Marzo 18, 2010  |  Ciudad de México
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Libros y letras para nuevas generaciones




Empezó como librería de autoservicio. Ahora, el Sótano pretende llegar a todo el país vía web y con nuevas sucursales.


Todo empezó cuando don Manuel López Gallo, catedrático de la UNAM y autor de libros de política, decidió abrió una librería. “Mi padre era un lector voraz que un buen día quiso abrir una librería. Entonces empezó a buscar el local ideal”, comenta Pedro López Ramírez, hijo de don Manuel y actual director general de Librerías El Sótano.  

El ejecutivo continúa la anécdota: “El dueño del edificio San Antonio, sobre avenida Juárez, le propuso rentar un sótano poco tradicional. Para entrar se requería transitar por un pasillo de apenas metro y medio de ancho, pero el espacio interior era visualmente impactante: 1,000 m2 de exhibición.”  

El Sótano –que de ahí tomó su nombre– abrió sus puertas en diciembre de 1967, con 25,000 títulos y un horario inaudito: de 9 de la mañana a 12 de la noche. La librería fue pionera en el autoservicio en México, pues por primera vez sus visitantes tenían contacto directo con los libros, desplegados en grandes mesas y exhibidores. En 1968, durante el movimiento estudiantil, en El Sótano coincidieron profesores, alumnos e intelectuales. Luego se hizo de renombre, hasta que el sismo de 1985 marcó un parteaguas en su historia.  

Como la estructura de la librería se afectó de forma importante, la familia decidió cambiar la casa matriz al sur de la ciudad, a la librería con más variedad del país: 70,000 títulos distintos que se vuelven 85,000 antes de comenzar los ciclos escolares. Con material complementario, como películas, dvd y material didáctico, el número de productos distintos llega a 100,000.  

Quienes conocen la sucursal de Miguel Ángel de Quevedo desde hace varios años, recordarán un dato curioso. En un inicio, sólo uno de los dos niveles –el inferior– era librería. “Por eso se llama El Sótano”, suponían quienes nunca visitaron la sucursal de Juárez 64.  

En realidad, la librería era un negocio de carácter tan familiar que la planta de arriba hacía las veces de hogar de los López Ramírez. “Donde ahora están los discos –revela Pedro como si recordara sus travesuras– era mi cuarto. Nos tocaba marcar libros, vender, limpiar, acomodar... Aún hoy seguimos siendo una empresa familiar, con todo lo que implica”.  

El Sótano ya cumplió cuatro décadas de vida y, para celebrarlo, el directivo desentraña los secretos del negocio.   Seguro se han acercado a ti empresarios con propuestas. ¿Permanecerán como una firma familiar? Queremos seguir así; somos muy celosos del negocio. Cuando me preguntan cuánto vendí, prefiero decir que este año vendimos 1.7 millones de ejemplares. No somos ni millonarios ni mucho menos, pero nos llena de orgullo abrir sucursales y vender más en internet, que meter más dinero a una cuenta personal.  

¿Crees que el negocio de las librerías en México es muy amateur? Sinceramente, sí. Hasta hace 10 años, las librerías eran muy profesionales. La gente culta atendía el negocio y enseñaba a quienes trabajaban ahí. Ya no es así. Somos de los pocos que buscamos personal con experiencia en el ramo, o estudiantes de Humanidades que desean hacer carrera con nosotros. ¿Por qué? Porque si tienen ese interés por los libros darán un plus.  

Lo primero siempre debe ser ofrecer un servicio excelente para crear lealtad. Luego debemos asegurarnos de tener vendedores suficientes: hoy, en las seis sucursales suman 300. Por eso, en el futuro veo macrolibrerías y firmas extranjeras entrando a nuestro país.   ¿Qué pasará aquí, en la sucursal matriz, rodeada de muchos centros comerciales? Siempre hemos dicho que no estamos en venta, pero podemos platicar. Si nos dicen: “Déjame integrarte a mi centro comercial en exclusiva”, eso suena razonable.  

Mi papá y uno de mis hermanos decían que la gente viene por aquí porque estamos nosotros; somos un lugar de destino. Yo siempre he creído que somos diferentes, pero si entramos a un centro comercial podremos llegar a un público que, como por arte de magia, podrá disfrutar de una librería grande, una de verdad, no de una cafetería con libros.  

Uno piensa que Gandhi fue pionero en muchas cosas. ¿En qué cosas fueron ustedes los primeros? En el autoservicio. Basta ver quién abrió primero. Eso sí, ellos fueron pioneros en el café, en los productos alternativos [discos, películas] y en la publicidad, aunque todo el mundo se acuerda de su cartelera y no de su librería.  

[Aquí se abre un gran paréntesis: desde 2002, El Sótano vende productos en el sitio web www.elsotano.com. En 2003 inauguró El Sótano de los Niños y en 2006 abrió, en Coyoacán, El Rincón del Sótano, un foro para eventos culturales, talleres de lectura, presentaciones de libros, escenificaciones teatrales, veladas poéticas y recitales musicales].  

Gandhi fue primera en franquiciar. ¿Y ustedes? No franquiciamos. Todas las tiendas son propias por una razón: este negocio es de crédito. Las editoriales nos brindan millones de pesos en mercancía por nuestro prestigio de 40 años; y los distribuidores tienen que garantizar el cobro de sus libros, ya sea en efectivo, firmando una letra o una escritura…Eso complica las franquicias en este negocio.  

¿Cuál sería tu sueño como empresario? Cuando mi papá fundó la librería nunca se imaginó este crecimiento. El negocio es cinco veces más grande que hace 10 años. Tenemos seis sucursales: cuatro en el Distrito Federal, una en el Estado de México y otra en León, Guanajuato, pero tenemos planes de abrir en Querétaro y Guadalajara.  

También queremos hacer realidad el sueño de mis padres. En 1972, ellos crearon el programa Cultura sobre Ruedas, un tráiler lleno de novedades editoriales que recorría las plazas de todo el país. Abría sus puertas y vendía. Quiero concretar ese sueño, inaugurando una sucursal en cada estado del país. Ése es nuestro anhelo.  

¿Cuál es tu libro favorito? ¡Híjole! Es muy difícil escoger sólo uno. Pero si tengo que elegir uno, sin duda diría que El Quijote. De niños, mi papá nos regaló una edición ilustrada con dedicatoria y nos la narraba. ¡Imagínate cuánto vale hoy esa dedicatoria! De joven, cuando tuve la inquietud de estudiar Letras, falleció el amigo más querido de mi padre. Un buen día padre me dijo: “Hijo, cuando platicaba con mi amigo, me decía que de joven El Quijote lo hacía reír y de viejo, llorar”. Eso se me quedó muy grabado.  

Volví a leerlo cuando entré a la Facultad, cuando salí de la Facultad y hace un año. Es increíble lo que encuentras en él cada vez que lo lees. Siempre está vigente: te enseña sobre tu vida cotidiana, sobre los negocios, sobre la familia y a nivel personal... Conforme uno evoluciona como persona, siempre lo lee de una manera diferente.

 

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