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Cómo llegamos al ‘gasolinazo’ y cuál es la solución

México ha dejado de ser una potencia petrolera y debe afrontar una nueva realidad. Sin embargo, la ineficiencia en los procesos de refinación es uno de los grandes culpables del 'gasolinazo'. Esta es la historia.

03-02-2017, 6:35:25 AM

Esta obvia pregunta dejó de ser respondida por el gobierno hace ya muchas décadas. O, más bien, la salida más cómoda consistió en que servía para dotar al sector público nacional con hasta 30% de sus ingresos fiscales mediante la venta de crudo, en lugar de un enfoque más estratégico: cubrir las necesidades energéticas del país para evitar el gasolinazo.

El gobierno se sirvió de Pemex en sus mejores años, como adicto al juego en Las Vegas, y buscó el dinero fácil, en lugar de darse a la molestia de renovar la infraestructura de refinerías, para producir gasolina en la cantidad y calidad necesarias.

De la misma forma, ignoró por décadas la producción de gas natural, que pudo haber generado electricidad de una forma mucho más barata y amigable para el medio ambiente desde hace años.

Los incrementos en el precio de las gasolinas en nuestro país son resultado de una burbuja de dependencia y desatención que finalmente le explotó en las manos al gobierno.

Tenía que llegar; era una crisis anunciada y francamente predecible. Sin embargo, la propia intervención de capitales privados podría ponerle fin a esta dependencia autoinflingida, terminar con los cambios abruptos en el precio de la gasolina y, de paso, solucionar otros problemas, como el robo de ductos y la falta de calidad en los combustibles.

El descuido

Es un hecho que no podemos autosatisfacer nuestras necesidades de combustible con la producción del que, por más de siete décadas, ha sido nuestro único proveedor: Pemex. No solo se trata de volumen; también de calidad. El mundo cambió y el combustible que requerimos poco a poco comenzó a ser más ligero y más limpio.

El gobierno, enfocado siempre en priorizar las exportaciones petroleras, dejó la refinación a un lado. Hoy sufrimos los resultados.

Hoy casi siete de cada 10 litros de gasolina que consumimos es importado, lo cual nos deja completamente vulnerables a los vaivenes del crudo en los mercados internacionales, derivado además de una política de precios cuya consigna, desde el artículo 14 de la Ley de Hidrocarburos de la Reforma Energética, impone al gobierno liberar el precio de las gasolinas y el diésel a más tardar el último día de este año que corre presuroso, sin importar el precio o las condiciones económicas en torno a ello.

Así, una baja de precios la gasolina solo puede venir de una caída en los ingresos del Estado o, francamente, de un subsidio. De la refinación nacional, ya no.

Pemex tuvo que asumirse como el único suministrador de combustibles en el país desde su creación en 1938. Al principio, los centros de refinación (seis en todo el país) pudieron satisfacer la demanda sin problemas y, de hecho, si operaran en un nivel óptimo, actualmente podrían hacerlo.

Sin embargo, al pasar de los sexenios no se convirtió en modernización. La política pública, sabemos, fue en todo momento fomentar la extracción, producción, y exportación de crudo.

No importaba, no parecía ser relevante, cuando el dinero del crudo podía respaldar fácilmente las importaciones de gasolina, mismas que, a partir de 1990, comenzaron a incrementarse sigilosamente, hasta que, hace un par de años, superaron la producción nacional, volviéndonos simplemente deficiatarios en combustibles, según dan cuenta las cifras del Sistema de Información Energética, la plataforma del gobierno en donde se reúnen los datos de las empresas productivas del Estado, organismos descentralizados, reguladores y el resto del sector.

Un poco de historia

A partir de la creación de Pemex, un año después de la expropiación petrolera, la reconstrucción del Sistema Nacional de Refinación detonó como pólvora y contribuyó al desarrollo industrial de regiones completamente alejadas de las grandes metrópolis, en las costas mexicanas, como fue el caso de Veracruz, Tamaulipas y Oaxaca.

También hay que mencionar a las de El Bajío, como las refinerías de Salamanca y Tula, así como la de Cadereyta, en el norte del país.

Este sistema de seis grandes refinerías se acompañó de un sistema de transporte y distribución, todo a cargo del Estado a través de Pemex, lo cual por un tiempo conectó sin problema a las regiones productoras con todo el país como consumidor.

Con la llegada de la nueva era petrolera mexicana tras el descubrimiento del yacimiento de Cantarell (el segundo más grande del mundo) durante la administración de José López Portillo, la consigna fue “administrar la abundancia”, por lo que refinar pasó por completo a segundo término.

 

Este es un extracto del texto que el autor escribió para Alto Nivel y que podrás consultar completo en la edición impresa de diciembre. Busca tu revista en los principales puntos de venta, suscríbete en línea o descarga la revista digital. Sigue nuestra conversación en Twitter y Facebook.

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