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¿No te gusta? Te callas: el plan de los políticos contra la crítica

La clase gobernante ha tomado una postura radical ante los cuestionamientos de la sociedad, en la que la violencia verbal y las amenazas son la respuesta a cualquier intento por exigir una rendición de cuentas.

31-05-2017, 6:40:16 AM
gobierno silencio sociedad

La muerte de periodistas es, sin duda, lo más pavoroso. Una voz incómoda para cierta persona o grupo es silenciada permanentemente. El gobierno juega un papel central en ello por esa casi certeza absoluta de impunidad: el crimen sin castigo. El escenario ideal para aquellos que quieren amedrentar sin necesariamente pasar a la acción. Imposible saber cuántas voces prefieren callarse, dejar de moverle, mudarse a otros temas (más vale publicar en la página de sociales), para preservar su vida.

¿Para qué escribir sobre ciertos temas y mostrar valentía, cuando el cementerio está lleno de valientes?

Pero hay otro elemento igualmente grave cuando se trata de voces de la sociedad (o lo que también se denomina como “sociedad civil”): los gobernantes y clase política como silenciadores. En muchos aspectos son una casta dorada gracias a sus astronómicos sueldos y generosas prestaciones. Frecuentemente rodeados de un séquito obsequioso, protegidos por un contingente de guardaespaldas, transportándose en camionetones de los que a veces no pagan ni la gasolina (ni el automóvil, puesto que es una prestación por su cargo), a muchos les gana la prepotencia y la arrogancia.

¿Cómo puede atreverse un vulgar ciudadano de a pie a cuestionar su sabiduría, a denunciar sus acciones o a tratar de limitar su poder? Los ejemplos abundan precisamente porque los miembros de la clase política que han desarrollado soberbia y prepotencia igualmente son numerosos. Malo sería que esos políticos optaran por el silencio, sencillamente no responder, ante los cuestionamientos. Pero es mucho peor cuando los confrontan tratando de silenciarlos. Van tres casos recientes (entre muchísimos disponibles).

Senador Puente vs. CEEY

El Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), un centro académico, cometió la osadía de cuestionar la propuesta del presidente Enrique Peña Nieto de que una Vicepresidencia del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el INEGI, fuese ocupada por una economista, Paloma Merodio. El perfil curricular presentado por Peña estaba grotescamente inflado para justificar la propuesta. El hecho es que Merodio no cumplía con requisitos legales para ocupar el cargo.

Muchos senadores quedaron evidenciados por su obsequiosidad ante el Ejecutivo. El nombramiento fue aprobado. Ya eso es reprobable, pero antes, un senador del Partido Verde Oportunista (nombre no oficial), Carlos Puente, tuvo a bien amenazar al CEEY con una auditoría del SAT. En palabras memorables, dijo que para exigir legalidad hay que cumplirla.

Tan sencillo: tú me acusas de romper la ley, pues yo te acuso. El mensaje fue más simple: cállate.

Gobierno de Puebla y CEEY

El CEEY ha tenido otro papel central en denunciar los mecanismos por los cuales ciertos estados se endeudaron con esquemas que apenas rayaban (o de plano violaban) la legalidad. Destacadamente, fideicomisos “privados” cuyo pago se garantizó con impuestos locales. Ingresos futuros, hasta por 20 años, quedaron comprometidos. El gobernador del momento no sólo tenía a su alcance mucho dinero para presumir a la ciudadanía (obras, programas), sino recursos que podía manejar con mucha mayor discreción y menor transparencia. Esto es, que bien pudieron terminar en otros renglones que no fueron obras o programas.

El gobierno de Rafael Moreno Valle en Puebla ha sido de los más señalados por el CEEY, afectando las aspiraciones presidenciales del hoy ex gobernador que está en gira nacional promocionándose como posible candidato presidencial (bajo, literalmente, la cubierta de un libro autobiográfico que publicó recientemente). En reunión reciente entre el Secretario General del gobierno poblano (que también lo fue de Moreno Valle) y el Director Ejecutivo del CEEY, algo se conversó sobre el tema. ¿Qué exactamente? Las versiones de ambos difieren, aunque ciertamente (en ello coinciden) se habló de deuda.

AMLO vs. medios

El ejemplo más reciente de la arrogancia de un político contra voces de la sociedad, en este caso ambas en radio, son dos entrevistas con Andrés Manuel López Obrador. El tabasqueño mostró en abundancia tanto arrogancia como intolerancia. No puede concebir, al parecer, que se dude de sus dichos. Lo que él cree no debe ser sujeto de duda, sino reproducido, como eco, por los medios. La discusión radiofónica con José Cárdenas fue paradigmática, pero más todavía la que sostuvo con Carmen Aristegui, quien ha mostrado simpatía por el candidato presidencial de Morena. Al parecer nada le valió a la periodista esa actitud pasada.

Lo que AMLO deseaba, prácticamente exigía, era claro: que se le dejara hablar, acusar a otros, sin enfrentar el menor cuestionamiento. No buscaba un diálogo, menos clarificar sus posiciones, sino recitar ante micrófono abierto sus dichos, al parecer sólo para ser ovacionado por su contraparte. Los intentos por interrogarlo llevaron a la molestia y numerosas descalificaciones. De milagro no acusó a sus interlocutores de ser miembros de la Mafia del Poder.

Tres ejemplos, entre muchos. Lo que enfrentó el CEEY es igualmente cotidiano para Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), por citar otra organización destacada en el frente de sociedad vs. clase política. Los numerosos casos son muestra evidente del divorcio entre ambas partes.

El mensaje de muchos políticos a la sociedad de la que emanaron es simple: yo no estoy para servirte, sino tú para servirme y además aplaudirme. No estoy para rendirte cuentas, sino para pasarte mis cuentas. ¿No te gusta? Te callas. ¿No lo haces? Usaré el poder que tengo, y que obtuve gracias a ti, para tratar que lo hagas.

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