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La pregunta que cambió la historia en la relación EU-Cuba

Conforme Barack Obama se apresta a realizar su histórica visita a Cuba, el viaje aparece como una pieza clave de un rompecabezas geopolítico cuidadosamente armado.

30-09-2017, 6:00:00 PM

La histórica transformación de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba requirió la intervención de un Papa, pero su génesis fue una pregunta formulada años antes a un joven senador afroamericano que soñaba con la Presidencia.

“¿Estaría dispuesto a reunirse separadamente, sin precondiciones, durante el primer año de su administración, en Washington o donde sea, con los líderes de Siria, Venezuela, Cuba y Corea del Norte, a fin de estrechar la brecha que divide a nuestros países?”.

Pocos pensaron en ese momento, durante un debate presidencial celebrado el 23 de julio de 2007 por CNN y YouTube, que la respuesta del senador Barack Obama se convertiría en la promesa de un acercamiento histórico con los adversarios de Estados Unidos.

“Sí lo haría. Y la razón es esta, es ridícula la noción de que no hablarle a esos países es un castigo para ellos, lo cual ha sido el principio diplomático que ha guiado a esta administración”, respondió en el foro realizado en Charleston, Carolina del Sur.

Seis años después, Estados Unidos se sentó en la mesa junto a Irán en el marco de las reuniones del grupo P5+1 (China, Francia, Rusia, Reino Unidos, Estados Unidos y Alemania) para iniciar lo que se convertiría en 2015 en el Plan de Acción Conjunto Integral (JCPOA).

Pero en este continente ha sido el inicio del fin de una de las últimas reliquias de la Guerra Fría: la hostilidad entre Estados Unidos y Cuba, lo que ha cautivado la imaginación por su potencial, pero también detonado críticas por la supuesta ausencia de concesiones cubanas.

Conforme el presidente Barack Obama se apresta a realizar su histórica visita a Cuba, el 21 y 22 de marzo, la primera de un presidente estadunidense en funciones en 88 años, el viaje aparece como una pieza clave de un rompecabezas geopolítico cuidadosamente armado.

Un minuto después del mediodía del 17 de diciembre de 2014, reunido en el Cabinet Room en el ala oeste de la Casa Blanca, adjunto a la Oficina Oval y con vista al Jardín de las Rosas, Obama sorprendería al mundo con el anuncio histórico.

“Buenas tardes. Hoy, los Estados Unidos de América está cambiando su relación con Cuba”, señaló el primer presidente afroamericano.

“En uno de los cambios más significativos de nuestra política en más de 50 años, terminaremos con un enfoque anticuado que por décadas ha fracasado en hacer avanzar nuestros intereses y, en cambio, empezaremos a normalizar las relaciones entre nuestros dos países”, dijo.

De un brochazo, el abogado de Harvard que nació dos años después que Fidel Castro tomó el poder con sus barbudos de la Sierra Maestra, puso en marcha el calentamiento de una relación fría, distante y hostil que había marcado a Washington y La Habana durante más de cinco décadas.

A las fichas históricas de la Invasión de Bahía de Cochinos, de la crisis de los misiles y los 13 días que pusieron al mundo en la zozobra existencial, habrá de sumar ahora el acercamiento entre los otrora enemigos divididos por la desconfianza y por 145 kilómetros (90 millas) de mar.

Treinta y cinco años antes, Estados Unidos había restablecido relaciones con China, un país comunista.

Y 20 años antes lo había hecho con Vietnam, país con el que Estados Unidos, según recordaría el propio Obama, libró una guerra que costó más vidas que cualquier otra confrontación de la Guerra Fría.

Desde que llegó a la Presidencia ganando el estado de Florida en 2008, Obama había prometido reevaluar la política hacia Cuba y dio pasos graduales hacia la suavización de hostilidades como el levantamiento de restricciones para el envío de remesas a Cuba.

La política hacia la isla pasaba así de la esfera política doméstica, donde había sido rehén de la estrategias de cortejo del disciplinado voto cubano americano, a donde siempre debió haber estado, en el compartimento de las relaciones hemisféricas.

Fue un cambio de paradigma enmarcado en la paulatina transformación generacional del exilio cubano americano, cada vez más liberado de su obsesión anticastrista.

