Estilo de Vida

El tren de la India, palacio sobre ruedas

Sus vagones fueron y usados por la realeza, hoy la escritora Margo Glantz nos lleva en un viaje de lujo a través del tiempo.

09-02-2009, 5:00:00 PM

En la India viajo sola. Estaré en Mumbai, Delhi, Benares. Una amiga me recomienda que cuando vaya a la provincia de Rajastán lo haga en un tren llamado pomposamente Palace on Wheels. Me entusiasmo.


Llego temprano. Un autobús moderno cargado de pasajeros espera frente a la estación de ferrocarril en Nueva Delhi. En la puerta nos detienen unos funcionarios. Unas jóvenes con sari —o saree, esa prenda con que envuelven su cuerpo—, esperan con guirnaldas de flores amarillas, pintura roja para decorar la frente y un pañuelo blanquirrojo de algodón corrugado típico de Rajastán. Enfrente, un elefante con la trompa pintada de, trepado sobre él, un hombre muy elegante con su traje de seda y su turbante de colores.


Me buscan en una lista larga, el tren tiene muchos vagones, hay mucha gente, la mayoría son ingleses. Me asignan vagón, cada uno lleva el nombre de una ciudad o provincia de Rajastán, la mayoría de los nombres termina en Pur, quiere decir lugar: Jaipur, Bharatpur, Jodhpur, Udaipur… Los vagones tienen cuatro cabinas con dos camas angostas pero cómodas, baño propio con ducha, un jefe de cabina y su asistente, vestidos con elegancia a la rajastaní, con turbantes o kepís. En la entrada he conocido a mi manager; él nos acompañará en nuestro viaje y resolverá cualquier problema.


Me visto para cenar, recorro todos los vagones del tren. Un alboroto de repente: un enorme salón con sillones comodísimos y un bar repleto, se habla en inglés, las mujeres muy elegantes como en las películas de los años treinta; se bebe, se inician amistades. En la noche es imposible dormir, el tren avanza con lentitud y se mece con parsimonia. Llegamos a Jaipur, el desayuno se sirve en nuestra salita particular. Comparto la mesa con una pareja de alemanes.


Salimos del vagón y otros pasajeros se unen a nosotros, una familia india con dos niñas, varios ingleses de provincia, una pareja de japoneses. Pertenecemos al grupo color de rosa; hay uno verde, los otros son de color dorado, rojo, negro. Cada grupo tendrá al bajar del tren su propio autobús y su propio guía.


Pasamos frente a un templo de estilo híbrido, entre musulmán e indio. Los templos son lugares de reposo donde se aloja y se da de comer a los pobres. Palacios y miseria. Algunos indios se volvieron budistas para escapar a la estratificación de las castas.


Jaipur tiene 3.8 millones de habitantes, es una ciudad pequeña para la India. Como los distintos grupos de viajeros, las ciudades rajastaníes son de colores, Jaisalmer es dorada, Jaipur es rosa. En todas hay fuertes y palacios, los marajás actuales siguen siendo inmensamente ricos pero carecen de poder, una parte del año viven en Inglaterra, la otra en sus palacios particulares, juegan polo y cricket, y el polo —cosa que a ellos les importa subrayar— es un juego inventado por los indios.


Los antiguos palacios reales son ahora museos, visitados por una cada vez mayor afluencia de turistas. Avanzamos por la ciudad, llena de basura, comerciantes, coches, de rikshas —esos carritos-taxi de dos ruedas jalados por una persona— y de gente atravesando las calles. El sueldo mínimo de los habitantes, en su mayoría artesanos y campesinos, explica el guía, es de 350 rupias al mes—49 rupias por dólar— y si se es trabajador calificado ¡hasta 600! Todo un contraste con mi palacio sobre ruedas.