Economía

La crisis del acero: El catarro en riesgo de convertirse en pulmonía

Vivimos en un mundo de acero, concreto y petróleo. El acero es estratégico para muchos países, pero ¿será materia de seguridad nacional? Para Trump, sí. Es parte de su ofensiva proteccionista y parece dispuesto a desatar una guerra comercial para probarlo.

12-04-2018, 6:00:27 AM
acero

No es una sorpresa que la ofensiva proteccionista del gobierno de Estados Unidos haya empezado por los aranceles al acero y aluminio, como sucedió en marzo pasado. La industria siderúrgica a nivel global ha estado caracterizada, desde hace décadas, por una sobrecapacidad y una guerra comercial constante entre muy diversos países.

El acero es casi tan estratégico para las economías del mundo como el petróleo. Es muy intensivo en inversión de capital, genera miles de empleos y produce un material que puede calificarse como la materia prima de la civilización. Es un mundo de acero, concreto y petróleo.

Adictos al acero

Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la industria de la construcción es la principal consumidora de acero, con 50% del total, al ser el “alma” de lo mismo edificaciones que infraestructura; le sigue la industria del transporte (autos, camiones, barcos, trenes, contenedores, etc.), con 16%; la de maquinaria y equipo con 14%; la de productos metálicos con otro 14% y las de aparatos electrodomésticos y equipo eléctrico, con 3% cada una. La propia industria petrolera es ávida consumidora de acero para la construcción de pozos y plataformas, y la transportación de insumos, gas y petróleo por medio de tuberías de miles de kilómetros de largo.

El mundo es adicto al acero: consumirá, según estimaciones de Worldsteel, más de 1,648 millones de toneladas en 2018, de los cuales más de 1,110 millones se demandarán en la boyante región de Asia y Oceanía. Le siguen ya con más moderación la región europea (164.3) y NAFTA (140.4 millones). Ello, asumiendo un lento arranque del plan de infraestructura de Estados Unidos, si este alcanza a darse en el año que corre.

El problema es que el mundo también tiene una sobrecapacidad instalada de producción siderúrgica. Grandes plantas medio abandonadas se sitúan en el rust belt (cinturón oxidado) estadounidense, esa zona industrial deprimida que tantos votos aportó a Donald Trump, con la promesa de un retorno al pasado.

Pero la situación es similar en Inglaterra, Gales y Escocia, en donde el desempleo cunde cada vez que la industria pesada entra en una nueva crisis, desde los años 60 hasta la más reciente, en 2016. Hay que sumar a ese panorama a Ucrania, a Rusia y varios países exsoviéticos más; pero también a la casi desaparecida industria acerera del noreste de Francia y a las plantas en Alemania e Italia, francamente protegidas y subsidiadas por sus gobiernos. Las crisis abarcan también a la India, cuna del gigante Arcelor Mittal, que terminó adquiriendo buena parte de la capacidad instalada en Europa.

Y, claro, hay que hablar del gran sobreproductor, un país que debido a su planeación centralizada deformó gravemente el mercado global: China. El gigante de Asia produjo en 2017 más de 800 millones de toneladas de acero: la mitad del consumo del mundo. Es cierto, buena parte de esa producción fue devorada por su vertiginoso crecimiento económico, ese que levanta ciudades gigantescas, altísimos edificios y modernas comunicaciones para cientos de millones de personas. La industria del transporte en China es también un voraz consumidor de acero: trenes, autobuses, autos y la creciente flota comercial.

Sin embargo, no se puede tener ese tamaño sin que un resfriado le provoque al resto del mundo una pulmonía. Cualquier baja en el crecimiento de China significa la amenaza de un incremento en las exportaciones de acero al resto del mundo y la consecuente baja de precios, que vuelve inviable la siderurgia en los países desarrollados y que amenaza a las acereras incluso en los países en desarrollo. Como resultado, las barreras y medidas antidumping en contra de las exportaciones de acero desde China han crecido consistentemente desde fines de los 1990 en todo el mundo. Pero la competencia entre los demás tampoco se queda sin distorsiones. Antes del arancel de 25% generalizado propuesto por Trump, Estados Unidos tenía abiertos procesos antidumping contra todo tipo de países, incluyendo China, Japón, Corea, Taiwán, Vietnam, India, Brasil, España. A su vez, los demás países productores están en disputa comercial con muchas de sus contrapartes. El propio México tiene activos, hasta enero pasado, 26 procedimientos en contra de productos de acero de China, Alemania, Francia, EU, Gran Bretaña, Rusia, Brasil, Kazajistán, Bulgaria, Ucrania, Corea del Sur y España.

Ningún país parece estar dispuesto a desmantelar su propia industria siderúrgica en beneficio de un tercero. Importancia estratégica y peso económico se conjuntan aquí en una mezcla tóxica que no parece tener solución.

Seguridad nacional

El único país que ha mostrado interés por reducir su capacidad instalada de acero es China. Obvio, podría pensarse; sin embargo, la más reciente campaña está dirigida a desmontar un dolor de cabeza interno, que podría ser una amenaza mundial. En medio del crecimiento explosivo en la industria, surgieron en China una gran cantidad de acereras pequeñas, operadoras de hornos de inducción de calor, una tecnología mucho más eficiente en términos de energía, pero incapaz de manejar controles de calidad muy precisos. El resultado es un producto que nadie querría ver en las varillas de edificios en una zona sísmica.

En años anteriores, el gobierno central se topó con la resistencia callada por parte de las administraciones locales, en la tarea de eliminar estas fábricas. Las razones son obvias: el beneficio económico y en empleo que aportan.

Pero recientemente el gobierno ha endurecido medidas para terminar con esta producción, que ni siquiera cuenta entre su capacidad instalada oficial.

En medio de este panorama, surge la medida tomada por Donald Trump, prácticamente a solas y en contra de la opinión incluso del Partido Republicano, de los representantes de las industrias energética y automotriz, así como de su asesor Gary Cohn, el hombre proveniente de Goldman Sachs, quien era una de las últimas barreras contra el afán proteccionista del presidente.

Erigir barreras comerciales, como se ha descrito, no es nada nuevo para el mundo. Sin embargo, Trump escogió un método irregular, cuyas consecuencias no se han explorado. Hizo del tema un asunto de “seguridad nacional”. Esto le permitió, entre otras cosas, hacer más difícil la oposición interna (congresistas y empresarios) y sacar la medida del procedimiento normal relacionado con la Organización Mundial de Comercio (OMC) y pactos comerciales bilaterales.

También, enarboló una medida que podría calificarse de arbitraria, al fijar un solo arancel para todos los productos y todos los países, al contrario de cualquier medida antidumping, que se erige en contra de una línea de productos y un país específicos. Esta es la razón por la que tanto la Unión Europea como China amenazaron con medidas de contraataque. La estrategia europea es interesante, ya que apunta a productos fabricados en estados republicanos. México, al igual que Canadá, quedaron exentos de dicho arancel, pero si la negociación del TLCAN no es positiva, Trump arremetería contra sus vecinos y socios.

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