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Es momento de tener la segunda vuelta electoral

Cada vez es más frecuente que, después de un proceso electoral, hay más dudas que certezas. La necesidad apremia y es prioritario poner sobre la mesa el debate de una segunda vuelta electoral en México.

12-06-2017, 9:56:55 AM
segunda vuelta electoral del mazo delfina

La noche del domingo 4 de junio en el Estado de México fue más una noche de café para aguantar hasta tener certeza sobre unos resultados cerradísimos que una noche de brindis desbordado y campanas al vuelo para nadie. ¿Por qué sigue esa obsesión de declararse ganadores y confundir a la gente?

De acuerdo con el conteo definitivo del Instituto Electoral del Estado de México (IEEM) el priista Alfredo Del Mazo logró la victoria con una ventaja menor a los tres puntos y, por las declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, se prevé que esta elección será impugnada.

Por lo cerrado de los resultados y el proceso judicial que se avecina quedan escenarios abiertos sobre el final de esta carrera por suceder en su cargo a Eruviel Ávila Villegas. Sea cual sea el desenlace —que Del Mazo obtenga su constancia de mayoría o se anulara la elección—, al día de hoy los partidos ya cuentan con un par de lecciones que aprender de su última prueba previa a la presidencial de 2018. Veamos uno a uno:

Primero, el virtual ganador: el PRI. Sí, las elecciones se compiten para ganar y lo han conseguido, así que tienen motivos para celebrar. Sin embargo, si se pierden en la borrachera de este éxito local dejarán de ver que han ganado su principal bastión con el peor resultado de su historia: menos del 35% de votación cuando en la elección de 2011 habían obtenido el 64.97%.

Enrique Peña Nieto ha obtenido un ligero respiro, pero la elección en su entidad natal era su prueba de fuego y no ha conseguido la victoria contundente que requería para frenar la percepción de que todo lo que huela a “peñista” es riesgoso para los intereses del tricolor. Muy probablemente, Ana Lilia Herrera, la candidata que no fue, se hará presente en la mente de muchos priistas mexiquenses si es que su victoria se tambalea en los juzgados.

Morena, por su parte, es la formación política que más riesgo corre hoy mismo, ya que, aunque en redes sociales ha circulado la información suficiente para que puedan argumentar como legítimo el optar por un proceso de impugnación —denuncias de compra de voto, acarreos documentados, hasta la grotesca imagen de cabezas de cerdo como recurso intimidante— dados los antecedentes de “mal perdedor” de su líder nacional, el desgaste que este proceso implicaría puede muy fácilmente reforzar esa imagen de rijosidad y obstinación que sus asesores tanto han querido aminorar.

Por eso es que en sus videos en redes sociales durante la velada electoral el tabasqueño se empeñaba en subrayar el mensaje de “no violencia” después de afirmar que “no permitirán el fraude”. Sus seguidores de siempre estarán ahí, fieles, como han estado hasta hoy, pero para muchos otros electores que ejercieron voto útil por Delfina Gómez motivados por su deseo mayor de “sacar al PRI”, tendrán muy presente —y probablemente en 2018 le pasen factura— que había un camino mucho más seguro (pactar una alianza con el PRD) que simplemente desdeñó.

AMLO tiene la oportunidad de aprender de esta elección que la estrategia de comunicación extremadamente personalista de su partido tiene un tope, que es pecado restar tanto protagonismo a sus candidatos, que tras el escándalo de Eva Cadena ya no puede continuar con el argumento de que su formación y todo lo que su mano toque es puro.

Está ante la posibilidad de corregir e intentar mostrar que es capaz de construir un proyecto realmente crítico y autocrítico, de formar cuadros de donde emanen liderazgos visibles a los que deje crecer para que capten a esos otros votantes que su mesianismo los aleja, y, lo más importante, que es capaz de formar una alianza de izquierdas donde prime el diálogo y los puentes y no los intentos por imponer pleitesías. El problema es que su trayectoria, con todo y sus ínfulas de redentor absoluto, hacen que esto se perciba muy poco probable.

Por su parte, el PRD, perdiendo ha ganado. El tercer lugar de Juan Zepeda le permite salir de la terapia intensiva en la que se encontraba para colocarse como aquel actor con el que PAN o Morena querrán negociar si quieren tener en 2018 un camino a Los Pinos mucho más favorable.

El PAN, ciertamente, quien peor queda pero quien más anticipado tenía el golpe que al final se confirmó con una Josefina Vázquez Mota que, por increíble que parezca, resultó peor candidata que su antecesor, el muy gris Luis Felipe Bravo Mena, no sólo porque obtuvo un 1% menos que él en 2011, sino por esa habilidad por perder tantos puntos en tan poco tiempo. Estos resultados no harán más que recrudecer la pugna interna entre las corrientes de este partido que se dedicarán a echar culpas por este ominoso resultado.

Y, de manera más general, este proceso (que aún no cerrará), reafirma la realidad en la que desde hace varios años se encuentra el escenario político mexicano: mayor competencia, fragmentación del voto opositor, debilitamiento del peso de las estructuras partidistas, necesidad de alianzas (y por ende, obligatoriedad de diálogo democrático entre las distintas fuerzas) e incertidumbre en los resultados.

Por todo esto, es que, de nueva cuenta, queda sobre la mesa la pertinencia de contemplar la segunda vuelta electoral como figura necesaria para reforzar la legitimidad de los gobiernos electos, porque, ciertamente, sería mucho más sano contar con la posibilidad de balotajes ante resultados tan cerrados que sumar frustraciones entre la ciudadanía porque no sean los votos los que definan al ganador, sino los juzgados.

*La autora es consultora en comunicación política, socia directora de la empresa hispanomexicana Abella y Valencia.

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