Pero pocos anticipaban que las coordenadas políticas se alinearían para dar paso a un inédito cambio en las relaciones entre los dos países. Más adelante quedaría en claro que la intervención del Papa Francisco sería instrumental para catalizar el acercamiento.

El jerarca católico había apelado personalmente en una carta a Obama y al presidente cubano Raúl Castro, para resolver el caso del encarcelamiento de un contratista estadunidense detenido en la isla y acusado de espionaje, Alan Gross.

Su liberación, ocurrida el mismo día del anuncio de Obama, tuvo lugar en paralelo con la excarcelación de tres agentes cubanos, a cambio de lo que Obama describió como “uno de los más importantes agentes de inteligencia que ha tenido Estados Unidos en Cuba”.

Pero Jorge Mario Bergoglio había ido más allá. De manera secreta, el Vaticano había sido anfitrión de las delegaciones de Estados Unidos y Cuba que negociaron durante meses los términos del acercamiento y la redacción de los compromisos.

En septiembre del año pasado, el Papa cerró el círculo con su visita a Estados Unidos con escala en Cuba.

El mensaje era inequívoco por parte de un líder católico que ha desplegado su influencia en otras situaciones espinosas de política exterior, como en el conflicto árabe-israelí.

Anticipando las críticas de los republicanos, Obama fue firme durante su anuncio: “Donde discrepemos elevaremos esas diferencias directamente como lo continuaremos haciendo en temas relacionados con la democracia y los derechos humanos en Cuba”.

Los cambios llegaron en cascada: Estados Unidos inició y completó el proceso para remover a Cuba de la Lista de Países del Promotores del Terrorismo del Departamento de Estado.

Los dos países reabrieron embajadas en sus capitales, aún cuando no sólo no hay embajador estadunidense, sino que existen amenazas de republicanos como Marco Rubio de bloquear cualquier nominación presidencial.

El mes pasado Estados Unidos y Cuba firmaron además un acuerdo sin precedentes para el restablecimiento de servicios aéreos regulares entre los dos países.

El acuerdo abre la oportunidad de operar hasta 20 vuelos de ida y vuelta diarios entre los Estados Unidos y La Habana, así como 10 vuelos de ida y vuelta diarios entre los Estados Unidos y cada uno de los otros nueve aeropuertos internacionales de Cuba.

Pero los diferendos entre Estados Unidos y Cuba prevalecen, encabezados por el embargo económico estadunidense a la isla, codificado en media docena de legislaciones, y que parece inamovible en un Congreso republicano pese a los llamados de Obama para su eliminación.

Cuba desea además la devolución de Guantánamo, un tema que de acuerdo con el secretario de Estado John Kerry no está en la mesa de negociaciones, a pesar de que Obama presentó un plan para cerrar la prisión militar.

Estados Unidos controla la base asentada en 64 kilómetros cuadrados de extensión y la prisión militar, bajo el acuerdo de 1934 entre ambos países y mediante el cual el gobierno cubano cedió al estadunidense el terreno en renta perpetua.

Otro desencuentro atañe a los reclamos de Estados Unidos para que Cuba indemnice a propietarios de negocios e inmuebles confiscados después de la revolución cubana, así como los reclamos de los cubanos en el tema de compensaciones. Ambos asuntos serán abordados por Obama en Cuba.

El acercamiento entre Estados Unidos y Cuba no ha estado exento de críticos.

En un editorial titulado “Fracaso en Cuba”, The Washington Post sostiene que, hasta el momento, la política de apertura de Obama hacia Cuba parece no estar cumpliendo con sus objetivos declarados de liberar el potencial de los cubanos y empoderar a su naciente sector privado.

“Hay escasa evidencia de un cambio dramático en Cuba, quizás porque el señor Obama continúa ofreciendo al régimen de Castro concesiones unilaterales sin requerir nada a cambio”, apuntó el diario.

Pero la administración Obama insiste en defender el nuevo enfoque, incluida la ampliación de acceso a internet, aún cuando reconoce que los avances no han sido similares en temas como los derechos humanos.

El presidente estadounidense no se reunirá por ejemplo con Fidel Castro, pero si con representantes de la disidencia cubana.

“No ir y aislar a Cuba no sirve al propósito de impulsar estos temas. Estaremos mejor ubicados para respaldar los derechos humanos y una mejor vida para los cubanos, si nos involucramos con ellos directamente”, sostuvo el asesor presidencial Ben Rhodes.