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Olvida las listas, nada detiene a la violencia en México

Este país figura en las listas de los países más violentos en el mundo y con más asesinatos a periodistas, pero no importa el lugar en cierta estadística, lo que no está sujeto a discusión es que la situación es pavorosa.

17-05-2017, 6:35:35 AM
violencia en mexico

¿Es el nivel de violencia en México el segundo después de Siria a nivel mundial? ¿Qué sitio ocupa como lugar en que se mata a periodistas? ¿Será el número de homicidios en 2017 el mayor desde 2011, marcando la definitiva reversa de una tendencia que mucho presumía el gobierno? ¿En qué nivel internacional se encuentra el país con respecto a muertes violentas por habitante? Hablando de estadísticas terroríficas, ¿cómo van los secuestros?

Las métricas son importantes, de hecho fundamentales, pero al cabo es importante recordar a Mark Twain, quien se mofaba diciendo que hay tres clases de falsedades: las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas.

Medir es importante, pero no todo. Las comparaciones son en muchas instancias poco útiles. Por supuesto, muchas estadísticas sirven para distorsionar la realidad.

Porque no importa el lugar de México en cierta estadística. Digamos simplemente que es “X”. Lo indudable, no sujeto a discusión, es que la situación es pavorosa. Porque lo evidente es que, para muchas personas, arrebatar una vida y destruir muchas otras haciéndolo no vale nada. Porque la degradación es patente cuando los muertos tienen que ser muchos y las circunstancias fuera de lo común (fuera de lo “normal”) para que llegue a ser noticia.

Un mexicano de 1987 se impactaría de lo que ocurre en forma cotidiana en el país 30 años en el futuro. Viene de un país en colapso económico, acumulando cinco años con un PIB en contracción y una inflación pavorosa, muchas veces de tres dígitos.

Un tema recurrente es la deuda externa y la enorme carga que representa. Pero se puede circular por todas las carreteras del país sin pánico, ir a un cajero automático sin desear que haya un policía con metralleta en la puerta, caminar con anillos o pulseras por la calle sin el temor de un asalto con pistola o cuchillo.

Porque el México de 2017 es uno en que el ejército, sí, las fuerzas armadas, libran batallas dentro del país para tratar de arrebatar territorio a las mafias, sea de las drogas o del robo de combustible (entre otras actividades). Es un país en que ciertas regiones no tienen servicio de autobuses debido al peligro que corren las unidades de ser asaltadas.

La palabra “guerra” se usa muchas veces para describir lo que ocurre, y es apropiada. El consuelo es “Siria está peor”. Efectivamente, se cita como contraste optimista a un país colapsado por una brutal guerra civil. Igual se habla de la violencia en las urbes brasileñas o los homicidios en Venezuela, siempre el comparativo para alegar (con ciertas cifras en la mano) que se puede caer mucho más bajo.

Si algo demuestra México es que una economía emergente, importante a nivel mundial, también puede convivir con la violencia extrema. Tanto que uno la asimila y eventualmente la niega relativizando. Porque no es para tanto, pero al mismo tiempo uno sabe, es plenamente consciente, que no es ni tiene que ser lo habitual.

El presidente Peña no quiere entender que ésa es parte de la crisis que vive el país bajo su gobierno. No es inflación, tampoco recesión (aunque el nivel de crecimiento sigue siendo paupérrimo), es privación de la vida o de la libertad, o extorsión en el negocio. Efectivamente, el miedo está en la mente ciudadana, con la raíz en lo que se ha vuelto cotidiano.

El gobernador capitalino, Miguel Ángel Mancera, sufre del mismo espejismo cuando se obstina en presentar la ciudad que gobierna (es un decir) como un oasis de tranquilidad en un país hundido en el terror. Cuando se ve obligado a confrontar la realidad, crímenes más allá de lo “normal”, la culpa es de otras entidades que exportan sus actividades ilícitas a la megalópolis.

La esperanza existe. Colombia y Perú enfrentaron problemas de guerrillas que llegaron a infestar sus urbes. Hoy un limeño de 1987 no reconocería la capital de su país, pujante en lo económico y pacificado en lo social, con Sendero Luminoso un mal recuerdo. La luz al final del túnel existe. Sin embargo, en estos momentos lo que está a la vista de los mexicanos no parece una luminosidad que trae esperanza, sino la certeza de un tren que viene a arrollar lo que queda en pie.

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