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Por qué México tiene una democracia defectuosa

A los autoritarios les conviene contar con individuos que esperan que alguien les resuelva la vida.

15-06-2017, 5:23:21 PM

La democracia es un lugar donde todo se puede ver, donde todo se puede oír. En la democracia es difícil esconderse; todo se transparenta, todo se asoma, todo se observa. La democracia no es un lugar a donde llegar; es conducta, actitud y método. Contrario a lo que se ha creído durante mucho tiempo, la democracia no es un fin en sí misma, es un sistema de pesos y contrapesos institucionales y es “solo” un medio para ayudar a entendernos, para facilitar nuestras relaciones políticas y sociales que, entre otras cuestiones, nos proporcionan certezas para la participación y nos corresponsabilizan de los asuntos públicos.

Una democracia la apuntala un verdadero estado de derecho. Cualquier sistema que se llame a sí mismo democrático y no cumpla con estas características y algunas más, podrá ser catalogado como un sistema democrático defectuoso.

Las elecciones del 2018 marcarán un punto de inflexión en este proceso de consolidación democrática para el apuntalamiento competitivo de nuestro sistema. No obstante, las amenzas a ese proceso de consolidación hoy están a la vista: las posturas radicales y limitadas de la política exterior del vecino del norte, los enemigos de una sociedad abierta, como los marginados populistas y autoritarios de nuestro sistema, y una sociedad apática que sigue pretendiendo resolver sus propios problemas sin participación y sin compromiso con el bien común.

Una sociedad electorera y comodina que sigue eligiendo a candidatos sin el menor juicio ético y siempre pensando en cómo traficar sus propias influencias. Una sociedad corrupta que elige a corruptos. El cambio de régimen es parte del reto y no hay que dejar de hacerlo, pero más decisivo aún es el cambio social. Para que exista una democracia se necesitan demócratas. Cambiar las leyes ya no basta. Se pueden crear y tener reglas más democráticas y de libre mercado, un mejor sistema de justicia, mejores leyes contra la corrupción, pero si la población es irresponsable, no apegada a la legalidad, y la clase política es corrupta y dependiente del Estado y, por tanto, acostumbrada a una cultura autoritaria, no hay nada que hacer.

Necesitamos crecer en términos institucionales y sociales. Una cultura autoritaria procura un jefe, y piensa que, sin él, no se entiende la vida. Los dirigentes hacen y deshacen, mientras la población se desentiende. Es una actitud muy nuestra, una visión electorera. El actor social que posee una actitud ciudadana se responsabiliza de la cuestión pública y de la sociedad cotidiana, permanentemente. Adopta un compromiso de fondo.

Por eso es primordial la participación ciudadana, la responsabilidad social y política, entendida como una actividad generosa que produce reglas –instituciones– de las que uno dependerá y a las que obedecerá. Las leyes están para respetarse, no para incumplirse. El ciudadano maduro es democrático y apegado a la legalidad; el inmaduro no es ciudadano, sino un ente social dependiente de aquellos que se benefician de esa postura pasiva, permisiva y de complicidad. A los autoritarios les conviene contar con individuos que esperan que alguien les resuelva la vida, que alguien sea el gran proveedor.

En otras palabras, cuando el ciudadano común haga suya la política y no se la deje a los “políticos”, se podrá hablar de que ha comenzado un proceso serio de cambio de régimen y de transición democrática. La política debemos “privatizarla”. Una democracia donde la política no está generalizada es una democracia defectuosa.

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