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¿Cuál es el verdadero origen de los porros en México?

¿De dónde vienen estos grupos y por qué se les denomina “porros”? Aquí hacemos un recuento de su origen para tratar de comprender cuál es la finalidad.

06-09-2018, 9:32:25 AM

El pasado lunes 3 de septiembre, se registró un enfrentamiento entre presuntos porros y estudiantes del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Azcapotzalco frente a la explanada de la Torre de Rectoría de la UNAM, en Ciudad Universitaria, que dejó un saldo de al menos 14 lesionados, cuatro de ellos de gravedad.

Los hechos se dieron durante una protesta pacífica de estudiantes que exigían la expulsión de grupos de porros de las instalaciones del CCH Azcapotzalco y, de acuerdo con testigos y evidencias en video, arribaron alrededor de 150 personas para agredir a los manifestantes.

Este enfrentamiento con piedras, botellas, tubos, petardos y bombas molotov es el más importante registrado en los últimos 18 años en instalaciones de la Máxima Casa de Estudios y revive un tema añejo en México: los porros.

¿De dónde vienen estos grupos y por qué se les denomina “porros”? Aquí hacemos un recuento de su origen para tratar de comprender cuál es la finalidad de estas organizaciones que suelen ser patrocinadas por un tercero para obtener algún beneficio.

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Las diferentes marchas iniciaron minutos después de las 13:00 horas de este miércoles 6 de septiembre.

¿De dónde salió el nombre de ‘porros’?

En los años 50, el deporte masivo más popular en la Ciudad de México –después del box y la lucha libre– era el futbol americano, el cual era amenizado por grupos de estudiantes agrupados en porras.

Así, las porras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del Instituto Politécnico Nacional (IPN) eran grandes organizaciones que tenían un importante poder de convocatoria entre los estudiantes, por lo que reunían a cientos de jóvenes durante los partidos y otros eventos organizados al interior de las escuelas.

Pero, aprovechando esa situación, los líderes de algunos de los grupos de choque que operaban dentro y fuera de esas instituciones educativas con fines políticos e ideológicos (como quitar o poner rectores, “perseguir al Comunismo” o “romper huelgas”) desde varios años atrás, reclutaron a muchos de los jóvenes de esas porras a inicios de los 60, por lo que en el lenguaje popular, haciendo un juego con la palabra “porra”, se les empezó a conocer como “porros”.

Otra versión dice que la palabra “porros” también proviene de una descomposición del grito deportivo de los estudiantes del Politécnico: “A la cachi cachi porra”.

Los gorilas

Pero los “porros” no nacieron en los 60, sino varios años atrás. En México, desde tiempos del Porfiriato, era común que los gobiernos, los caciques y otros personajes e instituciones poderosas tuvieran grupos de choque para contener movimientos sociales –como las huelgas–, los cuales estaban integrados, básicamente, por personas infiltradas o que pertenecían al mismo grupo que estaba inconforme, pero que los poderosos “compraban” para obtener información o apagar la protesta desde adentro.

Ese modelo se “importó” a las instituciones educativas en la década de los 20. En ese entonces, pasada la Revolución, la Universidad empezó a funcionar de manera más formal, y dentro de su organización, los estudiantes se comenzaban a reunir por carreras o escuelas para formar las primeras sociedades de alumnos.

En 1924, el entonces presidente Plutarco Elías Calles, nombró como rector de la Universidad al Médico Alfonso Pruneda, quien permaneciera en el cargo hasta 1928, año en el que formó un grupo para vigilar y controlar a los estudiantes universitarios.

En ese entonces, las escuelas de la Universidad se encontraban en diferentes puntos del Centro Histórico (todavía no se construía la Ciudad Universitaria), por lo que el rector contrató a varios de los integrantes de las sociedades de alumnos para vigilar la disciplina de los estudiantes –una especie de prefectos–. Ese grupo se vio rebasado rápidamente, por lo que se “reforzó” con algunos jóvenes que no eran estudiantes, pero eran parte de las familias de escasos recursos que habitaban la zona.

Por lo estricto que se volvió ese grupo, llegando a ser violento la mayoría de las veces, fue conocido por los estudiantes como “los gorilas”.

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Porros atacaron a estudiantes que protestaban en Ciudad Universitaria

Los Conejos

En el México posrevolucionario, se vivían tiempos en los que se creía que una de las grandes amenazas del país –y del mundo– era el Comunismo, por lo que al interior de la Universidad hubo grupos que se dedicaban a frenarlo a toda costa.

Durante la Guerra Cristera se creó una asociación llamada Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC), la cual se contraponía al interior de la Universidad a diversos grupos, como uno que encabezaba Vicente Lombardo Toledano, un filósofo marxista iniciador de las sociedades estudiantiles un par de décadas atrás (después hizo una importante carrera política, sindical y literaria).

