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Rius, el monero que dibujó los rostros oscuros de México

Eduardo del Rio García, Rius, quien murió a los 83 años, ilustró durante más de cinco décadas los abusos de la política y los vicios del mexicano.

08-08-2017, 2:11:46 PM
muere rius

Ateo, de izquierda, contestatario, y crítico acérrimo de aquel sistema hegemónico que gobernó México durante más de setenta años, son solo algunas de las características de Eduardo del Rio García, Rius, quien murió este martes en el estado de Morelos a los 83 años de edad.

Referente de decenas de caricaturistas, él se autodefinía simplemente como monero, no le gustaba que le dijeran “maestro” a pesar de que desde la década de los sesenta ilustró -en todo el sentido de esa palabra- a millones de mexicanos: Nos enseñó un Jesucristo de carne y hueso; resumió a la perfección el ABC de la vida y trágica muerte del guerrillero Ernesto Che Guevara; explicó en “peras y manzanas” el materialismo dialéctico de Marx, y desmontó el mito de la virgen de Guadalupe, entre otros temas, en sendos libros de caricaturas.

En los años setenta incursionó en el veganismo con un libro hoy desconocido para los jóvenes que lo practican: La panza es primero, una obra sumamente crítica con los hábitos alimenticios del mexicano de la época. Fue tal su éxito que incluso el título fue utilizado por una cadena de tiendas naturistas de Guadalajara que sobrevive hasta nuestros días.

Nacido en el estado de Michoacán en 1934, publicó sus primeros monos a mitad de la década de los cincuenta en la revista de humor político Ja-Já; después fundó Los Supermachos, una publicación semanal en la que se retrata al México de la época de los presidentes Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz. El protagonista de esa historieta era el indígena Juan Calzónzin, un crítico del sistema que cuestionaba a todo su entorno con frases filosóficas, haciendo que su pueblo, el ficticio San Garabato de las Tunas, reflexionara sobre los problemas que le aquejaban.

El México rural de aquellos lustros, caracterizado por un dominio caciquil, fue retratado sin tapujos por Rius. Sus monos eran irónicos, burlescos, trágicos y al mismo tiempo cómicos. Era una forma de transmitir conocimiento a través de la historieta en tiempos en los que reinaba la censura, y los medios de comunicación respondían a los intereses del gobernante en turno.

El tiraje de Los Supermachos llegó a alcanzar los 250,000 ejemplares, algo impensable para un semanario popular. Justo por esa fama fue censurado, dando paso a Los Agachados, quizás la obra culmen del Rius de los setenta y ochenta, donde el caricaturista tocó todos los temas de la crítica social y política, convirtiendo a su autor en un referente de la oposición al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el país.

Rius desarrolló, con maestría de ensayista, temas como las continuas crisis económicas, los conflictos del poder, la impunidad, la desigualdad, la pobreza, el dominio de la Iglesia, los abusos de los grandes capitales, y la injusticia cotidiana, entre otros. Pero su labor no solo se circunscribía al ámbito doméstico, también abordó la geopolítica internacional describiendo desde los pormenores de la guerra fría, hasta los detalles de la Perestroika que hicieron caer a la entonces llamada Cortina de Hierro.

En los años noventa empezó a publicar compilaciones de su vasta obra: Rius para Principiantes es un libro que resume parte de la importante labor de divulgación que el caricaturista realizó hasta antes de que culminará el siglo XX. Fue el momento de El Chamuco y los hijos del Averno, revista humorística de su autoría en la que colaboraron los conocidos moneros del diario La Jornada Rafael Barajas, el Fisgón, y José Hernández.

De formación autodidacta y con un estilo hiperrealista, Rius fue premiado no solo con la simpatía y admiración de sus lectores, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) lo galardonó con un trofeo (1976); fue dos veces Premio Nacional de Periodismo (1987 y 2010), y merecedor de La Catrina (2004), distinción creada para homenajear a los caricaturistas del mundo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

En la última década, Rius quería que “corriera la tinta” de los caricaturistas, en vez de la sangre que ha lastimado al país. Estas y otras reflexiones personales se plasmaron en sus memorias a las que tituló “Mis Confusiones”, en referencia burlona al texto de San Agustín “Mis Confesiones”.

Como autor, Eduardo del Río solía decir que él no necesitaba homenajes, pues el mejor reconocimiento era el que recibía de sus lectores. De hecho, estaba orgulloso de haber rechazado a lo largo de su vida tres doctorados honoris causa, títulos que –en su opinión- no necesitaba, pues estos no le permitirían “entrar gratis al cine”.

A lo largo de sesenta años, Rius encabezó lo que podríamos llamar la escuela Iberoamericana de la caricatura, en la que se incluyen el creador de Mafalda, Joaquín Salvador Lavado, Quino; el también argentino Roberto Fontanarrosa, autor del gaucho Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso; el español Andrés Rábago García, El Roto, y por supuesto el mexicano Bulmaro Castellanos Loza, Magú.

Luego vienen los innovadores Jis y Trino, los alias de los tapatíos José Ignacio Solórzano y José Trinidad Camacho; o el colombiano Julio César González, Matador, hoy consolidados moneros que tomaron el ejemplo de Rius, haciendo que los monos también fueran sinónimos de la crítica y la inconformidad.

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