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Otomíes: la realidad de los migrantes que nadie quiere ver en la CDMX

La migración de otomíes de Santiago Mezquititlán se aceleró después de la construcción de la carretera de Santiago a la capital en 1978. Después, en 1985, el temblor dañó muchas construcciones en la Colonia Roma, las cuales pasaron de ser escombros a albergar a familias enteras de migrantes.

09-06-2017, 6:35:33 AM
otomíes
Especial.

Por Fernanda Enríquez Anguiano

Una cuadra antes de llegar a la Avenida Insurgentes, la casa con el número 200  de la calle Guanajuato en la Colonia Roma resguarda a un grupo de personas que forman parte de la herencia cultural de México. Por fuera, el color rojo de las paredes poco desgastadas funciona como un buen disfraz. En la parte superior derecha de la fachada, una manta de plástico aparece y desaparece de manera intermitente. Este cartel es la única pista para que los transeúntes puedan descifrar el secreto que se esconde, pero su presencia es tan enigmática como la esencia misma de la casa.

La puerta de entrada se abre poco durante el día. Quienes salen lo hacen de manera discreta, evitando que la gente de fuera vea el interior del lugar. A pesar de que la manta que da a la calle muestra a un grupo de mujeres vestidas con trajes típicos mexicanos, sus habitantes visten pantalones de mezclilla, playeras lisas y blusas holgadas. Al salir de la casa no hay rasgo que los haga desentonar con el ambiente de la colonia.

Josué, un chico de 19 años no es la excepción. Viste pantalones de mezclilla entubados, una playera color negro con cuello en “V” y tenis negros. Trabaja en un restaurante de comida tailandesa que está a unos pasos de su hogar, en el número 204 de la calle. Mientras mira el suelo, dice, “todas las memorias importantes que tengo son en la ciudad. Al pueblo casi no voy”. El pueblo, Santiago Mezquititlán, está a 178 kilómetros de la ciudad, exactamente en Amealco, Querétaro.

Los otomíes originarios de Santiago Mezquititlán han migrado a la CDMX desde 1970. En ese tiempo, los migrantes se establecieron como “paracaidistas” en distintas zonas de la ciudad, en Nonoalco, sobre la avenida Taxqueña en Coyoacán, en Mixcoac y Jamaica, hasta en las colonias que apenas comenzaban a crecer alrededor del Estadio Azteca.

El tesoro que –aparentemente– resguarda la ciudad

La gente comenzó a migrar a las zonas conurbadas del país en búsqueda de un mejor futuro, de trabajo que les ofreciera estabilidad económica. Un informe de la ONU enlista razones que influyen en la migración indígena a las ciudades, entre ellas: pérdida de tierras, pobreza, desastres naturales, deterioro de los medios de vida tradicionales y falta de alternativas económicas y de oportunidades de empleo.

Aunque los empleos parezcan abundar en las ciudades, es raro que el nivel de desarrollo de las personas indígenas se vea beneficiado. Pues los indígenas citadinos suelen abandonar los estudios a temprana edad para buscar un empleo, lo que provoca analfabetismo y que solamente tengan acceso a trabajos mal remunerados. A pesar de esto, los indígenas continúan viendo a la Ciudad de México como la tierra de esperanza y oportunidades desde el siglo pasado.

La migración de otomíes de Santiago Mezquititlán se aceleró después de la construcción de la carretera de Santiago a la capital en 1978. Después, en 1985, el temblor dañó muchas construcciones en la Colonia Roma, las cuales pasaron de ser escombros a albergar a familias enteras de migrantes. Así sucede con esta casa. Hasta antes del terremoto, el lugar solía ser un edificio del Colegio de México, pero en 1994 fue rescatado por un otomí que al inicio tuvo que compartir el sitio con otras personas que también vivían ahí.

Poco a poco fueron más los otomíes que abandonaron las calles y se mudaron a la Colonia Roma.  Después se incorporaron a la UPREZ (Unión Popular Revolucionario Emiliano Zapata), siglas que aún son parte del lugar, pues están presentes en la manta que adorna la fachada color rojo.

Hay otros lugares que también se han transformado en hogares para migrantes indígenas. La gente viene de todas partes, en 2010, la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) contabilizó 300 mil indígenas de distintas etnias que viven en la capital del país.  Pero los migrantes otomíes se caracterizan por evitar integrarse a la capital y porque las mujeres, al llegar a la ciudad a finales del Siglo XX, obtenían ingresos por medio de la vendimia callejera y la mendicidad, actividades que continúan vigentes en su quehacer cotidiano.

