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El primer paso para que nuestros estudiantes dejen de reprobar

México obtuvo muy malos resultados en su última prueba PISA, y será un patrón difícil de dejar atrás, a menos que cambie un elemento arraigado en la cultura del país. Te decimos cuál es.

14-12-2016, 4:28:35 PM

Cada tres años, aquéllos que nos dedicamos a la educación esperamos con ansias y nervios los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, PISA por sus siglas en inglés (Programme for International Student Achievement). PISA es una prueba realizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) a estudiantes de 15 años y la de mayor peso a nivel internacional en materia de educación. Fue precisamente esta prueba la que ubicó desde hace años a Finlandia como referente clave en materia educativa.

A inicios del mes de diciembre, la OCDE dio finalmente a conocer los tan esperados resultados de PISA 2015. La esperanza que teníamos de que México hubiera avanzando en materia de educación pronto desapareció. Lo más triste de todo es que los bajos resultados que nuestros estudiantes obtuvieron en esta edición en realidad no fueron sorpresa.

Dejando a un lado todo el debate de si las pruebas estandarizadas en realidad miden el progreso en el aprendizaje, los resultados que arroja PISA 2015 sobre el logro de los alumnos mexicanos son realmente preocupantes. La OCDE clasifica a los estudiantes en seis niveles de competencia: el 1 es el nivel más bajo y el 6, el más alto. Un alumno que no alcanza los niveles básicos de competencia está en los niveles 2, 1 o inferior al 1. Mientras que en PISA 2012, el 55% de los estudiantes mexicanos no alcanzó los niveles de competencia básicos en Matemáticas, el 47% en Ciencias y el 41% en Lectura, en 2015 estos porcentajes aumentaron: 57% en Matemáticas, 48% en Ciencias y 42% en Lectura. No está de más decir que ninguno de nuestros alumnos alcanza el nivel 6 y los que se encuentran en el 5 son menos del 0.5% en las tres áreas.

Muchos dirán que los demás países que conforman la OCDE no son un punto de referencia adecuado para nuestro país y, sin duda, tendrán algo de certeza. Sin embargo, los resultados educativos en México o están empeorando, o no están mejorando a la velocidad en la que tendrían que hacerlo para poder enfrentar los retos de nuestro mundo cambiante. De lo que tenemos que darnos cuenta es que estos resultados no son simplemente culpa de nuestro sistema educativo –el cual, sin duda alguna es en extremo mejorable. No, se trata también de un gran problema cultural en México: carecemos de una verdadera cultura de la evaluación en todos los ámbitos y sentidos.

Reflexionemos por un momento: Desde que somos pequeños, aprendemos a tenerle miedo a la palabra “evaluación” en cualquiera de sus modalidades y extensiones: examen, calificación, retroalimentación, prueba, corrección. Cuando estamos en la escuela, un examen no significa realmente que vamos a conocer nuestro nivel de aprendizaje y nuestras áreas de mejora. Recuerdo con rabia mis días de estudiante, cuando en la revisión de un examen, le pedía la profesora que me indicara cuáles eran las respuestas correctas a unas preguntas que no había acertado y en lugar de explicármelas, me respondía: “Deja de querer ser perfecta”; supongo que jamás aprendí ese contenido aunque lo quise… Una prueba nos puede mantener despiertos por días, ya que significa una calificación y, en consecuencia, si aprobaremos o no, aunado muchas veces a consecuencias positivas y negativas. No es sorpresa que a veces incluso recurramos a los medios necesarios –y, por supuesto, no tan éticos– con tal de pasar.

A medida que crecemos, esta situación no cambia, sino que se va adaptando a las nuevas circunstancias de la vida. Cuando en el trabajo nuestro jefe nos entrega nuestras evaluaciones de desempeño y nos da lo que se asemeja a una retroalimentación, nos ponemos nerviosos, ansiosos y salimos incluso enojados y hablando mal de nuestros superiores.

Además, tenemos un grave problema: el famoso síndrome de archivar las evaluaciones realizadas y no hacer nada con ellas. En nuestra mente, ya cumplimos por haber hecho la valoración y comunicado a los actores involucrados los resultados. ¡Trabajo hecho! … ¿cierto? Pero una evaluación no sirve simplemente para decir “aprobamos” o “no aprobamos”. La evaluación nos indica nuestras fortalezas y debilidades, de manera que podamos actuar en consecuencia. Una evaluación sin posterior actuación es simple y sencillamente un verdadero fracaso. Porque, ¿cuál ha sido la ruta de mejora de la educación que ha seguido México desde el año 2000, que se aplicó esta prueba por primera vez?

Nos falta mucho para alcanzar a los primeros lugares en materia de educación en el mundo, como Singapur, Japón, China, Estonia y Finlandia. Y la idea no es copiar exactamente lo que ellos están haciendo, ya que nuestras poblaciones y necesidades son completamente distintas. Pero podemos aprender de ellos, cuya tendencia ha sido siempre a mejorar. Una de sus claves del éxito ha sido precisamente la creación de una cultura de la evaluación en la que ésta constituye una base para la posterior toma de decisiones. En países como Finlandia, un examen no significa una calificación. Un examen, tanto para el profesor, como para el director, el alumno y el padre de familia, es un reflejo del aprendizaje del estudiante y un indicador de en qué tienen que mejorar y cambiar todos los actores del proceso.

Hay algo que tenemos que tener muy claro: Si no evaluamos, no mejoramos. Sin embargo, si no cambiamos nuestra cultura de la evaluación en todos los ámbitos de nuestra sociedad de manera que ésta se conciba como algo positivo y una base para avanzar, podemos estar seguros que estaremos condenados a repetir los mismos patrones y en tres años, nos volveremos a escandalizar en primer instante, pero tristemente no nos sorprenderemos ante los resultados de PISA 2018.

*La autora es maestra en Arte y Educación por la Universidad de Harvard y Licenciada en Pedagogía por la Universidad Panamericana (UP). Isabel trabaja como profesora en la UP e investigadora en el Instituto de Fomento e Investigación Educativa (IFIE).

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