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Quiénes ganarían y qué consecuencias tendrían las elecciones

El reacomodo en las 12 entidades definirá, en buena medida, las posiciones en el tablero de la sucesión presidencial 2018: la fuerza o fragilidad del PRI; la hondura de la crisis del PRD contra la expansión de Morena; y la unidad e integridad del PAN.

17-05-2016, 6:33:23 PM
Quiénes ganarían y qué consecuencias tendrían las elecciones
Alfonso Zárate

Nota del Editor: Te invitamos a consultar análisis, opiniones, historias y perfiles de los protagonistas de las elecciones en México en nuestro micrositio: Elecciones 2016, comienza la batalla presidencial.

En México, todo –o casi– se inscribe en la lógica de la sucesión presidencial: nombramientos y cambios en el gabinete, reconocimientos o regaños del Ejecutivo, despliegue de costosas campañas de publicidad con cargo al erario. Por eso, la disputa por 12 gubernaturas no puede dejar de mirarse a la luz de 2018. Basta recordar que dos de los estados en contienda, Veracruz y Puebla, representan el tercero y cuarto lugar en la lista nominal de electores –solo después del Estado de México y Ciudad de México–, lo que explica su papel crítico en la disputa por la presidencia.

Además del peso demográfico de cada entidad, traducido en votos imaginarios para el partido del gobernador en turno, mantener el control de los recursos estatales es clave en la operación a ras de suelo; especialmente, la llamada inducción del sufragio o “pastoreo” de electores. Porque, a pesar de los avances democráticos, la compra de votos sigue vivita y coleando. 

Principales factores

Las elecciones del próximo 5 de junio, en las cuales se renovarán 12 gubernaturas, 12 legislaturas y alcaldías en 11 entidades, se inscriben en un contexto de violencia delincuencial no contenida. En cinco estados (Tamaulipas, Chihuahua, Sinaloa, Durango y Veracruz), la situación está que arde. A ello se suman tiempos de astringencia económica, pérdida de empleos y altos niveles de incredulidad pública sobre las bendiciones de las reformas estructurales, sobre todo la energética. Son días, también, de profundo desprestigio de la clase política, partidos fracturados y autoridad electoral debilitada.

El resultado en las urnas derivará de la compleja articulación de muchas variables:

1) El implante de los partidos en regiones y municipios, lo que se expresa en la capacidad para movilizar militantes y simpatizantes. En este punto, el priismo corre con ventaja por su posición dominante en las nueve entidades que gobierna. Caso contrario al del PRD, cuya presencia es testimonial en Aguascalientes, Chihuahua, Durango y Tamaulipas.

2) El arrastre del candidato, cuyo perfil y trayectoria pueden marcar la diferencia ante el descrédito de los partidos.

3) El potencial de las alianzas en condiciones de fragmentación del sufragio, pues ya ni el PRI es capaz de ganar o mantener posiciones. De ahí que panistas y perredistas intenten repetir las coaliciones de 2010.

4) El grado de “unidad” o control de los procesos internos y el tamaño de las lastimaduras que haya dejado la selección del candidato. En varios casos, el gobernador en funciones pudo imponer a su eventual sucesor (comprometido a cuidarle las espaldas), lo que genera división en la clase política local.

5) La evaluación social de la gestión que concluye. Un aspecto de enorme importancia (premio o castigo al partido del mandatario saliente). No siempre arroja los resultados esperados. A pesar de la exitosa administración de José Calzada Rovirosa en Querétaro, el año pasado el priismo fue derrotado y la gubernatura pasó a la oposición.

6) La operación política de los gobernadores y el uso clientelar de programas, recursos financieros, infraestructura y burocracia oficial en todos los rincones.

7) La confrontación de las respectivas redes de poder y aliados en el tejido social, económico y productivo (corporaciones sindicales, organizaciones campesinas, cúpulas empresariales, medios, patrocinadores públicos o encubiertos, etc.).

Las piezas mayores

Con 5.6 millones de electores en la lista nominal, Veracruz reviste una importancia mayúscula. Un factor que podrá incidir en el voto es la desastrosa gestión de Javier Duarte, un lastre para el tricolor.

En esta entidad, a la usanza de la noche trágica de Iguala, se producen “levantones” de muchachos por policías, lo mismo estatales que municipales, en connivencia con bandas criminales. Lo mismo que en Guerrero o Morelos, proliferan los cementerios clandestinos y, al igual que en la Coahuila de los Moreira, la deuda gubernamental es escandalosa y casi imperceptible la obra pública.

Esta vez, la disputa es por una gubernatura de escasos dos años (con el propósito de empatar las elecciones locales con las federales en 2018). Tiempo que podría parecer insuficiente, sobre todo con las arcas vacías y ante el desbordamiento delincuencial. Pero si llega Miguel Ángel Yunes Linares, el candidato de Acción Nacional, que arranca como puntero en las encuestas, se da por descontado que perseguirá judicialmente a Duarte. El otro Yunes, Héctor, también ha marcado su distancia con el gobernador e intentará retener para el PRI la gubernatura. No la tiene fácil.

Por su parte, la contienda por Puebla se inscribe nítidamente en la lógica de la sucesión presidencial. Si gana Antonio Gali Fayad, alcalde panista con licencia de la capital, se fortalecerá la aspiración de Moreno Valle. El gobernador ha desplegado una estrategia de comunicación social costosa y eficaz, aunque muy poco sofisticada. Lo más reciente: la distribución de tinacos pintados de azul en zonas deprimidas.

La maniobra parece insuficiente para subsanar en unos meses los saldos de un sexenio en el que la mano dura del “góber-policía” fue acompañada de una política social y económica que no modificó el rostro de la miseria y la exclusión. Puebla es una de las seis entidades con mayor índice de marginación (PNUD) y con el menor puntaje en desarrollo humano (Conapo). Según Coneval (2014), 69.7% de su población vive con un ingreso inferior a la línea de bienestar. La suma de la población en pobreza y la considerada “vulnerable por carencias e ingresos” llega a 89.4% (la media nacional es de 79.6%).

A pesar de ello, es muy factible que Acción Nacional –sin alianza con el perredismo– mantenga Puebla con una mayoría significativa de sus 4.1 millones posibles votantes. Si eso ocurre, Moreno Valle estaría cerca de lograr la candidatura presidencial del blanquiazul. Margarita Zavala se vería obligada a competir por la presidencia como “independiente”, lo que fragmentaría el voto de la derecha y garantizaría el triunfo de cualquier priista.

No falta quien asegure que la senadora Blanca Alcalá, ex alcaldesa poblana designada por el PRI, fue sacrificada en el altar de las negociaciones de alto nivel. Equiparable, dicen, a lo sucedido en Michoacán con Chon Orihuela para garantizar la victoria del perredista Silvano Aureoles. Sea como fuere, en diversas encuestas Gali Fayad supera a Alcalá por menos de 10 puntos porcentuales, lo cual está muy lejos de ser irremontable.

*Este es un extracto del texto que el autor escribió para Alto Nivel y que podrás consultar completo en la edición impresa de mayo. Busca tu ejemplar en los principales puntos de venta, suscríbete en línea o descarga la revista digital. Sigue nuestra conversación en Twitter y Facebook.

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