Ciencia y tecnología, sin historia

La ciencia y la tecnología en México han sido aspectos olvidados en su historia. Esto refleja el atraso científico con respecto a otros países.

23-03-2011, 2:05:07 PM

La ciencia y la tecnología en México han tenido una participación casi inexistente en los planes de desarrollo gubernamentales. Desde que México se declaró como un país independiente, en 1821, la generación de programas en ciencia y tecnología quedaron prácticamente eliminados de los planes de gobierno. En medio de constantes intervenciones extranjeras y golpes de Estado, los ingresos de la nación se destinaban a la consolidación política de sus gobernantes, por medio del fortalecimiento de los ejércitos.

Guillermo Guajardo en su investigación posdoctoral “Tecnología e industria en México: entre el aprendizaje empírico y la academia (1860-1940)” sostiene que la relación entre la industria y la tecnología en el país ha sido “poco visible”, en tanto que “la historia de la industria y de otras actividades mecanizadas en México, poco o casi nada ha profundizado en los aspectos tecnológicos, en las dimensiones científicas y en las relaciones con la educación técnica y universitaria”.

De acuerdo con el planteamiento de Guajardo, el gobierno mexicano reparó en la importancia de la ciencia y la tecnología hasta la década de los sesenta, cuando en la agenda política comenzó a preocuparse en los retos que imponía el crecimiento industrial y la incapacidad de incrementar la explotación petrolera, debido a la falta de capacidades tecnológicas.

De esta necesidad surgió, el 29 de diciembre de 1970, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), cuyo objetivo es la elaboración de políticas en ciencia y tecnología en México. Para asegurar su operación óptima se le creó como un organismo descentralizado de la Administración Pública Federal, con personalidad jurídica y patrimonio propio.

Por su parte, Edna Alcázar Farías y Alejandro Lozano Guzmán afirman en su artículo “Desarrollo histórico de los indicadores de Ciencia y Tecnología, avances en América Latina y México” que el creación de indicadores en la materia se realizó en México hasta la década de los noventa, después de publicado el Manual de la Balanza de Pagos Tecnológicos (BPT) por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). El desarrollo de indicadores quedaría en manos del Conacyt.

Así, en “México de un vistazo 2010” (Inegi, 2010), se muestra que el gasto público en ciencia y tecnología creció en 19 años (de 1990 a 2009) 0.11%, para pasar de 2,035.20 millones de pesos en 1990 (base 1993=100) a 45,973.60 millones de pesos en 2009 (base 2003=100). Es decir, en 1990 se destinó el 0.28% del Producto Interno Bruto (PIB) a la ciencia y la tecnología, en tanto que en 2009 el porcentaje aumentó a 0.39 por ciento.

Sin embargo, esta inversión es muy baja con respecto a la que se realiza en otros países como Corea del Sur, que destina 3.2% de su PIB a la investigación y desarrollo (I+D); Estados Unidos, con 2.7%; Alemania, con 2.5%; Francia, con 2.0% y el Reino Unido, con 1.8 por ciento.

México se ubica sólo décimas porcentuales arriba del gasto que destina Egipto en I+D (0.2%), al mismo nivel que Cuba y debajo de Argentina (0.5%) y Turquía (0.7%). De hecho, la región de América Latina y el Caribe sólo destina 0.6% en promedio para este rubro.

 

Empresa e innovación, por caminos distintos

Poco se habla de la inversión que las empresas mexicanas realizan en investigación y desarrollo. La mayor parte de las inversiones que México tiene en esta vertical es por parte de las empresas extranjeras.

De acuerdo con Juan Carlos Romero Hicks, en 2010, del 100% de la inversión que se realiza en ciencia y tecnología, 45% lo hace el estado y 55% la iniciativa privada. La proporción, indicó el director general de Conacyt, debiera ser 30% pública y 70% por parte de las empresas, ya que así es como lo realizan los países desarrollados.

Guillermo Guajardo indicó que la inversión más importante en ciencia y tecnología por parte de las empresas se realizó durante la tercera parte del siglo XIX, es decir, durante la época del porfiriato, cuando las empresas que operaban en el país eran en su mayoría inglesas, francesas y estadounidenses.

Aunque el gobierno ha realizado esfuerzos por impulsar la inversión de la iniciativa privada en el sector, a través de incentivos fiscales, parece que no ha sido suficiente, pues todavía falta mucho camino por recorrer.