Una de las imágenes más frecuentes de la primavera japonesa es la de los cerezos en flor.
Simbolizando el paso del tiempo, el ciclo de la vida y su condición efímera, este árbol es capaz de transmitir una serie de sentimientos y emociones que plantean reflexiones en torno a lo humano y lo divino.
Tal idea la recogió perfectamente bien la directora germana Doris Dörrie, quien en su tercer cortometraje, “Cerezos en flor” es capaz de narrar una historia cargada de simbolismo y poesía, mezclando elementos de la cultura oriental con el espíritu alemán.
El filme narra la historia de dos padres que viven en la provincia alemana de Bavaria. Él (Rudi) padece cáncer; sin embargo, la noticia sólo la sabe ella (Trudi), quien es admiradora de la danza Butoh y sueña con conocer el monte Fují.
Debido al severo diagnostico, los doctores recomiendan a Trudi que realice un último viaje con su esposo, por lo que ella trata de convencerlo de ir a Japón, sin obtener resultados.
Lo que sí logra es impulsarlo a realizar un viaje a Berlín, donde viven dos de sus hijos. La estadía en ese lugar es fría y los padres sienten el total desapego familiar.
Justo al amanecer y poco antes del regreso, Trudi muere apaciblemente, dejando a Rudi en completa soledad. Es ahí cuando el esposo decide emprender el viaje a Tokio para encontrarse con los anhelos de su mujer.
Una película que homenajea al legendario director japonés Yasujiro Ozu, retomando muchas de sus motivaciones: la incomunicación generacional de una familia, la soledad debida a la muerte del cónyuge, los hábitos cotidianos y el matrimonio de los hijos.
El mensaje final cuando apagamos la televisión es una inevitable reflexión acerca de qué tanto olvidamos nuestro pasado ancestral y cuánto creemos en el ciclo continuo de la vida, aún cuando muchos ya no estén aquí…
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