Él impulsaba el pensamiento socialista al interior de la Universidad, lo cual era contrario a la postura del filósofo cristiano –y exrector– Antonio Caso, que era un personaje importante al interior de esta institución.

Ante esto, en septiembre de 1933, ambos filósofos sostuvieron un legendario debate sobre cuál debería ser el carácter y la misión de la universidad. Mientras Lombardo Toledano defendía la visión marxista de compromiso social e ideológico, Caso impulsaba la visión humanista y liberal.

Al final, las crónicas registran que Lombardo Toledano presentó mejores argumentos, lo cual no gustó a la UNEC, la cual usó a su grupo de choque, llamado “Los Conejos”, para expulsarlo de la Universidad.

“Los Conejos” era un agresivo grupo de estudiantes de origen cristiano cuya misión era impedir “que la Universidad cayera en manos del Comunismo”; poco a poco, sus integrantes conquistaban posiciones en las sociedades de alumnos y espacios políticos para obtener más influencia y poder.

Este grupo tenía varias divisiones, como la cultural y la política, pero la que obtuvo más fuerza fue la deportiva, la cual, años después, recibió apoyo de la Universidad para tomar entrenamiento militar deportivo.

Estos jóvenes, según escribió José Agustín en “Tragicomedia Mexicana: La Vida en México de 1940 a 1970”, recibían dinero de funcionarios universitarios o del gobierno “para romper auténticos movimientos estudiantiles mediante la brutalidad y la barbarie”.

Fueron estos grupos de jóvenes fornidos, deportistas y con entrenamiento militar los que pasaron, de ser porros, a integrar grupos más “especializados”, como “los halcones”, que jugaron un papel importante en las represiones estudiantiles de 1968 y 1971.

Todos estos son los antecedentes de los que después se conocerían como “porros” y que llegaron a tener un importante poder económico y político, especialmente al ser respaldados por partidos políticos, gobiernos, autoridades universitarias y todo tipo de mejores postores.

Del 68 a la fecha

Durante el movimiento estudiantil de 1968, que terminó con la matanza de manifestantes en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, algunos grupos de porros se unieron a las protestas y otros fueron utilizados para controlarlas.

Sin embargo, tras esos hechos, los grupos de porros se institucionalizaron al interior de diversas universidades públicas del país, como la Universidad Autónoma de Guadalajara, la Universidad Veracruzana, la Universidad Autónoma Chapingo, la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, la Universidad de Sonora y la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, además de diversas preparatorias y escuelas técnicas.​

Los porros ya no eran solamente estudiantes, sino que en esos grupos había también golpeadores profesionales, “fósiles” (alumnos que llevan varios años en una universidad sin culminar sus estudios) y pandilleros entre sus filas.

En la década de los 70, jugaron un papel importante en hechos como “La Guerra Sucia”, que fue el nombre que recibió la represión militar y política llevada a cabo de parte del gobierno para eliminar a todos aquellos que consideraba como movimientos de oposición política y armada contra el Estado mexicano.

En los 80, los porros participaban ya no solamente en temas relacionados con las universidades, sino para disolver cualquier movimiento político y en general cualquier disturbio que les diera cabida y en el que, por supuesto, hubiera alguien dispuesto a financiar su participación. También solían arruinar partidos de futbol americano estudiantil e irrumpir en comercios.

La sombra del 68 y los nuevos tiempos hicieron que en los últimos años del siglo 20 la utilización de los grupos de porros fuera menos violenta y descarada que un par de décadas atrás, así que tuvieron una más “discreta” participación en importantes movimientos estudiantiles, como los de 1987, 1992 y 1999.

Un problema vigente

Aunque ha habido brotes en los que los porros han adquirido fuerza en algunos planteles de la UNAM, como la Facultad de Estudios Superiores Acatlán y los Colegios de Ciencias de Humanidades de Naucalpan y Vallejo, no fue sino hasta los recientes hechos de septiembre de 2018 que volvieron a jugar un papel tan grande en un movimiento estudiantil.

En el ensayo “Violencia y ‘Porrismo’ en la Educación Superior en México”, Imanol Ordorika, uno de los líderes del movimiento estudiantil de la UNAM en 1987 –en donde ayudó a fundar el Consejo Estudiantil Universitario (CEU)– señala que el problema de los porros es algo que permanece en el tiempo.

“Es un fenómeno político que sobrevive en toda su complejidad, a partir de una especie de pacto de poderes que garantiza niveles relativos de impunidad y protección a cambio de servicios de carácter político que tienen como objetivo último controlar, amedrentar, desorganizar y por ende subordinar a un sector naturalmente contestatario y crítico: el estudiantado de nivel superior”, señala el también fundador del Partido de la Revolución Democrática.

De esta manera, el de los porros es un fenómeno complejo que está arraigado en instituciones como la UNAM desde hace varias décadas y que ha vuelto a ser violento y relevante en los últimos días.

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