A Fondo

Lo que nadie dice de la inversión extranjera en México

Mientras la inversión extranjera directa aumenta dramáticamente en todo el mundo, México conserva la misma proporción que hace 35 años. ¿Por qué?

22-06-2016, 7:03:13 PM
Lo que nadie dice de la inversión extranjera en México
Arnulfo R. Gómez

Si la atracción de Inversión Extranjera Directa (IED) es una meta del gobierno mexicano desde hace años, hay que decir que NO ha logrado aumentar su posición de mercado frente al resto del mundo.

Si bien los montos anuales de este capital han crecido, en comparación con el periodo previo a 1994, a México le sigue llegando un promedio de 2% anual del total de inversiones extranjeras en el planeta. México, uno de los países más abiertos a la inversión y al comercio internacional, nunca fue un gran atractor de capitales: los picos que ha alcanzado en algunos años, como 1994, 2001, 2007 o 2013, apenas lo llevaron por encima de 4% del total global, en gran parte debido a la adquisición de grandes empresas mexicanas como es el caso de Banamex y de Grupo Modelo.

Este tipo de inversión extranjera es la menos positiva, toda vez que los empleos y otros beneficios ya fueron generados internamente; lo que se traslada de ahí en adelante al exterior son las utilidades.

La apertura comercial indiscriminada y la falta de una política industrial han hecho de México un país en donde, con la excepción de contadas industrias, es más fácil enviar productos de exportación que instalarse directamente. La única forma de remediar esta situación es, entre otras cosas, arreglar al principal componente responsable de la baja productividad del país: el gobierno y sus servicios.

No todo es tan bueno

La importancia de la IED ha crecido globalmente, ya que las empresas, al establecerse en otro país, obtienen importantes beneficios económicos, entre los cuales podemos mencionar mayores ingresos por su tecnología, es decir, por sus procesos de fabricación, equipos, software o métodos de administración; así como por los conocimientos específicos del sector.

Estas ventajas les permiten establecer alianzas estratégicas con empresas locales para complementarse, con el fin de utilizar los canales de comercialización ya existentes o, simplemente, expandir el mercado externo para sus productos.

Para los países receptores, los beneficios de la IED al desarrollo de su economía son numerosos: complementa al ahorro interno, tiene un impacto favorable en la balanza de pagos, crea nuevos activos, genera transferencia de tecnología, incrementa la oferta de productos, crea una mayor competencia al aumentar la eficiencia de las empresas, genera productos a precios competitivos, contribuyendo a reducir la inflación; proporciona canales de distribución en el país de origen del capital y, sin duda el más importante, crea empleos, lo que tiene un efecto tangible en la generación de riqueza, así como en el incremento del nivel del vida de la población.

Sin embargo, la IED también tiene efectos negativos: limita el proceso nacional de industrialización, en algunos casos contribuye a crear dos economías; los sectores que se desarrollan lo hacen en función de la importancia o intereses de la empresa o el generador de la IED; la adquisición de activos, en ciertas ocasiones, elimina puestos de trabajo por la aplicación de tecnologías más desarrolladas, la reestructuración de las firmas adquiridas y la reorientación de sus actividades; en ocasiones, el monto pagado a los nacionales por la venta de sus empresas se deposita en el extranjero y, finalmente, en el largo plazo las ganancias de las empresas extranjeras normalmente se trasladan a su país de origen, lo que significa que las ganancias no se quedan en el país receptor. Es decir,  también representa una salida de divisas.

Poca integración nacional

Los cinco objetivos de México al firmar el TLCAN en 1994 eran lograr una integración comercial y productiva con Canadá y EU; aprovechar las ventajas comparativas de cada país en la producción compartida; incrementar la competitividad en la producción de bienes y servicios en el mercado regional y en el internacional; captar mayor volumen de inversión extranjera directa y generar más y mejores empleos para elevar la calidad de vida de la población.

Desgraciadamente, ninguno de los objetivos propuestos se ha logrado, debido a que no hubo complemento alguno que permitiera a México aprovechar las supuestas ventajas negociadas. En su lugar se adoptó un liberalismo dogmático que tuvo como axioma “la mejor política industrial es la que no existe”, adicional al hecho de que su política de comercio exterior ha estado basada en una apertura indiscriminada de la economía, utilizando para ello la firma compulsiva de tratados de libre comercio y una desgravación arancelaria unilateral incoherente.

Esta incoherencia ha generado un enorme debilitamiento de la planta productiva nacional, que ha tenido que trabajar con costos muy superiores a los que trabajan sus competidores, pues nuestro país mantiene un marco sistémico poco competitivo, que ha generado una competencia desleal para los empresarios mexicanos, lo que se refleja en retrocesos en todas nuestras variables económicas, especialmente en los últimos 13 años.

Este es un extracto del texto que el autor escribió para Alto Nivel y que podrás consultar completo en la edición impresa de junio. Busca tu ejemplar en los principales puntos de venta, suscríbete en línea o descarga la revista digital. Sigue nuestra conversación en Twitter y Facebook.

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