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Ni Gonzalo Rivas, ni los 43 de Ayotzinapa debieron suceder

Los padres de los 43 normalistas que han manifestado públicamente su rechazo a la entrega de la medalla a Gonzalo Rivas, un error táctico que los coloca en una batalla perdida. La justicia debería exigirse para los dos casos.

25-11-2016, 10:56:53 AM
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Hoy el Congreso entregó la medalla póstuma Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas Cámara, aquel héroe anónimo que el escritor Luis González de Alba se empeñó en que se le diera visibilidad y justo reconocimiento.

Su historia ha sido ampliamente difundida por los medios de comunicación desde que la candidatura de Rivas a la presea fuera formalmente retomada en el Senado: Gonzalo murió tras 19 días de agonía provocadas por las quemaduras de tercer grado que obtuvo por intentar apagar el incendio en una gasolinera en la autopista del Sol que pudo haber provocado la muerte de cientos de personas el 12 de diciembre de 2011.

Esta información basta para la validación moral del actuar de aquel ciudadano que salvó vidas de desconocidos a costa de la suya y debiera bastar para el consenso en su reconocimiento público por todo lo alto.

Sin embargo, hay más elementos en la crónica de la tragedia que abrieron el debate sobre los “costos” de otorgársela: que aquel incendio se provocó mientras la gasolinera y la caseta contigua eran tomadas por un grupo de personas que se identificaron como normalistas de la escuela rural de Ayotzinapa y como miembros de organizaciones campesinas guerrerenses.  De ahí que algunos articulistas y también contados legisladores del PT señalaran el impulso de la condecoración a Rivas Cámara como un intento tramposo de estigmatizar el movimiento de los padres de los 43 estudiantes desaparecidos en septiembre de 2014 en Iguala.

Algunos de sus argumentos caen incluso en lo ofensivo, como sostener que no se puede comprobar que efectivamente gracias al actuar de Rivas se evitó una tragedia mayor, minimizando el hecho de que con su simple decisión de enfrentar las llamas en lugar de buscar refugio ya se da fe de una actitud de servicio meritoria para el reconocimiento público. Que si hay muchos otros héroes anónimos de los que no se habla y este es elegido a conveniencia, etc, etc.

Quienes demeritan de esa manera la entrega de la Belisario Domínguez 2016 caen en un error frecuente de un sector de la izquierda muy enquistado: la intolerancia. En saltar ante cualquier acción que, según su entender, pretenda motivar la crítica hacia los personajes que ellos determinan son intocables, como si ostentaran una facultad plenipotenciaria de canonización y condena, cuando más bien lo que se requiere es dejar de construir relatos donde todo sea concebido en términos absolutos de negros y blancos, del Estado siempre villano y el pueblo siempre víctima (con la necesaria nota al pie de que su concepción de “pueblo” también se presta a discusión), o estás conmigo o contra mí.

Y es que, cuando se adolece de una perspectiva que permita una escala de grises en el análisis, se bloquea la oportunidad de enriquecer el que debiera ser el debate central: ¿cómo fortalecer nuestro tan vulnerado Estado de Derecho como única vía para que las dos tragedias, la muerte de Rivas y la desaparición forzada de los 43 nunca más ocurran?

Un buen paso sería el reconocimiento unánime de que la vandalización de la protesta social es un problema que ha llegado a costar vidas y ahí hay una tarea pendiente de purga y deslinde. Las prácticas que algunos grupos de normalistas volvieron cotidianas como el robo de camiones y la toma de casetas a nombre de “la defensa de la causa” son injustificables porque atentan contra derechos de terceros, del mismo modo que resultan injustificables los crímenes de la noche de Iguala donde se sumó el condenable factor de la participación de autoridades municipales coludidas con las redes del narcotráfico.

Lo que hay que entender es que un argumento no invalida ni deslegitima al otro, y es que, cuando se plantea de esta manera, se evita reforzar las desafortunadas interpretaciones del tipo “Tampoco eran unos angelitos, ellos se lo buscaron”, sino que se logra subrayar la batalla compartida:  la protección de derechos, el respeto a la ley y el ataque a la inseguridad e impunidad.

Los padres de los 43 normalistas que han manifestado públicamente su rechazo a la entrega de la medalla a Rivas cometen un error tácito que los coloca en una batalla pérdida, porque precisamente refuerzan la contraposición entre él como el héroe y los normalistas (así, en colectivo) como los villanos. Más bien, su discurso debería encausarse en pedir justicia tanto para el ingeniero que perdió la vida como consecuencia de actos vandálicos sin esclarecer, al igual que la siguen pidiendo por sus hijos, que aún no aparecen y quienes en 2011 no habían ingresado en la normal de Ayotzinapa.

*La autora es consultora en comunicación política. Socia-directora de la firma hispanomexicana Abella & Valencia 

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