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Los días perdidos del gobierno mexicano

A un cuarto de sexenio por concluir, el actual gobierno parece empeñado no en buscar “un país próspero y de oportunidades para todos”, sino el bienestar para un grupo muy selecto: el propio.

14-06-2017, 1:00:16 PM
méxico
Foto arte.

En su discurso inaugural como Presidente, Enrique Peña Nieto cifró lo deseable y posible en los límites temporales de ese gobierno que entonces iniciaba:

En la vida de un país, seis años son un periodo corto, pero dos mil 191 días son suficientes para sentar las bases de lo que desde ahora debe ser nuestra meta: Hacer de México un país próspero, de oportunidades y de bienestar para todos.

Al día de hoy de ese plazo quedan 517 días. No son pocos, pero puede preverse lo que ocurrirá durante ese periodo todavía significativo: con suerte muy poco, esto es, poco que ayude a hacer de México “un país próspero, de oportunidades y de bienestar para todos”.

Por otra parte, sí puede preverse qué ocurrirá: acciones del gobierno para tapar las corruptelas pasadas y presentes y, de seguir la tendencia actual, mayor aumento en el crimen. Durante la campaña federal de 2018, podría pronosticarse con certeza un gobierno volcando todos sus recursos, sin el menor pudor, para tratar de ganar la elección de la misma manera en que ganó el estado otrora gobernado por Peña y sus familiares en diversos sexenios: con la mínima diferencia, pero victoria al cabo. El patrón Edomex ampliado para tratar de mantener Palacio Nacional.

Al mismo tiempo el gobierno peñista se obstina en ignorar públicamente una sombra que se agiganta sobre diversos países latinoamericanos: Odebrecht. Ese silencio hace pensar en temor y complicidad, y no sorprende en una administración que pasó de presumir su eficacia a ser percibida como la más corrupta desde los aciagos días de José López Portillo.

El escándalo Odebrecht en México es peculiar: perturbador no por lo que se sabe, sino por lo poco que se escucha (¿el anterior director general de Pemex recibió un soborno de cinco millones de dólares para facilitar contratos a la empresa?) y lo mucho que evidentemente se esconde. Odebrecht, esa sí, puede convertirse en una pesadilla para la administración en los 517 días que le restan. ¿Podrá ser sacado a la luz por ese Sistema Nacional Anticorrupción que no acaba por consolidarse? Quizá y ojalá.

Emilio Lozoya, el eslabón silencioso entre Pemex y Odebrecht

Peña Nieto y su gobierno pierden igualmente el tiempo buscando justificar lo injustificable. La cantaleta de la corrupción como algo cultural ya lleva años, pero el titular del Ejecutivo no parece querer dejar de entonarla, quizá porque se ajusta muy bien al estrepitoso fracaso de su gobierno en ese rubro, así como a la voracidad de muchos miembros de su partido (ex miembros sólo cuando los atrapan).

Más reciente es aquello de que la crisis es un estado mental. Quizá Peña esté pensando en la evolución del PIB, en que no hay recesión, y no en la rutinaria matazón de compatriotas o en la percepción de un gobierno a la deriva. Eso, aunque no le agrade, es un país en crisis.

Días igualmente perdidos en tratar de recuperar la gobernabilidad plena. Porque cuando una persona no puede viajar por cierta autopista o carretera o visitar cierta región, es que el gobierno no existe en esa área. En ese pequeño o gran fragmento del territorio nacional hay un Estado fallido. Las diversas formas de crimen organizado, los huachicoleros un ejemplo destacado y reciente, haciendo de las suyas sin freno alguno, con la población respectiva subyugada por el miedo.

No más reformas ambiciosas, como aquellas que caracterizaron el “Pacto por México”, que ahora parece parte de la prehistoria. No se invierte el tiempo en tejer alianzas para el futuro, sino para consolidar ámbitos de poder. Hace no mucho el gobierno peñista forjó en el Senado un bloque que permitió colocar como vicepresidente del Inegi a una persona cuyos antecedentes laborales no cumplían, ni de lejos, los requerimientos legales. Al parecer la intención era doblegar al Inegi para que modificara sus mediciones sobre pobreza. Si esa era la intención, fracasó, pero sólo gracias sólo a una defensa del propio organismo (que colocó a la flamante Vicepresidente en otra posición).

En ese sentido, es de desear que Peña Nieto no vea la gubernatura del Banco de México, que dejará vacante Agustín Carstens a fines de este año, como otra posición a rellenar con uno de sus fieles. Lo que es evidente después de lo ocurrido con el Inegi es que el Senado aprobaría hasta a una persona poco conveniente para el cargo.

A un cuarto de sexenio por concluir, el gobierno peñista parece empeñado no en buscar “un país próspero, de oportunidades y de bienestar para todos”, sino las oportunidades y bienestar para un grupo muy selecto: el propio. Si ello trae consecuencias positivas para el resto de la población, perfecto; de no ser el caso, mala suerte. Todo indica que ese dinámico Ejecutivo que tomó posesión en diciembre de 2012 hace tiempo que tiró la toalla.

Nota del editor: Este texto refleja la opinión del autor y no necesariamente el punto de vista de Alto Nivel. 

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