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¿La maquinaria priista se encamina al fracaso electoral en 2018?

Los resultados en el Estado de México marcan la posición y fuerza que tendrán los partidos políticos en los comicios de 2018. La maquinaria prrista se debilita. ¿Cómo quedan para la grande?

04-07-2017, 6:35:54 AM
Triunfo de Del Mazo
Especial. Triunfo de Del Mazo

Se resolvió el enigma… Contra viento y marea, aun perdiendo un millón de votos respecto de la elección anterior (2011), y salvo que ocurra un vuelco sorprendente en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en la patria chica del presidente de la República se impusieron el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y sus aliados. El Zacahuil, así llamaron a la operación política –un tamal gigante que lleva un puerco entero– que incluyó el despliegue de una impresionante maquinaria y cuantiosos recursos. Eso explica el milagro.

El hartazgo de la mayoría de los mexiquenses con las malas cuentas de sus gobiernos (violencia delincuencial desbordada, feminicidios, corrupción, opacidad, pobreza) y la bajísima aprobación al presidente Enrique Peña Nieto, no fueron suficientes para derrotar al PRI, que logra una victoria crucial tanto por la densidad electoral del estado (lista nominal de 11 millones de ciudadanos) como por el cuantioso presupuesto (más de 260,000 millones de pesos en 2017).

Las razones

Ante la evidente debilidad de su candidato, demasiado exquisito para los grandes grupos sociales, la fórmula fue la misma que ha probado su eficacia en otras elecciones: 1) la fortaleza de su aparato político-electoral; 2) el despliegue de todos los recursos, algunos verdaderamente sucios; 3) una campaña para infundir miedo sobre lo que podía significar el triunfo de Morena (rondaba el fantasma de Hugo Chávez, una verdadera pesadilla) y 4) la dispersión del voto opositor, ingrediente clave.

También influyó la extraña habilidad de Andrés Manuel López Obrador, el mejor enemigo de sí mismo, para estropearlo todo. En vez de convocar a distintas fuerzas políticas a sumarse a una coalición que consumara un quiebre histórico, sacando al PRI del gobierno que ha detentado por casi 90 años, pretendió doblarlas. Su altanería y engreimiento cerraron las puertas a cualquier acuerdo, salvo con el marginal Partido del Trabajo.

Otro factor que explica los resultados fue la ausencia o precariedad de una cultura cívica en anchas franjas de la sociedad mexiquense. Paradójicamente, entre los pobres abunda el mexicano cínico, ese que afirma que “el que no transa, no avanza”; el que tolera a los funcionarios ladrones porque, según dice, al final “todos roban” y, al menos, los del PRI “salpican”. Todo ello ratifica, como ha escrito un analista, que el PRI no gana las elecciones, las compra.

En una democracia defectuosa, el acarreo, la compra de votos, el uso grosero de recursos públicos, la intimidación, los “trapos sucios” de todos contra todos y hasta el “robo de urnas” (que parecía un recurso antediluviano), fueron las notas dominantes de la elección del domingo 4 de junio. Una disputa callejera, sin árbitro y sin reglas; una elección que confiere al triunfador, Alfredo del Mazo Maza, una legitimidad precaria: apenas un tercio de los votos.

¿Regresión democrática?

El sur del estado, la región más atrasada y penetrada por el crimen, además de municipios emblemáticos como Atlacomulco, le dieron muchos votos al partidazo. Sin embargo, mostraron un comportamiento “atípico”: mientras el porcentaje de participación estatal fue de 52%, en los distritos de Atlacomulco, Valle de Bravo, Ixtlahuaca, Tejupilco y Jilotepec llegó a 64%.

Así funciona la “democracia” en la principal entidad del país por número de habitantes y caudal electoral. ¿Un anticipo de lo que será la disputa por la Presidencia de la República, las cámaras del Congreso de la Unión y nueve gubernaturas en 2018? Mal presagio, aunque las condiciones pueden cambiar más pronto de lo que imaginan en la cúpula del priismo.

Parece claro que el partido gobernante tendrá todos los recursos a su disposición para obrar y maniobrar. Especialmente cuando su principal adversario, Morena, podría ver diluido en el corto plazo un enorme capital político, sin anclaje en posiciones de gobierno o incremento en prerrogativas (ayuntamientos y legislatura se renuevan el próximo año). ¿Qué puede hacer un partido cuyo caudal de votos se traduce en nada, estrictamente nada, salvo el golpe de imagen que supone saltar de los 47,828 sufragios (2.13%) en la elección municipal de 2015 a 1’800,000 obtenido por Delfina Gómez el domingo? Organizar, articular, perseverar. ¿Sin mayores recursos ni espacios adicionales de gestión?

En ello reside la enorme diferencia entre gobernar y ver de lejos lo que pueda ocurrir. Porque en el Estado de México, aunque bocabajeados, tanto el PRD como el PAN cuentan hoy con referentes institucionales obtenidos en los comicios locales de 2015: 16 ayuntamientos y 12 diputaciones perredistas; 18 ayuntamientos (nueve en coalición con el PT) y 11 diputaciones panistas. Morena gobierna solo un municipio (Texcoco) y cuenta con solo dos diputaciones locales.

