burócratas encantados se moverán por todo el país, dependencias federales desperdigadas a lo largo y ancho del territorio, gracias a los incentivos y aumentos salariales. Una Constitución Moral será pilar de la República Amorosa, sin inseguridad y sin crimen.

Gracias a que no habrá corrupción, el gobierno tendrá mucho dinero adicional para gastar. Porque un gobierno de López Obrador no subiría impuestos. De hecho, el déficit fiscal sería cero y no se emitiría deuda. Habrá dinero para todo, porque ese dinero ahora se lo quedan aquellos que medran a costa del pueblo.

Un gobierno a la par austero y honrado. No importa que López Obrador incorpore a su primer círculo a gente que no es lo uno o lo otro, porque han sido perdonados. Lo contrario que otros políticos, AMLO se declara orgullosamente pobre. Vive con holgura, aunque por años no tuvo sueldo. Recibía regalías de sus numerosos libros, pero no paga impuestos. En ocasiones no tiene ni para el taxi, pero se mueve en lujosas camionetas. Sus hijos no viven de su partido, ni tienen cargos en Morena, pero ahí mandan.

López Obrador puede ser un buen gobernante. Lo que ha demostrado es una creencia inalterable en que su persona puede obrar milagros una vez que se siente en La Silla, y que todas las contradicciones entre sus dichos, hechos y propuestas simplemente no son tales.

José Antonio Meade

Abanderado del PRI que no es del PRI. Una persona decente y experimentada. José Antonio Meade se ofrece como un producto nuevo, casi como si no tuviera relación alguna con el gobierno al que sirvió hasta hace pocos meses. El pasado no importa, salvo lo que trajo de positivo. Lo negativo, que es mucho, mejor dejarlo a un lado. Lo que ofrece, sin poder decirlo abiertamente, es un borrón y cuenta nueva.

Porque tiene una experiencia ministerial con escasos paralelos en la historia del país. Porque en un gobierno que ha sido plagado de escándalos desde su inicio (incluyendo a miembros del Gabinete que, como si nada, siguen al frente de sus dependencias), Meade destaca por una vida austera y honesta. Parece que cruzó el pantano y su plumaje siguió blanco como la nieve.

Pero el PRI sigue ahí, y el gobierno está lleno de sus miembros, así como el equipo del candidato. En una foto sale Meade sonriente… acompañado de muchos priistas que no despiertan la misma buena vibra. El PRI no es Meade, pero el PRI seguiría en Los Pinos con su persona en la presidencia. La decepción de millones es tal que no, de ninguna manera, están dispuestos a conceder al tricolor una nueva oportunidad. La ironía del gobierno que logró lo que parecía imposible, retornarlo al poder, es que ahora es el principal responsable de que ya no se le quiera ahí.

Al parecer consciente de que muchos no están dispuestos a darle su voto, Meade ya inició el camino de la demagogia. Para los millones en la pobreza, ofreció un “Registro Nacional de Necesidades de Cada Persona”, atención y seguimiento individual para que cada mexicano alcance sus sueños. El formidable costo y aparato burocrático de semejante propuesta al parecer no tiene importancia.

Meade se ofrece a sí mismo, muchos ven de dónde vino y quiénes lo acompañan y prefieren buscar otras opciones. La apuesta por una candidatura “no partidista” no fue mala, pero el gobierno ya malgastó, al parecer en exceso, esa disposición a dar una nueva oportunidad al partido tricolor.

Meade puede ser un buen gobernante. Para muchos ello no es suficiente. Ha demostrado que no quiere o puede cuestionar a fondo ese pasado del que formó parte. El producto es potencialmente bueno, pero la marca ya no motiva confianza.

Ninguno

Es patética una elección presidencial en que los punteros solo despiertan entusiasmo entre los fanáticos o aquellos que ganarían en lo personal. No sorprende que el sentir de millones sea simple: “no quiero votar por nadie”.

El autor es doctor en Economía (Essex), economista (ITAM) y comunicólogo (UNAM). Profesor, Escuela de Negocios del ITESO, Investigador Asociado CEEY. Trabajó en el FMI.

Nota del editor: Este texto pertenece a nuestra sección de Opinión y refleja la visión del autor, no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel.

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