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José Luis Cuevas, el rebelde que rompió con el arte de Diego Rivera

El manifiesto de La Cortina de Nopal, escrito por José Luis Cuevas, significa un parteaguas en el arte mexicano, pues pone en tela de juicio el arte de Diego Rivera y los muralistas.

05-07-2017, 9:46:16 AM
jose luis cuevas

Si hoy se realizara una enciclopedia del arte latinoamericano no podría soslayarse a la generación de la Ruptura, esa que encontró en José Luis Cuevas a uno de sus más fieles representantes. Fue una cohorte inconforme que, en las palabras del pintor fallecido el lunes pasado, atacó “con virulencia el arte folklórico, superficial y ramplón” que –desde su perspectiva- se hacía en México a principios de los años cincuenta, cuando el pintor tenía 22 años.

Esa rebeldía, que le ganó a Cuevas no pocas enemistades, alzaba la voz en contra de la Escuela mexicana de pintura, del muralismo en específico, “cuyo pontífice supremo era Diego Rivera”. Justo ese fue el corazón del manifiesto La Cortina de Nopal, un texto que fue publicado en 1951 en el suplemento México en la Cultura del diario Novedades, que era dirigido entonces por Fernando Benítez.

Se trataba de una proclama en contra de lo que se hacía en la pintura mexicana, y sobre todo, en contra de lo que esta significaba como discurso político y cultural de la época posrevolucionaria, pues no hay que olvidar que el muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros se ostentaba como una creación única y original, sin influencia extranjera (como la Revolución mexicana).

Algo de lo que Cuevas renegaba, y con razón, pues por ejemplo, Diego Rivera tuvo etapas cubistas, figurativas y hasta expresionistas, aunque en la mitad del siglo XX el autor de “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” solo le daba importancia a su obra mural.

Al respecto, José Luis Cuevas decía que en el extranjero se le veía “como un joven iracundo”, lo que le habría costado el rechazo de los viejos intelectuales mexicanos, pero la aceptación en los “centros neurálgicos del arte” en Europa y Estados Unidos.

En 1988, en un preámbulo a La Cortina de Nopal, Cuevas explicó la génesis de ese manifiesto reivindicando a los artistas de su generación: Vicente Rojo, Manuel Felguérez y Alberto Gironella, entre otros. Se trataba de artistas “fastidiados del realismo de la Escuela Mexicanista”, jóvenes nacidos en el ocaso de los años veinte o en el primer lustro de los treinta, que mostraron ese hartazgo expresándose a través del abstraccionismo.

No solo se trataba de una forma distinta de abordar la pintura y la escultura, sino de asumir una forma de vida que se alejaba del discurso nacionalista, ese que le sirvió al poder para cohesionar a las multitudes en torno de un proyecto hegemónico que, en términos políticos, apenas pudimos romper en el año 2000.

Tres décadas después de La Cortina de Nopal, ya en su madurez artística, Cuevas seguía reconociéndose en aquel joven juguetón y veinteañero que derrumbó “a tantos ídolos de la cultura nacional”.

Hoy, tras 66 años de aquel sisma, podemos decir que se ha ido satisfecho. Dentro y fuera de las artes plásticas exteriorizó su inconformidad con lo que él consideraba “una situación putrefacta de las llamadas actividades cultas”, aquellas con las que se conformó Juan, el protagonista de La Cortina de Nopal.

Ese personaje reunía las características de la intelectualidad de la época: Juan era un hombre que, sin más alternativas de sobrevivencia, adaptó su pintura a la Escuela mexicana. Aunque en el fondo pensara distinto, frecuentaba los cafés donde se reunían los muralistas, e incorporó a su lenguaje algunas de las consignas que estos repetían. No olvidemos que era la época previa al triunfo de la Revolución cubana, los tiempos en los que Frida y Diego marchaban contra la intervención estadounidense en Latinoamérica.

En el texto, Cuevas se expresa de manera irreverente, burlándose directamente del esnobismo indigenista de la época. Para vender su obra a mejores precios, Juan viste a su esposa “de tehuana o de alguno de esos trajes folklóricos, tan chulos”. Ante tantas ventas, ya la mujer de Juan “no se quita ni para dormir el disfraz de indígena… no vaya a ser que en la madrugada los despierte un comprador”.

Esas referencias, que actualmente podríamos considerar obvias, incendiaron la tranquila pradera del muralismo mexicano. Hasta entonces nadie había osado cuestionar a esa escuela artística, la cual el mismo Cuevas consideraba semejante al realismo socialista de la otrora Unión Soviética. Era casi una camisa de fuerza, cultural y política, que José Luis Cuevas y su generación rechazaron con ferocidad, logrando con ello que se reescribiera la historia de lo que somos los mexicanos en el arte.

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