Lo sorprendente, en todo caso, es que en tales condiciones haya podido levantar una campaña en toda la entidad y arrebatar distritos que parecían escriturados al PRI, al PAN o al PRD: cuatro de Ecatepec; dos de Tlalnepantla; dos de Naucalpan; Atizapán y Coacalco; dos de Cuautitlán Izcalli; Tultitlán y Teoloyucan; Tecamac, Ixtapaluca y Valle de Chalco. No son los únicos, pero sí los más significativos.

En total, Morena gana en 23 de los 45 distritos del estado y logra una relativa buena votación en zonas perredistas —más de 86,000 votos en Nezahualcóyotl, el Sol Azteca 195,000— o claramente priistas —35,000 en Atlacomulco, 28,800 en Huixquilucan, 38,600 en Tenancingo, 33,786 en Toluca).

En consecuencia, el gran enigma está en lo que puede hacer el partido de Delfina y López Obrador desde ahora al 2018. También, y sobre todo, en lo que esté dispuesto a realizar el gobierno de Alfredo del Mazo a partir del 16 de septiembre, cuando asuma el cargo.

Lo que no tiene vuelta de hoja, desde luego, es la contundencia del acontecimiento central: que el primo del presidente Peña Nieto, priista de abolengo, estará a cargo de la operación virtual y a ras de suelo en una plaza definitiva, irreemplazable como ya es evidente, en el proceso de sucesión presidencial.

Rumbo a 2018

Fuera de lo anterior, todo es incertidumbre. Por ejemplo: saber si una victoria así, por escasos tres puntos porcentuales, servirá de acicate a la maquinaria priista para recomponerse y recuperar el terreno que le fue arrebatado en amplias zonas de la geografía mexiquense. Baste decir que el priismo perdió un millón de votos entre la elección de Eruviel Ávila (superó los 3 millones) y la de Alfredo del Mazo (poco más de 2 millones).

En esa perspectiva, y ampliando el panorama a las cuatro elecciones del 4 de junio pasado, es posible formular algunas conclusiones:

Primera: La caída del voto priista no ha tocado fondo. Solo en el Estado de México, Coahuila y Nayarit, a pesar del “triunfo” en los dos primeros, perdió alrededor de 50% del sufragio obtenido hace seis años. Si a esto se agregan las derrotas de 2016 –Veracruz, Tamaulipas, Chihuahua, Durango, Aguascalientes y Quintana Roo–, más los territorios relativamente fuera de su control –Ciudad de México, Puebla, Nuevo León, Michoacán y Morelos–, el margen de maniobra se reduce drásticamente. El presidente puede celebrar las proezas de la maquinaria en su terruño y en el señorío de los Moreira; suficientes para mantener los hilos en la batalla interna por la candidatura, pero no para definir la sucesión. No hay “recurso” que alcance pare replicar la Operación Zacahuil a las 32 entidades de la República.

Segunda: Andrés Manuel López Obrador y Morena siguen al alza. En tres años, el tabasqueño ha logrado consolidar una corriente social y electoral —superior al partido, aún descoyuntado— que podría llegar a 2018 como opción mayoritaria. La votación lograda en terrenos tradicionalmente hostiles (12% en Coahuila y Nayarit) sería el anticipo. Más claro todavía: pese a la derrota, el lugar alcanzado en la contienda mexiquense equivale a más votos que el PRI en solitario y un poco más que lo que hubieran sumado PAN y PRD ( que totalizaron menos de 700,000 por Josefina Vázquez Mota y poco más de un millón por Juan Zepeda, de acuerdo con los resultados del PREP y antes del reconteo distrital). No obstante ello, la lección es doblemente atendible: sin alianzas serias, que agreguen y multipliquen, que neutralicen efectivamente la guerra del miedo, la Presidencia “al alcance de la mano” podría ser un nuevo espejismo.

Tercera: Con el tercero y cuarto lugares en la contienda mexiquense, tanto el PRD como el PAN enfrentan la disyuntiva, rumbo a 2018, de perder en soledad o intentar un giro que los meta a la pelea de los tercios mayores. Así lo han planteado tanto Ricardo Anaya, presidente del PAN como Alejandra Barrales, presidenta del PRD, en la inoportuna, pero no descartable, propuesta de alianza de centro-derecha o “frente amplio opositor”. El gran inconveniente de esta iniciativa es la vaporosa definición del objetivo: no queda claro si la alianza es para vencer al PRI o para contener a López Obrador. Si lograran despejar la incógnita, podrían aspirar a un digno tercero y a lograr espacios suficientes en el Congreso. Lo más probable, sin embargo, es que resuelvan atenerse a sus propias, debilitadas, fuerzas. Lo que garantizaría, deliberadamente o no, que la dispersión del sufragio opositor reduzca las posibilidades de Morena o agrande las del PRI, lo que ocurra primero.

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