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Ya es hora de que los empresarios entren a la política

¿Cómo lograr acuerdos cuando el 5% de los mexicanos detenta el 80% de la riqueza del país? México es de todos: acabemos con los muros internos.

17-03-2017, 6:30:33 AM
Foto arte.
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Charles de Gaulle, el primer presidente de la Quinta República francesa, resumió, como nadie, algunas de las dificultades a las que se enfrentó como jefe de Estado de Francia. Sentenció así para la historia:

“Es muy complejo gobernar un país en el que se producen 400 diferentes tipos de quesos…”

Es evidente. Cada cabeza es un mundo. Es claro que en México no se producen 400 tipos de quesos y ni siquiera debe poderse contar un número semejante de tequilas, para parafrasear al ilustre general galo; pero, claro está, padecemos igualmente diferencias abismales en dos diferentes y muy distinguibles Méxicos… Ahí está el México del whisky y el del pulque; el de la copa de cristal de Bohemia y el del jarro de barro; el del canapé y el del taco; el de los que comen sentados con tenedor, cuchara y plato y el de quienes lo hacen en cuclillas y con las manos; el del baño de mármol y el de la letrina rural; el de las botas importadas y el de los huaraches.

El del palacete capitalino y el del jacal pestilente; el de los viajeros a Europa y el de quienes nunca pasaron más allá de su milpa; el del tractor y el de la yunta; el de quienes se expresan en castellano y el de quienes lo hacen únicamente con arreglo a dialectos; el de la parrilla eléctrica para calentar alimentos y el del tlecuil; el de la cama y el del petate…

Dos diferentes Méxicos. Dos, tres, mil mundos en nuestro país. El 5% detenta el 80% de la riqueza. Una concentración tan arbitraria y temeraria o más que el acaparamiento de la información, de la cultura y, por ende, del poder y de las posibilidades de evolución y progreso reservados para un selecto grupo de mexicanos, en su inmensa mayoría incapaces de ver para abajo ni de abrir el puño en beneficio de los 50 millones de desposeídos, los mismos de los cuales la historia nos ha demostrado a qué alcances pueden llegar ante la cerrazón de los acaparadores de la educación y de los capitales.

¿Quién no recuerda las macabras fotografías de los rotitos y los perfumados colgados de los postes de telégrafos durante los años sangrientos y devastadores de la revolución de 1910; muchos de ellos hacendados acaudalados que nunca vieron por los demás, a pesar de sus enormes riquezas obtenidas sin la menor sensibilidad social?

Gobernar un país con las enormes diferencias de México constituye todo un reto, más aún cuando la ignorancia, los resentimientos ancestrales, el revanchismo, la intransigencia y el escepticismo que se pierden en los 300 años de pavorosa Inquisición; la impotencia ante la incapacidad de generar recursos, debido a los recurrentes fracasos académicos.

La frustración de integrar un país de reprobados, que se contempla furioso varias veces al día en el espejo negro de Tezcatlipoca; las envidias y odios que despierta la presencia del gigante yanqui; el justificado malestar que provocan los programas televisivos importados que proyectan una ostentosa realidad material inalcanzable, de acuerdo a nuestras posibilidades para obtenerla; nuestra insolvencia moral y ética, demostrada a través de la corrupción que nos devora como una metástasis; las reiteradas invitaciones a la resignación que nos susurra al oído la Iglesia Católica, para vivir en un mundo de perros a cambio de disfrutar la eternidad en el cielo, en lugar de ejecutar una revolución espiritual que castigue la miseria con severidad de un pecado mortal.

¿Cómo lograr acuerdos cuando el trato igual entre desiguales puede conducir a la violencia? ¡Ah, la política! Es la hora en que los empresarios deben entrar a la política. México es de todos: acabemos con los muros internos…

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