Opinión

Las reflexiones que nos deja el triunfo de Donald Trump

El pro del voto de castigo, los estadounidenses optaron por la única “alternativa al sistema”, a pesar de su alarmante xenofobia y misoginia. Esta decisión tendrá consecuencias.

09-11-2016, 7:04:06 PM
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El voto oculto mostró ser más fuerte de lo previsto y tiene a los analistas en el mundo intentando explicar el por qué se hizo realidad el cabezal de los medios que hace menos de un año se tomaba como un mal chiste: Trump, presidente.

Aunque el proceso de digestión va a ser lento, a menos de 48 horas de confirmados los 279 votos electorales que obtuvo el magnate neoyorkino frente a los 228 de Hillary Clinton, podemos nombrar algunas de las líneas de análisis a profundizar en las próximas semanas para intentar armar el complejo rompecabezas que tenemos en frente:

Primero, que el malestar económico de las clases trabajadoras impide colocar por parte de la clase política un relato que funcione a la legitimidad de los regímenes actuales, la señal más reciente de esto nos lo dio el Bréxit en junio pasado. La desafección hacia el establishment y su gran cáncer: la corrupción, es tan fuerte que ante la motivación del voto de castigo, los estadounidenses optaron por la única “alternativa al sistema”, a pesar de su alarmante xenofobia y misoginia.

Esto explica en parte el por qué el 42% de las mujeres prefirió al republicano machista antes de impulsar la gran ruptura del techo de cristal que hubiera representado la victoria de Hillary, y por qué el 29% de los votantes latinos (porcentaje mayor que el que apoyó a Mit Romney en 2012) eligió al candidato que se dedicó a señalarlos como los enemigos causantes de la pérdida de empleos y de violencia.

Y por las mismas razones es que Hillary no logró que los ciudadanos a los que el rebelde Sanders había ilusionado durante las primarias le traspasaran su voto. Así se explica cómo Michigan y Wisconsin, bastiones históricos demócratas, una vez que Clinton los perdiera en las primarias, no las recuperara este martes ante Trump. Ni movilizó a las minorías al mismo nivel que lo hiciera Obama en 2008.

Segundo, se rompe el mito de que los medios de comunicación tienen el poder de encumbrar presidentes. Hillary Clinton tuvo el apoyo mayoritario de las editoriales en su país, y en el mundo. La opinión pública nunca será lo mismo que la opinión publicada, y aunque los medios median, inducen e impulsan visiones determinadas de la realidad, la realidad no obedece a calca sus lecturas.

Y a la par, se confirmó la efectividad de claves básicas de la comunicación electoral: Donald Trump habló en lenguaje llano de los problemas de la gente, haciendo uso de la repetición incesante de sus mensajes, mientras Clinton se enfocó en hablar de Trump. El candidato republicano logró lo deseado por cualquier abanderado en cualquier contienda: ser el centro de la discusión durante todo el proceso.

Hoy, junto con el gozo que le otorga la victoria, Trump se encuentra ante el espinoso reto de conciliar a una nación polarizada por él mismo (recordemos que el voto popular arrojó porcentajes muy diferentes a los votos electorales).  Ahí la razón de la mesura en el discurso de victoria del candidato del que la mitad de su nación (y la mayoría del mundo) pedimos que, como presidente, no cumpla con sus promesas de campaña.

Para el mundo democrático, ha costado muy caro el recordatorio de la apremiante necesidad de renovación profunda tanto de la clase política como de las formas de hacer política, porque el voto de castigo no trae sólo la consecuencia de quitar a “los de siempre”, sino de tener que cargar con quienes llegan sólo con la propuesta de ser “diferentes”, caldo de cultivo de demagogos y fascistas. 

*La autora es consultora en comunicación política. Socia-directora de la firma hispanomexicana Abella & Valencia 

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