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San Gabriel, Jalisco, arquetipo del pueblo mexicano

El cineasta Juan Carlos Rulfo, habla del pueblo que fue la cuna de su padre y semillero de la novela Pedro Páramo.

22-03-2009, 5:00:00 PM
San Gabriel, Jalisco, arquetipo del pueblo mexicano
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Su apellido cae suave pero certero sobre esa voz melancólica con la que contesta: “Sí, soy yo, Juan Carlos Rulfo”, el cineasta, el documentalista, pero también el pausado conversador, el gran heredero de una dinastía de viento y polvo, del mero San Gabriel, Jalisco, el que de manera simultánea mantiene y rompe la tradición de esos hombres del pueblo a los que les encanta platicar de su tersa tierra. San Gabrielitos habrá muchos en territorio mexicano, pero no en todos está la satinada loma donde su imaginó que volaban papalotes Susana San Juan y Pedro Páramo.


Juan Carlos realizó en San Gabriel su primera película —El abuelo Cheno y otras historias (1994)—, y más tarde el documental sobre aquel famoso escritor que también le cambió los pañales —Del olvido al no me acuerdo (1999)—. De ese pueblo tuvo que salir corriendo, “porque las referencias a la novela y a mi padre me atrapaban”, sólo para regresar más tarde bajo el manto del anonimato a explorar lo que legítimamente le pertenece. “Al año que murió mi padre regresé al punto exacto donde hizo su autorretrato. Atrás del templo de la Virgen de Guadalupe; ahí en ese cerro, me detuve a recordarlo, pero no por buscar las referencias literarias, sino por volver a él”. No es muy difícil imaginarse por qué el cineasta recuerda ese pueblo como su primer amor, el lugar adonde iba a descansar con su tía Elvira Vizcaíno, prima paterna, si sólo con platicártelo se te antoja sacar la visa a esa tierra rulfiana, la mítica Comala.


En San Gabriel, dice Juan Carlos, hay que ir directo a la refresquería de la familia Villalvazo, que tiene un nombre que encaja perfectamente en la poética de su entorno. Se llama El Sesteo de los Pájaros, es decir, donde las aves toman su siesta, y de aquí parten paseos rulfianos con guía una vez al año, justo el día del aniversario de su padre —16 de mayo—. Se visitan “los lugares donde Rulfo imaginó cosas”, aunque Juan Carlos acepta que esos referentes bien podrían ser un ensueño de los habitantes —cosa que no deja de ser un ensueño característicamente rulfiano—. “Al hermano del señor que vende refrescos, don Virginio Villalvazo, le gusta buscar referencias de todo lo que mi padre decía. Dice: ‘Esta es la coladera de Macario, el del cuento del que cazaba ranas’, por ejemplo. En todos lados busca esas referencias: en las puertas, en las calles, las bisagras, las casas”. En ese recorrido, los entusiastas caminan por el Cerro del Petacal, que está pasando los cuatro caminos donde, como se dice en Pedro Páramo, “si usted va, viene, y si viene, va”.


Medio divertido y medio abrumado, Juan Carlos manifiesta: “En todos lados hay referencias; no sales ileso de San Gabriel”. Él prefiere pensar que esa loma de los papalotes de Susana San Juan ha quedado intacta gracias a la literatura, pues “el pueblo iba a crecer para allá”. En su imaginación ese espacio queda aún como un sitio donde la austeridad de la luz crea encuadres por sí misma. “Es una loma muy suavecita, un pasto muy cortito, donde el sol pega de forma tersa, es como cenizo, puedes correr muy a gusto por allí y tener el pueblo a tus pies un rato”, recuerda, casi como si estuviera hablando para él mismo. Sí: San Gabrieles hay muchos, pero sólo hay uno con el que todo mexicano ha soñado aun sin conocerlo: San Gabriel, Jalisco, ése de los Rulfo, de todos los Rulfo… Comala.

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