Opinión

Las lecciones que los políticos deben aprender

Los ciudadanos tienen buenas razones para estar molestos con la clase política y su voz de protesta quedó claramente registrada en las últimas elecciones, de acuerdo al analista Sergio Sarmiento.

05-07-2016, 3:06:05 PM
Las lecciones que los políticos deben aprender
Sergio Sarmiento

Dice la encuesta internacional Latinobarómetro que los mexicanos estamos entre los latinoamericanos más escépticos ante la democracia. Y no sorprende. La idea de que la democracia era la varita mágica que nos permitiría dejar atrás todos los males de la sociedad era generalizada en los tiempos del partido hegemónico, pero se desmoronó en la alternancia. Mientras que algunos pensaron primero que bastaba sacar al PRI de Los Pinos para tener una nación honesta y próspera, muchos otros argumentaron que lo importante era que regresaran los políticos que sí sabían gobernar. Ninguno tenía razón.

Winston Churchill entendió las limitaciones de la democracia desde hace muchas décadas, cuando dijo: “No se puede curar el cáncer con una mayoría de votos. Necesitan un remedio”. Efectivamente, los 16 años de alternancia de partidos en el poder, alternancia que es la prueba de fuego de la democracia, no nos han traído necesariamente mejores gobiernos y, sobre todo, no han resuelto los males de fondo del país, como el escaso crecimiento económico y la corrupción. La democracia no es la panacea que algunos imaginaron. A veces ni siquiera es un paliativo.

Esto no significa que la democracia no tenga una función importante. A los ciudadanos nos da un arma, por lo menos, para protestar ante lo que se percibe como la incapacidad del gobierno o de los gobernantes para sacar adelante al país. Y protestar es lo que hicieron los ciudadanos en los comicios del pasado 5 de junio.

Si bien las encuestas previas y muchos analistas daban al PRI como ganador de la mayoría de las contiendas, el resultado fue radicalmente distinto. El partido gobernante ganó solo cinco de las 12 elecciones para gobernador. El PAN se llevó tres por sí solo, una más en coalición con partidos pequeños y tres en alianza con el PRD.

Sería muy fácil concluir que vivimos una simple jornada de protesta contra el PRI, pero la protesta fue más generalizada y se dirigió a todos los gobiernos. Dos de las elecciones que ganó el PRI fueron en estados previamente gobernados por la alianza PAN-PRD. En ocho de las 12 entidades con voto para gobernador triunfó un partido o alianza de oposición. En Ciudad de México, Morena, el partido de Andrés Manuel López Obrador, recibió el mayor número de votos, por arriba del PRD, que ha gobernado la entidad desde 1997.

Los resultados electorales tuvieron mucho que ver con temas locales y con los candidatos en particular. Las campañas sucias funcionaron muy bien, a pesar de las restricciones de la ley electoral a las críticas entre candidatos. En Chihuahua, Quintana Roo y Veracruz, los candidatos de oposición prometieron meter en la cárcel a los gobernadores salientes.

La “espotiza”, la avalancha de spots de 30 segundos en radio y televisión abierta, siguió limitando las posibilidades de tener debates de fondo sobre los temas fundamentales. La compra de votos y los acarreos siguieron siendo comunes, como en todas las elecciones del pasado, pero también las afirmaciones de todos los candidatos perdedores de que sus derrotas se debían a acciones indebidas de sus rivales. En México, ningún político pierde nunca una elección; siempre se dice víctima de un fraude o de una elección injusta. En la noche del 5 de junio, todos los candidatos se declaraban ganadores, aun antes de haberse contado el primer voto. Las leyes electorales deben mejorarse, por supuesto, pero más las actitudes poco democráticas de candidatos y líderes de partidos.

La búsqueda de “responsables” por la derrota del PRI ha estallado ya como una previsible tormenta, cuyo propósito es descabezar a rivales para la carrera presidencial del 2018. Manlio Fabio Beltrones, expresidente del PRI, y quien la misma noche de la elección todavía decía que su partido ganaría cuando menos 10 gobiernos estatales de 12 en contienda, es la principal víctima. Si no se le daba por muerto con anterioridad para el 2018, hoy claramente ya lo está. Pero su gente lo defiende, señalando que no se le permitió actuar con libertad. La Iglesia católica, por otra parte, ha hecho una campaña para convencer a la población y a los dirigentes del PRI de que la derrota ha sido consecuencia de la decisión del presidente Enrique Peña Nieto de impulsar una iniciativa para reconocer en todo el país la legalidad del matrimonio entre parejas homosexuales. No existe ningún indicio de que esto sea cierto, sin embargo.

En Quintana Roo se obligó a Manlio Fabio Beltrones a aceptar el veto del gobernador Roberto Borge a Carlos Joaquín, el exsubsecretario de Turismo, miembro de la dinastía Joaquín, que ha marcado la vida política y económica de Cozumel y del estado durante décadas. El veto no evitó que Joaquín terminara ganando la elección, pero ya no por el PRI sino por la alianza PAN-PRD.

En Veracruz, tanto el PRI como su candidato, Héctor Yunes Landa, tuvieron que cargar con la impopularidad generada por la ineptitud del gobernador Javier Duarte, quien en cada declaración y en cada decisión parecía meterse en problemas.

En Tamaulipas era difícil pensar que el PRI pudiera renovar su mandato ante la imparable violencia del crimen organizado. Miguel Ángel Osorio Chong, el secretario de Gobernación, puede argumentar que en su entidad –Hidalgo– no solamente ganó el PRI, sino que lo hizo con un margen de victoria muy  amplio y sin sobresaltos. Por eso se promueve la idea de que el resultado lo favorece para la carrera por la Presidencia de la República.

Las elecciones tuvieron un sabor agridulce para el PRD. Por un lado, el partido consiguió tres triunfos en comicios para gobernadores, pero todos de la mano del PAN. El PRD no triunfó solo ni siquiera en Tlaxcala, que el presidente del partido, Agustín Basave, consideraba como una victoria segura. Morena parece cada vez más el principal partido de izquierda en el país. Pese a contender sin alianzas, tuvo buenos desempeños en Veracruz y Oaxaca y se convirtió en el partido más votado en Ciudad de México.

En esta capital, 72% de los ciudadanos se abstuvieron de participar en la elección para la Asamblea Constituyente. Además, 8% de quienes sí votaron anularon su sufragio. Esta actitud recalcó la falta de aceptación de los ciudadanos de la Constitución que ha impulsado el gobierno capitalino, pero con sus decisiones los ciudadanos permitieron que Morena dominara la elección, pese a promover una serie de propuestas populistas que lastimarían severamente la actividad económica de la entidad.

Quizá la lección más clara la dio Ciudad de México. Los ciudadanos tienen buenas razones para estar molestos con los políticos. Su voz de protesta quedó claramente registrada. Pero una cosa es protestar votando por la oposición, o por el candidato menos objetable, y otra abstenerse o anular el voto. Esto simplemente deja el poder a los políticos que tienen mayor habilidad para acarrear simpatizantes a las urnas. Los malos políticos, efectivamente, son electos por buenos ciudadanos que no votan.

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