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Lecciones que nos enseña el fracaso para aplicar todos los días

Una persona que entiende el verdadero valor del éxito también sabrá el verdadero valor del fracaso, por lo tanto hay que saber abrazar los fracasos cotidianos.

28-02-2017, 2:23:34 PM

Cualquiera tacharía de loca a una persona que estuviera ansiosa por fracasar. A nadie se le ocurriría pensar antes de un examen: “Por favor, ¡que me saque un cero!”, o en la realización de un proyecto: “Espero que no funcione”. El hecho es que todo ser humano tiene un deseo de sobresalir, de ser exitoso; y en el fondo de este deseo está el anhelo de la felicidad. El único problema es que en realidad, no todo siempre sucede como a uno le gustaría que sucediera. Para acabar pronto, ¿quién no ha fracasado alguna vez? ¿Quién puede presumir de no haber tropezado jamás, incluso en los momentos más decisivos de la vida? Aceptémoslo: todos nos hemos equivocado; todos hemos probado el amargo sabor del fracaso y no lo hemos hecho una, sino cientos de veces.

Incluso aquellas personas que parecen más sabias, hábiles o exitosas en nuestra sociedad no son perfectas. Por ejemplo, Thomas Alva Edison, tras haber inventado el foco eléctrico reconoció sus numerosos fracasos que quedaron en simples intentos con la célebre frase: “Ahora sé mil maneras de cómo no hacer una bombilla”. Otro claro ejemplo es el afamado basquetbolista Michael Jordan. Él afirma: “He fallado más de 9,000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 juegos. 26 veces han confiado en mí para tomar el tiro que ganaba y lo he fallado. He fallado una y otra, y otra vez en mi vida”. Entonces, ¿por qué los miramos con la vista en alto y los consideramos indestructibles? “Nunca me he dado por vencido”, agrega Jordan. “Puedo aceptar el fracaso, pero no puedo aceptar no tratar”.

Es claro, pues, que el ser humano no es perfecto. Se equivoca y lo hace a lo largo de toda su vida. Sin embargo, es perfectible, lo que quiere decir que puede ser mejor en todo momento. Y gracias a esta característica tan especial y exclusiva del hombre es que podemos decir que aprendemos de los éxitos tan anhelados que tenemos y también, de los fracasos que evadimos con tanto empeño, pero que, al fin y al cabo, vamos a tener.

Sin embargo, muchas veces la sociedad quiere hacernos pensar lo contrario. El sentido del éxito se llega a distorsionar de tal manera, que se convierte en principio y fin de la vida del ser humano. Se transforma en una total obsesión, llevando al hombre a caer en las situaciones más inhumanas y realizar las acciones más viles, con tal de conseguir lo que quiere: el “éxito” ha sido reducido a un sentido completamente utilitario y técnico. El lema maquiavélico se utiliza cada vez más frecuentemente como estandarte: “El fin justifica los medios”. Se puede pasar por encima de todos para conseguirlo.

El problema es que el hombre tiene una tendencia natural al bien, pero también, una aversión natural al esfuerzo. Queremos tenerlo todo, pero de la manera más fácil y sencilla. Empezamos a caminar por un sendero y al toparnos con el primer obstáculo, elegimos atravesar la salida de emergencia en vez de continuar y superarlo. Queremos el tan deseado éxito, pero sin tropezarnos ni una sola vez en el camino. Pero todos sabemos que nadie va por la vida sin caer en algún momento.

Ahora bien, es claro que los éxitos son motivadores en todo sentido – intelectual, social, profesional, moral –; pero quizás jamás se nos ha ocurrido pensar que el fracaso pueda serlo también. De hecho, el error puede llegar a ser el mejor maestro. Pero, ¿cómo hacer de una situación que podría llevarnos a la depresión algo con un valor supremo que nos haga ser mejor?

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En algún momento una profesora nos dijo que “depende de ti hacer de tu vida una tragedia o una poesía”; y sé que es cierto. Si reflexionas por un momento, tú también has de reconocer que es verdad. Y en ese camino, los fracasos tienen un gran valor, puesto que nos ayudan a darnos cuenta de que estamos caminando en la dirección equivocada y que tenemos que modificar el rumbo.

Ser resilientes y hacer del fracaso un aprendizaje que nos lleve a levantarnos y caminar incluso más lejos de lo que pretendíamos llegar requiere de una actitud muy especial y positiva que tenemos que cultivar desde que somos pequeños. Además, la inseguridad que nos da el fracaso nos hace recordar que no somos perfectos e imprescindibles. Nos da esa pizca de humildad que todos necesitamos de vez en cuando, y con la que podemos poner la vista en el cielo sin tener la preocupación de despegarnos en algún momento del suelo.

El fracaso es una fuente de aprendizaje importantísima y muy efectiva si se afronta con una actitud madura. Ahora bien, no sería válido decir que por ello, hay que fracasar en la vida lo más que podamos para poder aprender de estos errores. Nuestros esfuerzos siempre deben estar encaminados al éxito, aunque éste debe ser bien entendido en toda su amplitud y se le debe poner en el lugar que le corresponde: un éxito moralmente bueno, prudente, trascendente y que nos lleve a ser mejores personas.

Muchos fracasos no hacen que una persona sea menos valiosa, así como tener muchos éxitos no le otorgan un valor mayor. Una persona que entiende el verdadero valor del éxito también sabrá el verdadero valor del fracaso y, al contrario de frustrar sus esperanzas o convertirse en alguien mediocre, logrará sacar el mejor provecho de él. Aprender de nuestros errores y tomarlos como base para futuros intentos implica saber que aun las peores situaciones en las que nos encontremos tienen su valor. No por nada dice aquel proverbio chino: “Justo cuando la oruga pensaba que el mundo se acababa, se convirtió en una mariposa”.

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