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El riesgoso papel de Macron ante la reinvención de Europa

Emmanuel Macron ganó la carrera de los 100 metros al obtener la presidencia de Francia, pero Le Pen continúa en el maratón, en una carrera por darle al país una nueva cara en el orden mundial.

09-05-2017, 1:45:00 PM
emmanuel-macron
Reuters

Desde el domingo por la noche en que se conocieron los resultados de la segunda ronda de las elecciones presidenciales en Francia al día de hoy, el europeísmo festeja por la oportunidad de seguir a flote que le ha confirmado la llegada de Emmanuel Macron como el próximo jefe del ejecutivo de la V República.

Esa es la principal lectura de unas elecciones cuyo resultado estaba ciertamente previsto desde hace quince días, de ahí el peso del simbolismo de la Oda a la Alegría (himno de Europa) con que lo recibieron sus simpatizantes en la Plaza de Louvre y la convivencia armónica de las dos banderas —la francesa y la azul con estrellas amarillas de la organización supranacional— como imagen de fondo durante su discurso de victoria.

Tal vez, la seriedad de su semblante durante los poco más de seis minutos en los que se dirigió a la nación, pudieran deberse a que este joven político tiene muy claro que la batalla que definirá en gran medida su mandato serán las elecciones parlamentarias a dos vueltas el 11 y 18 de junio próximo, donde está ante el gran reto de procurarse una mayoría legislativa entre los 577 escaños en disputa que le otorgue gobernabilidad.

En este punto, habría que recordar el hecho no menor de que su movimiento político En Marcha cuenta con apenas un año de formación y que el resultado de la primera ronda, donde hubo un reparto más o menos cercano entre las cuatro primeras fuerzas es un referente de cómo podría configurarse el parlamento.

Una vez asegurado que Marie Le Pen (Frente Nacional) continúa sin la presidencia, los votantes originales de François Fillon (Los Republicanos) y de Jean-Luc Mélechon (Francia Insumisa) tienen el poder de obligar a En Marcha a tener que plantear consensos y negociaciones durante el quinquenio que se avecina; dado el perfil de derechas que tiene el nuevo presidente — por mucho que los medios insistan en mencionarlo como “centrista”— el papel de Francia Insumisa más bien se asoma como una segunda y férrea oposición desde la izquierda (la primera será desde la extrema derecha por parte del Frente Nacional).

Y es que, a pesar de las fuertes críticas que recibió Mélechon por no pedir abiertamente el voto para Macron, el transvase de alrededor del 40% de sus votantes de la primera ronda hacia la abstención como mejor opción antes de votar a un derechista, le da un mensaje de confianza desde sus bases para que sea firme en evitar que algunas de las promesas del nuevo presidente en materia económica se cumplan: Macron tiene la intención de realizar una reforma laboral y al sistema público de pensiones así como un serio recorte al gasto social que representan una amenaza para las garantías que durante generaciones proporcionó el Estado de Bienestar

Aquí es dónde se deben mantener los focos amarillos, porque si bien el proyecto europeo tiene al día de hoy más buenas razones para mantenerse, reformarse e impulsarse que para una ruptura, hay que poner mucha atención en cómo los gobiernos europeístas pretenden dar respuesta a aquellos ciudadanos que se han visto relegados de un modelo neoliberal que los ha pauperizado. Repetir las fórmulas económicas cuyos resultados en los últimos años han ayudado a partidos de extrema derecha como el Frente Nacional a generar un discurso de odio que busca respuestas fáciles y falsas y que —a pesar de no alcanzar aún el gobierno—, siguen creciendo, es como saberse atrapado en un agujero y cavar más hondo esperando así salir, es no entender el problema de manera estructural.

Dicho de otro modo: cuando una de cada tres personas en un país que vivió la Segunda Guerra Mundial y sufrió en carne propia la devastación del fascismo vota por una opción neofascista no hay que sentir alivio, sino la presión de cambiar las cosas de manera urgente.

Espabilen en el equipo de Macron, o no, Marie Le Pen dejó muy claro en su discurso de derrota que sabe dónde está y cuál es su ruta a seguir: posicionarse como primera fuerza de la oposición y reforzar la polarización patriotismo-globalización. Ella, como política experimentada y astuta, sabe que la suya no es una carrera de cien metros como ha sido el ascenso meteórico de Macron, sino un maratón donde un ritmo sostenido es la clave, y lo está manteniendo.

Aunque se ha señalado como una derrota para la parisina que el domingo no llegara a la meta del 40% de los votos —los resultados fueron Macron 66.06% y Le Pen 33.94%— si consideramos que dobló la votación de cuando su padre, Jean-Marie Le Pen, se presentó en 2002 a la segunda ronda presidencial contra Jacques Chirac, lo que se subraya de nueva cuenta es que este partido xenófobo que inició como marginal está más que afianzado en el espectro político francés.

Lo que queda, es desearle toda la suerte del mundo al joven Macron, esperando que en su mandato la crisis de identidad que vive Francia encuentre salida retornando a sus valores republicanos que trascendieron la historia mundial: libertad, igualdad, y sobretodo, la hoy muy necesaria fraternidad.

*La autora es consultora en comunicación política, socia directora de la firma hispanomexicana Abella & Valencia (www.abellayvalencia.com)

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