También se identifican por ser distantes. “En general, todos ellos son muy silenciosos. Las mujeres salen temprano a vender dulces en las calles cercanas y los hombres salen en la madrugada a trabajar”, dice uno de los porteros que cuidan el edificio con el número 202.

Sin embargo, Severiana, una mujer de 56 años que migró a la ciudad “cuando era una chamaca” le adjudica su aparente distanciamiento a causas ajenas a ella. Lleva años trabajando de planta en una casa de Coyoacán y para ella la ciudad simboliza una fuente segura de trabajo, al mismo tiempo que un voto de silencio: “aquí está muy bien para trabajar, pero te falta libertad. En el pueblo puedes salir con las vacas, corretear a las gallinas o platicar un ratito, aquí no. Después de hacer de comer y arreglar la casa me meto a mi cuarto y no platico con nadie. Por eso voy a la iglesia, porque ahí veo a gente como yo, aunque sea un ratito.”

Discriminación a cambio de olvido

Esta movilización ha significado un cambio en la cultura de los pueblos indígenas. Itzel es una chica de 15 años que viaja constantemente de Santiago Mezquititlán a la Ciudad de México para visitar a su hermana y a sus dos sobrinos, quienes viven en el número 200 de la calle Guanajuato. Su hermana dejó el pueblo cuando era muy joven, “tenía unos 13 años”; ella sigue viviendo ahí, pero ninguna de las dos habla otomí ni practica tradiciones características de esta cultura.

“La pérdida de la lengua no sólo ocurre cuando los indígenas migran a las ciudades, también pasa en sus mismas localidades. Y es algo común porque han sido discriminados. No solamente por la gente en general, las políticas de educación también han discriminado a la gente que habla alguna lengua originaria”, dijo Lidia Patricia Martínez Madrid, miembro directivo de investigación del CDI.

Según la última encuesta de la Conapred(2011), el principal problema de las personas indígenas es que sufren discriminación, seguido por la pobreza, la falta de apoyo gubernamental y su lengua. Mientras que el 86% de ellos se siente muy orgulloso de su herencia, solo el 47.3% conservan costumbres y tradiciones de sus antepasados. Y aunque piensan que la mayor ventaja de su tradición es poder dominar otra lengua, solamente el 16% la preserva.

“Una consecuencia de la migración es que hace que el migrante indígena cambie muchas de sus prácticas culturales o, que incluso, pierda su lengua. […] Para el estudio de los otomíes de Temoaya hay un caso de una generación que decide ya no enseñar la lengua porque cuando iban a los centros urbanos vivían situaciones difíciles por la discriminación. Su lengua, llamada ñañu, no se extinguió porque los adultos dejaban a los niños con los abuelos cuando ellos salían y fueron ellos quienes le enseñaron la lengua. Tenemos muy pocos grupos que no renuncian su vestimenta, también está su cosmovisión del mundo, la cual también es objeto de burla.”, señala Guillermo Alfaro, Antropólogo Social de la Universidad Iberoamericana, especializado en multiculturalismo y pueblos indígenas.

Muchos indígenas agradecen perder el contacto con las lenguas originarias, pues eso significa que ya no serán discriminados. Sin embargo, ahora hay gente que a partir del movimiento de reconocimiento siente la seguridad y orgullo para decir ‘soy indígena y hablo la lengua’. Para Itzel, esto no representa un daño a su identidad, pues dice que “ya dejó de ser algo importante”.

Para la investigadora de la CDI “hay otros elementos que no solo identifican a los pueblos, también los caracterizan. La lengua no es lo único. Tienen sus sistemas normativos, sus festividades, su cosmovisión, cómo reconocen la naturaleza y cómo interactúan con ella. […] Eso es lo que los fortalece. En la medida en que ellos se sientan identificados, se sienten como grupo y pueden exigir como tal. Esa es la parte importante de la identidad.”

Sin embargo, se corre el riesgo de que los jóvenes que ahora viven en la ciudad se vayan alejando paulatinamente de todos los elementos que conforman su identidad. En el caso de Itzel, sus dos sobrinos no conocen ninguna palabra en otomí ni han visitado el pueblo. “Es mejor adaptarse a vivir acá”, dijo mientras el niño de cuatro años entraba sigilosamente por la puerta del número 200 de la calle Guanajuato.

*Algunos nombres fueron modificados por discreción de los entrevistados.

 

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